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Las palabras y las historias: mil y una lecturas en los libros de texto gratuitos

Hay muchos mexicanos que todavía recuerdan el largo poema que declamaron una mañana ante toda la escuela; el versito que sonaba a canción, la historia emocionante o la que les hacía reír. Buena parte de esos recuerdos literarios está en las páginas de sesenta años de libros. Autores anónimos, escritores consagrados, clásicos eternos. Todos estuvieron ahí y forman parte de la biografía de los que en sus primeros años fueron lectores curiosos.

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Español. Primer Grado, 1972. Mi libro de cuarto año. Lengua Nacional, 1966. Español. Lecturas, Sexto grado, 1984. Español. Lecturas, Quinto grado, 2012. En algunos casos, las grandes transformaciones del mundo, como el viaje del hombre a la Luna, y los vi

De las Cartas de Relación escritas por Hernán Cortés, hasta la Muerte engolosinada con un smartphone, inventada por el poeta Francisco Hernández. Del Sapito Glo-Glo-Gló a Lupi, el lobo bueno que creía que los elefantes comían pasteles de miel con chocolate encima y bebían agua de fresa. De los otros poemas –casi desconocidos- de Manuel Acuña (sí, el de Rosario) a la historia apasionante del inventor Nicola Tesla, encargada a un escritor que sabe de ciencia. No bastarían las páginas de esta edición de La Crónica de Hoy, y probablemente tampoco alcanzarían las páginas de una semana entera de ediciones para hacer un inventario completo y detallado de las lecturas que, en sesenta años, los escolares mexicanos encontraron en los libros de texto gratuitos, sorprendiéndose con ellas, disfrutándolas muchas veces, aprendiéndolas de memoria para cumplir con la tarea, para responder el cuestionario que las acompaña, para “picarse” con una y terminar adelantándose a todo el grupo hasta terminar el libro.

Cada mexicano que ha usado un libro de texto gratuito con lecturas, mantiene un recuerdo, generalmente bueno, de los días en que, no teniendo más preocupaciones que intentar librar bien la escuela, los libros eran compañeros constantes. ”Cuídenlos”, decían las maestras, los maestros; “cuídenlos”, repetían las mamás y los papás, y los abuelos y los tíos, y todo adulto que se asomara a ver qué estaban haciendo los niños, o que tuvieran por encargo vigilar que las tareas se hicieran.

Pero con ese “cuídenlos”, venían otras ideas: revisarlos, hojearlos, leerlos, devorarlos, si es que el propietario o propietaria tenía desde chico pasión lectora. Por eso, los que en los años 60 fueron “Mi Libro de…” y en las décadas que siguieron fueron libros de Español, Lecturas, eran, son, especialmente apreciados cuando lo que llevan dentro hace “click” en una cabeza. No, para bien o para mal, los libros de Matemáticas no suelen correr con esa buena suerte.

En los libros de lecturas de estos sesenta años está el anhelo, asumido por gobiernos y personajes de las más distintas ideologías y formaciones, y hasta ahora inalcanzado, de convertir a México en  “un país de lectores”. Precisamente porque el proyecto sigue siendo una buena intención, en términos generales, es que los libros de lecturas que produce el Estado mexicano para los chicos y las chicas de primaria parecerían concentrar el espíritu del libro de texto gratuito: poner al alcance de los alumnos, lo mejor que haya en la materia.

Claro, el concepto de “lo mejor” cambia con el transcurso de los años. Los libros que empezaron a circular en 1960 tenían, además de los textos que darían valores y normas de conducta a los alumnos, hechos por los autores, algunas piezas literarias clásicas y consagradas: algún verso pequeño de Lope de Vega, un recuerdo tropical de Rubén Darío, un poema a la bandera escrito por el que era favorito de los mexicanos del porfiriato, Juan de Dios Peza, y puede que en ese breve material se haya empezado a olvidar lo que quiso decir Agustín de Iturbide con los colores de la bandera trigarante.

Las reformas educativas -que ha habido varias- se han reflejado en los cambios en las lecturas escolares. Una y otra vez se redefine lo que los alumnos han de leer, y para qué han de leerlas. En el libro de lecturas de segundo año, producido por la reforma echeverrista, en 1972, Juan José Arreola participa y escribe, asumiendo la voz de un niño, de una niña:

 

Éste es mi libro de lectura.

