Opinión


Las perlas de la estulticia

Las perlas de la estulticia | La Crónica de Hoy

Absortos a veces en el farragoso discurso del gobierno, en cuyo sinuoso sendero se inventan fechas, conmemoraciones sobre hechos inexistentes; tiempos cuya nebulosa condición más se atribuye al invento y poco a la exactitud, no nos percatamos de los atropellos a la lógica, la gramática y el decir tanto en los medios de comunicación como en las reseñas del quehacer público.

Por ejemplo, hay algo incomprensible en la forma solemne y deliberadamente ampulosa del discurso cuando se quiere fortalecer el argumento y se pone por delante al Estado Mexicano, como si hubiera otro. 

Vamos a rescatar la economía nacional con todos los instrumentos del Estado Mexicano, nos dice la palabra redentora.

Pues sí, no se podría rescatar con las herramientas del Estado danés, aunque le hayamos copiado, calcado y puesto en práctica cada día su sistema sanitario y médico asistencial.

Esa invocación sobre el Estado, es apenas comparable a la importancia con la cual se pasean los senadores. Nadie, ni siquiera los más extravagantes, como Jesusa o Nestora; Napito o Guadiana (con todo y sombrerito), se presentan como simples integrantes del Senado. 

No, eso les queda chico, son Senadores de la República, como si en las banquetas del tianguis de la mariguana dijera SPQR, tal sucede en Roma, por ejemplo.

Soy Senador de la República, y a mi se me respeta, decía un día uno de estos patricios de abolengo tras perder un volado con un merenguero.

Pues no hay Senado sin República, aunque puede haber Repúblicas o reinos como Finlandia, Bulgaria, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Portugal, Eslovaquia y Suecia, sin Senado. China es unicameral, por ejemplo.

Y ahora, si he mencionado los países bálticos, como Letonia y Lituania, en alguno de ellos se encuentra una de las raíces genealógicas de nuestra Regenta, la doctora Claudia Sheinbaum, quien acaba de rendirle tributo a la mexicanidad (a la mitad de la mexicanidad) de una manera absurda.

Como todos sabemos la doctora ha inaugurado la primera etapa de un parque de diversiones llamado “Aztlán” cuyo nombre tiene como finalidad, exaltar nuestras raíces (las mexicas, no las lituanas, estonias o letonas). 

Pero nadie le dijo cómo su oportunista decisión llueve sobre mojado, porque el anterior parque de juegos ya evocaba la memoria antigua, porque Chapultepec es un nombre mexica. 

Tanto como Cuauhtémoc o Popocátepetl, Cuicuilco y todos los locativos descritos por eminentes nahuatlatos, desde don Cecilio Rovelo, hasta Gutierre Tibón, para no exponer a  otros como  el padre Garibay o Miguel León Portilla.

Esos nombres  se refieren a un lugar visible, en tanto Aztlán, es un inexistente (o al menos no localizado) punto en la geografía mitológica de un pueblo vagabundo cuyo peregrinar es cosa conocida, con todo y la estampa ficticia (como todo mito anterior a la 4T) del águila y la víbora.

No quisiera insistir en la manera cmo se atropellan otras ideas. La epidemia nos ha saturado de idioteces. La primera es referirse a ella como la pandemia. 

El prefijo “epi” significa el lugar. México sufre una epidemia. Eso implica los límites de este mal referido a nosotros. Como ese contagio es general, planetario o mundial, se habla --cuando se habla del todo, de una pandemia. Nosotros padecemos una epidemia, parte de una pandemia. No la sufrimos toda, nada más la parte que nos toca. 

Y en cuanto a las vacunas, pues también hay espacio para la babosada. Se habla de inmunización,cuando lo sabemos todos: estas vacunas no inmunizan. Seguimos siendo susceptibles de infección y contagio, con menores efectos. 

Los únicos inmunes al Coronavirus son --por ahora-- los perros. Los caballos también, creo.

Los bueyes no. Esos si se contagian y luego hablan por radio y dicen del avance en la aplicación del “biológico”. 

Y ya del uso intolerable de la palabra “presunto” o “precisamente” en las crónicas reporteriles de la radio, hablaremos otro día. Un horror.

 

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