Opinión


Las que siguen a los muchachos del campamento

Las que siguen a los muchachos del campamento | La Crónica de Hoy

Economista brillante, sin presunciones doctrinarias ni “científicas” y por eso difícil de encasillar. Su hazaña nos liberó de una “verdad” aceptada por la disciplina y todavía hoy, ampliamente repetida y enseñada en las escuelas de negocios. Y lo hizo de una manera discreta, elegante, dudando de añejos supuestos y verificando las cosas en la realidad (no en los modelos). La historia es como sigue.

En los años cuarenta del siglo pasado, heredero de ilustres economistas decimonónicos (Walras, Pareto y Marshall), G. Stigler por fin había dibujado una curva que mostraba una “ley” fundamental y “natural” de los mercados de trabajo: los salarios son un precio de equilibrio, un lugar en el espacio donde se encuentra la oferta empresarial de empleo y la demanda de trabajo de las personas. De ella se derivaba un mandamiento casi bíblico: si subes los salarios más allá de ese punto, perderás empleos y encarecerás los bienes que produce la empresa. El eco de esta sentencia sigue retumbando hasta nuestros días.

Claro, intuitivo y simple, el modelo competitivo se canonizó en los siguientes años. Premios Nobel refulgentes como M. Friedman y G. Becker lo desarrollaron durante las siguientes décadas hasta convertirlo en el arranque indispensable de todo curso “normal” de microeconomía respetable.   

No importaron sus premisas (tan problemáticas, por ejemplo, todos los trabajadores tienen similar cualificación y por eso son “sustituibles”); tampoco importaba mucho la capacidad explicativa ni la comprensión que ofrecía de un fenómeno social decisivo, lo verdaderamente relevante del modelo, según Friedman, era su “capacidad de predicción”, la verdadera prueba de su calidad “científica” (Fernando Escalante, Se supone que es ciencia, COLMEX, 2016).  

Pasaron casi 40 años, hasta que un jovencito de 26 decidió mirar la realidad, no el modelo. Resultó que en 1992 Nueva Jersey subió 80 centavos de dólar por hora su salario mínimo, mientras que su vecina, Pensilvania, acató el mandamiento: los mantuvo a raya, sin incremento alguno. Los neoliberales (neoclásicos) predijeron: Nueva Jersey perderá empleos y encarecerá las hamburguesas (porque la verificación de hechos fue realizada sobre trabajadores en restaurantes de comida rápida). Pero Alan Krueger y su camarada David Card observaron precisamente lo contrario: en Nueva Jersey el empleo creció y los precios fluctuaron en rangos manejables, e hicieron otros tantos descubrimientos que descolocaron a la academia norteamericana: la brecha de desigualdad disminuyó y el mercado de básicos se incrementó (todo condensado en un libro señero Mito y medición: la nueva economía sobre los salarios mínimos. Princeton, University Press, 1995).

Fue todo un revulsivo para la ciencia económica dominante por partida triple: 1) de repente la observación y la evidencia se volvieron importantes para los economistas perezosos, atornillados en su gabinete, y se abrió todo un campo de investigación a través de los “experimentos naturales” o sea, la comparación empírica; 2) los “modelos” matemáticos típicos empezaron a ser cuestionados en muchas otras áreas de la propia economía y por primera vez, desde su terreno, la hegemonía neoliberal fue desafiada, y 3) la redistribución del ingreso —vía salarios, no mediante dádivas— regresó al lugar prominente del que había sido desplazada. El tema número uno de la economía clásica volvía por sus fueros, justo, el tema que el diluvio neoliberal había querido sepultar.

La onda se propagó por el mundo, y en México, Raymundo Campos y Gerardo Esquivel le siguieron la pista a otro “experimento natural” ocurrido en 2012 (cuando se unificaron dos zonas de salarios mínimos, aumentando de facto- más a una que a la otra) y el resultado se asemejó al descubierto por Card y Krueger: incluso la informalidad disminuyó en la zona con mayor incremento de su salario mínimo.    

Desde entonces, el salario mínimo es una discusión mundial, desde Inglaterra hasta Alemania, en toda América Latina, Japón y en España. También en nuestro país.

Otro premio Nobel, muy neoliberal (James Buchanan) escribió en el Wall Street Journal que Card y Krueger habían “socavado la credibilidad de la ciencia económica”. Y no se anduvo con sutilezas: “son un grupo de putas que siguen el campamento” de los buenos muchachos. Se ve que le afectó.

No importa. Alan Krueger siguió adelante. Después se convirtió en el Jefe de Asesores económicos del presidente Obama y continuó curioseando la realidad en otros temas relevantes (educación, por ejemplo). Murió la semana que concluye, pero su herencia es de la mayor importancia: un economista que derrotó en su propio terreno a la mitología neoliberal y cuyo talento y paciencia empírica hizo cambiar el debate económico de nuestro tiempo.

 


Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática
ricbec@progy.net.mx
@ricbecverdadero

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