Voy a saber lo que dice, porque ya aprendí a leer…

Y si un día no tengo para comprar un ramo de flores;

Y si un día no puedo ir a cortarlas; y si yo no sé

dibujar bien un ramo de flores, entonces tomo una

hoja de papel blanco y le digo a mi mamá:

 

Las letras que yo escribí

Con lápices de colores,

Serán un ramo de flores

Si lo quieres para ti.

 

Por eso voy a querer mucho a este libro de lectura.

Porque me va a enseñar las palabras que dicen todo lo que uno quiere decir.

En los años posteriores, muchos otros autores, clásicos y contemporáneos han entrado a los libros de lecturas. Algunos, incluso, le hacen jugarretas a los planes de estudio: Guillermo Prieto y su momento estelar, aquel donde salvó la vida de Juárez, en Guadalajara, al grito de “los valientes no asesinan”, fueron desterrados de los libros de historia, sustituidos por los de ciencias sociales. Pero, lo que son las cosas, el episodio regresó en el libro de lectura de sexto año de los años 70 y 80.

En los libros de texto que trajo el siglo XXI, las nuevas generaciones de escritores mexicanos tomaron la estafeta. El país cambiaba, las expresiones literarias también. La idea de “escribir para niños y jóvenes” había ganado en respetabilidad y mercado, y eso lo hizo atractivo para muchos autores.

Así, Pedro Ángel Palou, Enrique Serna y el divulgador de ciencia José Gordon están en un libro de quinto año; en ese mismo libro se rescata un poema del decimonónico Manuel Acuña, para que todo mundo se entere que el buen hombre hizo algo más que el Nocturno a Rosario. Sandra Lorenzano cuenta la historia de una niña que es punk, y no faltan los clásicos como Perrault.

Carmen Boullosa, Elena Poniatowska y Cristina Rivera-Garza dejaron de ser nombres desconocidos para los alumnos de sexto. Ahí están, en esas páginas que, probablemente, conserven algunos de los jóvenes que este año llegan a la mayoría de edad. Viéndolo bien, no vendría mal a muchos adultos asomarse a ver lo que sus hijos leen en “los libros de la escuela”.

Y usted, lectora, lector, ¿guarda en su corazón alguna lectura de años más despreocupados?

PEDACITOS DE MEMORIA, O DE CÓMO UN FOTÓGRAFO ALEMÁN CAMINÓ JUNTO A LOS PRIMEROS LIBROS DE TEXTO GRATUITOS. Desde que hubo libros de texto gratuitos en México, se tejió una narrativa donde la imagen siempre fue poderosa. En la prensa de la época menudearon las fotografías del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, en diversas escuelas, donde, rodeado por profesores sonrientes, entregaba libros a los alumnos de primaria. Con el tiempo, pasados los momentos más polémicos, alguna vez se retrataría al presidente López Mateos haciendo lo mismo. Con esa parte de la historia, quedaba enunciado que el Estado mexicano se afirmaba como el garante de la gratuidad educativa, esa promesa del discurso revolucionario, que en 1960 resultaba, en el discurso gubernamental, la última en cumplirse. 

Pero el papel del libro de texto como un gran igualador social, como un instrumento esperanzador que le abría nuevas expectativas a los niños mexicanos, se basaba en su capacidad de llegar a los sitios más recónditos del país, a las zonas más marginadas, de la manera que fuera, con todos los recursos posibles, con la ayuda de todos los ciudadanos, fuera cual fuera su ocupación. Así nació una narrativa gráfica que, sesenta años después, sigue funcionando, de manera tan eficaz, que, aparentemente, no nos damos cuenta.

A lomo de burro,  sobre las espaldas de un maestro o un padre de familia con ganas de ayudar, en un camión militar o en una embarcación de la Marina, a lo largo de las décadas, muchos niños han visto llegar a sus escuelas los libros de texto. En cierta época, era material que interesaba a la llamada “prensa nacional”, y siempre fue asunto de interés para la prensa de los estados. Son fotografías que se pueden calificar de hermosas, porque, si bien tienen el sentido de oportunidad de una buena imagen periodística, también buscan mostrar que, a pesar de lo que opinen los escépticos y los críticos del sistema educativo nacional, un libro sí le puede cambiar la vida a un niño.

