Opinión


Las masacres de Texas y Ohio

 Las masacres de Texas y Ohio | La Crónica de Hoy

El lunes de esta semana, Donald Trump se refirió a los tiroteos ocurridos en El Paso, Texas y en Dayton, Ohio, de la siguiente manera: “En una sola voz, nuestra nación debe condenar el racismo, el fanatismo y el supremacismo blanco. Estas ideologías siniestras deben ser derrotadas…Estas masacres brutales son un asalto a nuestras comunidades, un ataque a nuestra nación y un crimen contra la humanidad.”

Estas palabras son parte de un discurso pronunciado en el recinto de recepciones diplomáticas de la Casa Blanca. En esa alocución, Trump alertó sobre los “peligros que representan internet y las redes sociales.” En estas expresiones hay una evidente contradicción: quien ha usado las redes sociales para azuzar el racismo, el fanatismo y el supremacismo blanco ha sido Trump. Él es responsable de haber propiciado el clima de xenofobia y violencia que ha propiciado la pérdida de 31 vidas debido a los atentados cometidos, respectivamente, el sábado por Patrick Crusius y el domingo por Connor Betts.

No olvidemos que, el 15 de junio de 2015, al anunciar su candidatura para buscar la nominación del Partido Republicano, el multimillonario neoyorquino hizo de nuestros connacionales objeto de sus agresiones: “Ellos traen drogas, portan consigo al crimen. Son unos violadores. Supongo que algunos son buenas personas”. Desde entonces comenzó a atizar el clima de odio y rechazo; pero, además, en una estrategia bien calculada, vinculó a los mexicanos con el delito. Fue una argucia que le rindió frutos, entre otras cosas porque dijo que los inmigrantes indocumentados llegaban a los Estados Unidos a quitarle puestos de trabajo a los “verdaderos americanos”. En realidad, la presencia de los mexicanos en el vecino país del norte ha sido relevante para la economía de ese país.

Con todo, la política de inmigración que se ha implantado en Estados Unidos ha endurecido la actuación de las agencias dedicadas a ese ramo, como el ICE (Immigration and Customer Enforcement) y la Border Patrol. Agencias que tratan a los indocumentados como delincuentes, y que de manera inhumana los hacinan en centros de confinamiento fronterizos. Este asunto, por cierto, fue criticado por el representante Elijah Cummings (D-Md). Trump le reviró insultándolo y diciendo que el séptimo distrito electoral que él representa, ubicado en Baltimore, es “un desorden infestado de ratas y roedores.” El 27 de julio el periódico Baltimore Sun le respondió al magnate de la industria inmobiliaria: “Es mejor tener algunas ratas que ser una de ellas.”

El racismo de Trump es incuestionable. Previamente, la había emprendido contra un grupo de legisladoras demócratas conocido como “El Escuadrón”. Allí están Ilhan Omar, Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley, todas ellas tienen la ciudadanía norteamericana, pero con raíces en otros países. Ilhan es la única que no nació en Estados Unidos, es originaria de Somalia. Pues bien, Trump les dijo: “regresen a sus naciones”. En un mitin encabezado por Trump en Carolina del Norte, sus seguidores comenzaron a corear el estribillo “Mándala de regreso” refiriéndose a Ilhan.

Como se sabe, el discurso de odio no se limitó ni a la campaña por la nominación republicana ni, más tarde, a la competencia frente a Hillary Clinton. Ese discurso ha estado presente en la actuación de Trump como presidente, principalmente en sus tuits. Como bien lo señala Joseph A. Atkinson en su artículo titulado “Trump is the inciter-in-chief” (Toronto Star, 7/VIII/2019): “Efectivamente, él es el incitador en jefe. Ha jugado irresponsablemente con el fuego, y luego deplora los hechos cuando las flamas se salieron de control. Su hipocresía es sorprendente.”

La gente no es tonta: muchos norteamericanos saben que Trump ha creado esta atmósfera de polarización y crispación. El supremacismo blanco ha dado sobradas muestras de animar a organizaciones ultraderechistas, neonazis, que recurren a la violencia ya sea en grupo, como sucedió en Charlottesville entre el 11 y 12 de agosto de 2017. Los “cabezas rapadas” lanzaron consignas antisemitas y antimusulmanas. Ya sea, a la violencia perpetrada por un solo individuo como ha sido el caso de los tiroteos en El Paso y Dayton.

Estados Unidos tiene un problema grave, porque a raíz de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, el gobierno de ese país puso más atención en enfrentar al terrorismo exterior que al terrorismo interior. Esta forma de fanatismo tuvo su primera expresión el 19 de abril de 1995, con el ataque de Timothy McVeigh al edificio Federal Alfred P. Murrah, en Oklahoma. Allí perdieron la vida 168 personas y quedaron heridas 680. Otra faceta de ese terrorismo interno está en la masacre ocurrida en la escuela secundaria de Columbine, el 20 de abril de 1999. Eric Harris y Dylan Klebold asesinaron a doce estudiantes y un profesor.

Lo cierto es que el terrorismo doméstico en Estados Unidos ha ido al alza atizado por el discurso racista y supremacista de Donald Trump. Esta vez, le tocó a mexicanos que hacían compras en Walmart, en El Paso. El presidente americano quiso negar su responsabilidad; pero ni sus mentiras ni recursos retóricos le han servido.

 

 

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