Opinión


Las moscas invisibles; Trump, el reformador

Las moscas invisibles; Trump, el reformador | La Crónica de Hoy

Son como las moscas sobre el agua; zumban, aletean y contaminan todo con el furor volátil de sus velos transparentes; no tienen rostro, son del todo invisibles y surgen en el instante menos imaginado, sin avisos previos, son los mensajes ubicuos y sin localización, ni origen; se sabe a dónde llegan pero no de dónde vienen, son el hálito frío del pavoroso y ahora constante “Hermano Mayor”, imaginarios hijos de la “democracia y la corrección política”, y por paradoja lejanos y contarios de los viejos anhelos de dictadores cuya intromisión en la vida privada todos imaginamos hace ya muchos años, cuando el enemigo del individuo no era la sociedad misma —como ahora—, sino el Estado Totalitario capaz de triturarnos con archivos inclementes y su información absoluta; siempre fisgando, juzgando, publicando la sentencia del capricho anónimo; son punzantes e indestructibles tanto como destructoras; pueden llevar a las personas a la locura, el desempleo, el descrédito, la infamia o el suicidio; destruyen famas, nombres, reputaciones; arrasan y se regodean en la infalibilidad de sus condenas anticipadas.

Son las redes sociales —a la vez hoguera y tribunal; cárcel y casamata—, enormes telarañas en cuyo tejido alevoso caen todos los insectos comestibles y no; los inocentes y los culpables.

Pueden ser usadas para la dispersión de rumores, tendencias patrocinadas, venganzas, injurias, filias políticas o disfraces repetidos uno sobre el otro como las máscaras sobre el antifaz; las redes no tiene responsabilidad ni tampoco deberían tener patentes de corso, pero nadie, ni sus víctimas, quiere correr el riesgo de la ejecución súbita si se atreviera a pedir un control al estilo chino para esos excesos libertinos en los cuales conviven el lanzallamas y la foto familiar.

Hoy quienes enarbolan banderas de recuperación de la dignidad femenina, mancillada de pensamiento, obra o palabra, empujan al suicidio a un hombre cuyas posibilidades de defensa eran nulas, porque nadie puede contra el anónimo; pero el anónimo puede contra todo, nadie lo investiga, nadie lo identifica.

El anónimo, por su propia naturaleza cobarde y alevosa, sombría y distante, se niega a sí mismo hasta la gratificante solicitud de perdón.

Puede tratarse de un simulador, de una vieja rencilla, de una historia fracasada, de algo sin importancia  en su tiempo (mucho menos importante cuando es extemporáneo); ni siquiera una queja por agravios reales, imaginarios o dudosos, fermentados hasta lograr su salida gracias a la copia de los movimientos feministas de los Estados Unidos.

Como siempre, seguidores (as) trasnochados (as) de los modos (as) extranjeros (as).

Las redes y su inmensa capacidad de calumniar, enjuiciar y actuar sin apego a norma cualquiera , colocadas por su propio derecho, por encima de cualquier otro derecho, capaces de aplastar cualquier presunción de inocencia, cualquier posibilidad de réplica, cualquier tribunal instituido, han dictado sus sentencias sin posibilidad de apelación para nadie.

Las redes sangran, estigmatizan, injurian y cruzan todos los pantanos dejando sobre ellos la verdadera mancha de su impunidad.

Nada las contiene, nada las detiene. La femineidad se convierte en garantía de perfección.

Pero mientras esto sucede, México libra una batalla más en su interminable historia de conflictos con los Estados Unidos cuya potencia  uniforma a los gobiernos de nuestro país en una misma actitud obsecuente, cada cual con su estilo, pero todos con la misma conducta hacia los dictados del águila calva, capaz de someter hasta al ganso infatigable.

Si el neoliberalismo nos empujó a una nueva constitución en la cual se derribaron, los mitos de la reforma juarista y se le devolvieron espacios y privilegios a las asociaciones religiosas (principalmente la Iglesia católica, apostólica y romana); si se abatieron las propiedades del Estado en la banca, la industria, los negocios y hasta las fábricas de bicicletas, los cines y las comunicaciones, el reformismo peñista nos empujó al fin de la muy celebrada expropiación petrolera, con nuevos espacios de operación para las empresas descendientes de las compañías expropiadas poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la Cuarta Transformación necesita cambios súbitos, veloces, capaces de reacomodar las cosas en los altares de la defensa popular siempre invocada como el perfecto motivo de toda reivindicación, no de los ciudadanos sino de los ciudadanos usados como pretexto para el infatigable ejercicio del poder absoluto.