Por eso, en esas primeras imágenes aparecen burritos con sus cajas de libros a cuestas; niños humildes, los primeros y más directos beneficiarios de la gratuidad de esos libros. En un país que todavía tenía un fuerte componente rural como era el México de 1960, los libros están pensados para acercarse a ese mundo. Resulta lógico que algunos de sus habitantes ofrezcan, al ojo que fotografía, la imagen adecuada, el momento justo que ha de capturarse y mostrarse a los habitantes de la parte urbana del país, donde se dan las discusiones ideológicas y los reclamos de las partes interesadas.

Pero, ¿Quién caminó, cámara en mano, para contar esta historia? Cuáles eran sus instrucciones? Lo que trajo después de aquellos recorridos, se fue convirtiendo en algo que puede llamarse “la mística del libro de texto gratuito”, y que, sin que nos hayamos dado cuenta, se metió en el ADN nacional, a grado tal que la llegada puntual de los libros a las escuelas del país sigue siendo un asunto de alta importancia.

 

Los niños de condición humilde, con sus libros nuevos, son sujetos preferidos del trabajo fotográfico de Juan Guzmán en 1960.Era la demostración de que la educación sí podía igualar a los mexicanos.

 

LOS PASOS DE JUAN (HANS) GUZMÁN. Cuando llegó a México, en la oleada de refugiados de la Guerra Civil Española, ya se llamaba Juan Guzmán, aunque su nombre real era Hans Gutman, y había nacido en Colonia, Alemania, en 1911. Su oficio, fotógrafo, le permitió colocarse, como a tantos otros, en los espacios periodísticos y editoriales del México de los años 40.

Era autodidacta, pero se sabe que en Berlín aprendió el oficio de iluminador y operador de cámaras. Abandonó Alemania con el ascenso del nazismo, y recorrió Europa. En España, a donde llegó en 1936, se volvió partidario de la República y combatió en la Guerra Civil. Incluso, alcanzó el grado de teniente de ingenieros. Sus biógrafos piensan que fue en ese momento en que hispanizó su nombre: dejó de ser Hans Gutmann para convertirse en Juan Guzmán.

La derrota republicana lo orilló a escapar. Llegó a México en julio de 1939, a buscarse la vida, a trabajar en muchos sitios. Un periódico ya desaparecido, Novedades, le dio su primer empleo en tierra mexicana. Muchos semanarios de mediados del siglo XX, ahora material de investigación, tienen en sus páginas el trabajo de Juan Guzmán. En las páginas de “¡Así!”, de “Sucesos para todos”, de “Hoy” y de “Mañana” puede verse el trabajo de Guzmán.

El semanario “Tiempo”, propiedad de Martín Luis Guzmán, que sería el artífice de los libros de texto, también dio empleo durante años a Juan Guzmán. No era extraño.De hecho, “Tiempo” dio empleo a muchos refugiados españoles en su redacción y en asuntos de producción editorial.

Guzmán creció profesionalmente en tierra mexicana. Llegó a ser corresponsal de revistas estadounidenses tan importantes como Time y Life, pero siguió haciendo encargos para los medios nacionales.

Ahí fue donde su biografía se cruzó con la del libro de texto gratuito.

NIÑOS, LIBROS, EMOCIONES. Dos Guzmanes se aplicaron a contar una historia donde no importa tanto la perspectiva del ceremonial gubernamental: uno, Martín Luis, construyendo en la mente lo que creía necesario contar. El otro, Juan (Hans), puso el ojo fotográfico.

Son los famosos hermanos Mayo los que capturan el momento en que Adolfo López Mateos recibe los primeros ejemplares en los talleres de Novaro; a Guzmán le toca buscar la huella en la vida diaria, en el universo escolar.

Juan Guzmán sigue la distribución de los libros: ve a campesinos transportarlos a lomo de burro; busca a los niños más humildes para que le muestren a su cámara los libros nuevecitos. Esas son las fotos que le entrega al presidente de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos.

En 1961, cuando se organizó la VIII Feria Mexicana del Libro, en el Auditorio Nacional, la Conaliteg tuvo su propio stand, dedicado a mostrarle a la ciudadanía cómo se hacían y a dónde llegaban aquellos libros. Expresamente, el secretario Torres Bodet solicitó imágenes muy grandes de aquella crónica fotográfica, que llevaba meses publicándose, para que se supiera hasta dónde y de qué manera se entregaban los libros. Esas imágenes, son las que tomó Juan Guzmán.

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