Opinión


Las enseñanzas de Culiacán

Las enseñanzas de Culiacán | La Crónica de Hoy

*Pablo Xavier Becerra Chavez

 

El jueves 17 de octubre se vivió en  la ciudad de Culiacán, capital del estado de Sinaloa, una situación nunca vista. Varios cientos de sicarios fuertemente armados tomaron el control de numerosas zonas de la ciudad, ya fuera a pie o a bordo de camionetas o camiones medianos habilitados como verdaderas tanquetas con ametralladoras, incendiaron vehículos y bloquearon cruces importantes, desatando el terror entre la ciudadanía durante la tarde y la noche de ese día. Todo eso con la finalidad de lograr la liberación de uno de los hijos del Chapo Guzmán, el líder del Cartel de Sinaloa preso en Estados Unidos.

La misma noche del jueves el Gabinete de Seguridad dijo la primera mentira: una patrulla de la Guardia Nacional y del Ejército fue agredida desde una casa y al repeler el ataque se dieron cuenta que entre los agresores estaba, ¡oh, sorpresa!, el hijo del Chapo, Ovidio Guzmán. Al tratar de detenerlo se vieron superados numéricamente por los sicarios que de inmediato acudieron a cuidar al hijo de su líder, por lo que se vieron obligados a dejarlo en libertad. Se trataba de la mentira clásica repetida en sexenios pasados. Lo que no explicaba esta mentira era por qué, si la detención del “presunto delincuente” —como al día siguiente le llamó Andrés Manuel López Obrador (AMLO)— fue accidental, en cuestión de minutos la ciudad de Culiacán fue tomada por cientos de sicarios que sembraron el terror. La lógica de la acción era evidente: secuestrar a la ciudad para obligar a la autoridad a soltar a su líder.

Después de varias horas de silencio gubernamental, después de que AMLO, que siempre habla hasta por los codos a la más mínima provocación, se negó a hablar del tema y remitió a los periodistas a lo que dijera el Gabinete de Seguridad, se filtró y luego se confirmó que Ovidio Guzmán fue liberado. En la conferencia mañanera, en Oaxaca AMLO, no se libró de que los periodistas preguntaran sobre el tema de Culiacán. A regañadientes el Presidente reconoció que se había tratado de un operativo para ejecutar una orden de aprehensión con fines de extradición emitida por un juez federal, contra un “presunto delincuente” que era precisamente el hijo del Chapo. Después reconoció que, ante la situación de gran riesgo que se produjo, él avaló la decisión de liberarlo para impedir una masacre. El Presidente había desenmascarado la mentira que su Gabinete de Seguridad dijo la noche anterior.

A los secretarios de Protección y de la Defensa, Durazo y Sandoval, no les quedó más remedio que corregir su mentira del día anterior y unos minutos después de la mañanera presidencial retomaron la versión de que se trató de un operativo, pero con la particularidad de que fue apresurado y mal planeado, además de que habría sido realizado por algunos mandos medios, al parecer de policía ministerial y Guardia Nacional, que no se lo comunicaron a sus superiores. Es decir, los miembros del Gabinete de Seguridad no estaban enterados. El colmo de esta nueva versión es que se afirmó que nunca pudieron detener “formalmente” a Ovidio Guzmán porque la orden de cateo jamás llegó, según Durazo por la burocratización y la corrupción dejadas por los gobiernos anteriores —claro, de alguna forma había que culpar a los gobiernos anteriores—. Lo anterior más la toma de Culiacán por cientos de hombres armados, hecho no previsto por la mala planeación del operativo, convencieron a los funcionarios de que lo mejor era suspender las acciones y liberar al “no detenido”.

Esta “explicación” plantea algunas dudas elementales. En primer lugar, ¿en verdad algunos mandos medios podían tomar la decisión de aprehender a un delincuente tan importante, sin comunicarlo a sus superiores? En segundo lugar, ¿cómo se les ocurrió presentarse a la aprehensión sin tener la orden de cateo correspondiente? En tercer lugar, ¿Ovidio Guzmán estuvo o no estuvo detenido? Además, si AMLO había planteado que su gobierno ya no tenía el objetivo de capturar a los capos, ¿por qué era tan importante y urgente capturar a éste? Parece que en la versión oficial hay algunas mentiras que aún falta aclarar.

La cereza en el pastel fue la afirmación de los abogados del Chapo en el sentido de que Ovidio Guzmán estuvo detenido por varias horas y la orden de su liberación la dio directamente el presidente López Obrador, por lo cual la familia del Chapo le reconoció su gran calidad “humana y cristiana”.

La reacción de AMLO es un buen ejemplo de su estilo muy personal de resolver problemas. Desde el día siguiente a la batalla de Culiacán ha repetido que tomó la decisión de avalar la liberación del hijo del Chapo para salvar vidas, en contraste con los gobiernos anteriores a los que no les importaban los daños colaterales y cometían masacres. Por lo tanto, su acción es heroica y humanista. Según él, quienes lo critican son los conservadores, los autoritarios, los que convirtieron el país en un cementerio, etc. Y en el camino aprovecha para atacar a los medios de comunicación conservadores y fifís. Por supuesto, omite decir que si se vio en ese dilema fue porque los funcionarios de su Gabinete de Seguridad fabricaron un verdadero desastre con un operativo apresurado y mal planeado, por el cual no asumen su responsabilidad. Fue ese operativo el que puso en riesgo a toda una ciudad, que provocó al menos catorce muertos (confirmados el lunes 21 por la noche), decenas de heridos, destrucción de vehículos y mobiliario, así como horas de terror para miles de ciudadanos. No fueron los críticos del gobierno actual ni los gobiernos del pasado neoliberal los que decidieron aprehender al líder de un cártel poderoso con total improvisación.

El resultado final de este desastroso episodio sienta un preocupante precedente. Ya antes el gobierno actual se había rendido ante medidas de presión de grupos como la CNTE o los estudiantes normalistas, pero ésta es la primera rendición frente a la toma armada de toda una ciudad por un cártel del narcotráfico. Preocupa pensar en la posibilidad de que, en algún momento, se quiera arrestar a los capos de los cárteles más poderosos. Ahora ya conocen el camino para impedirlo.

 

*Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

 

                          

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