Pero si las reformas se hacen en acatamiento de un dictado morenista (ni una coma quedará de la reforma educativa; así la nueva la dicte la CNTE) otras políticas se trabajan de acuerdo con un gobierno más allá del neoliberalismo, el “trumpismo populista”, el cual  se congratula públicamente cuando México expulsa de su territorio a los hondureños indeseables o colabora en cerrar la frontera del sur, para evitar el cierre de la frontera del norte. Y ya ni hablar de cuando Luisa María Alcalde recibe instrucciones en Estados Unidos para diseñar una reforma laboral sin cuya vigencia no habrá tratado de libertad comercial.

Ni siquiera guarda las formas el gobierno americano. Envía al hombre de la confianza familiar quien —con todo y el Águila Azteca en la solapa—, dicta las normas a las cuales México debe someterse en cuanto a los problemas de la “maldita frontera”.

Pero el sometimiento migratorio no es cosa nueva. El laboral sí.

En el primer caso, ya viene de tiempo atrás el control de la frontera sur donde los agentes americanos, prepotentes y ostensiblemente impunes, dictan órdenes y controlan el paso de quienes cruzan el Suchiate en llanta o se aventuran paso a paso por las sombres nocturnas del Tacaná.

La pelea verbal de Donald Trump, explicable, pero no justificable en su afán por reelegirse para un segundo periodo en la Casa Blanca, lo cual seguramente conseguirá una vez prácticamente exonerado de los cargos de colaboración rusa, sabotaje de comunicaciones, obstrucción a la justicia  y hasta pagos de putas sobornadas con dinero electoral a cambio, no de abrir, sino de cerrar la boca, no justifica la extrema prudencia mexicana, disimulada apenas con la expedita carta de protesta de nuestros senadores a sus correspondientes en la colina del Capitolio.

Donald Trump no ha amenazado nada más con cerrar la frontera.

Ha movido al personal para lograr un “cierre abierto”; porque las interminables filas y filas de camiones cargueros en las orillas del Bravo o en Otay, no son sino una maniobra para entorpecer la vida fronteriza y probar —como lo hizo en Calexico— su capacidad de imponer y dictar órdenes a través del silbante pajarito azul de su cuenta de tuiter desde la cual dicta órdenes, reparte sanciones, externa felicitaciones y le llama hablador al gobierno mexicano, al cual —poco tiempo después— felicita por haberse sumado a la ola expulsora de indeseables centroamericanos.

Trump no es bipolar. México es bipolar. México vive entre la espada, la migración y el muro de Trump, el cual no necesita ser construido físicamente para existir cada cuando sea necesario cerrar los pasos y estrangular la economía de toda la franja más interdependiente del mundo.

La actitud del régimen transformador mexicano en la cuarta y anhelada etapa de nuestra historia, oscila entre el discurso y los hechos: en éstos tenemos una política errática entre la prédica de los derechos humanitarios y la puerta de salida.

No somos ni una cosa ni la otra porque no actuamos; nada más reaccionamos en tanto el lenguaje presidencial recae en la chocante expresión con la cual nada se aclara: respeto pero no comparto. En el caso de Trump y la migración, el presidente López Obrador ha llegado a decir, entiendo sus legítimas razones.

No queremos la ira del gigante y rehuimos la confrontación, pero en el camino le damos una patada a la posibilidad siquiera de fijar una postura definitiva y propia.

El asilo proclamado y la expulsión de más de 30 mil personas en los últimos meses, no se corresponden. Lo primero debería anular lo segundo.

Y mientras tanto, muchos se preguntan: ¿necesita México a 30 o 40 mil centroamericanos alojados aquí (por ahora), porque el Imperio les ha cerrado las puertas?

Como cantaba el corrido de Laredo (para seguir con la frontera):

“… toda la vida quisiste, mi bien, con dos barajas jugar. No puedes jugar con una, mi bien, y quieres jugar con dos…”

 


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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