Opinión


Llovió, llovió y llovió… y la capital novohispana se inundó

Llovió, llovió y llovió… y la capital novohispana se inundó | La Crónica de Hoy

Ciudad de México, 1629: la procesión avanzaba en silencio y con total solemnidad. La Virgen de Guadalupe, cuyo culto, a esas alturas del siglo XVII, ya estaba consolidado, avanzaba como la reina de los novohispanos que era, en una comitiva que encabezaban, nada menos que el señor virrey, el marqués de Cerralvo, y el arzobispo don Francisco Manso y Zúñiga. Y tan altas autoridades y tan gran acompañamiento participaban de aquella jornada devota porque la imagen de la Guadalupana que recorría las calles de la capital del reino era, nada menos, que la original, la tilma del indio Juan Diego donde, un 12 de diciembre de 1531, había quedado estampado el retrato de “la señora del cielo”.

Y la Virgen de Guadalupe había abandonado su hogar, al norte de la capital novohispana, porque se necesitaba con urgencia de su intermediación y de toda su influencia: la Ciudad de México estaba completamente inundada, y la solemne procesión avanzaba en canoas, porque no había otra manera de moverse por la ya centenaria traza citadina.

Sí, era un caso desesperado. Así puede leerse en las instrucciones del arzobispo Manso y Zúñiga: “para alcanzar del cielo el remedio a tan gran calamidad, [se dispone] se trasladase la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe a la iglesia catedral de la capital”.  Corría septiembre de 1929. Con ese gran protocolo, en efecto, la tilma de Juan Diego fue depositada en la Catedral, esperando que el efecto bienhechor fuera pronto y eficaz.

Lo que no sabían ni el virrey ni el arzobispo era que, en espera de esa intermediación bondadosa de la Guadalupana para con sus hijos de la capital de la Nueva España, la tilma de Juan Diego se iba a quedar en la Catedral por espacio de cinco años, el tiempo que duró la ciudad bajo las aguas del lago desbordado.

LA CIUDAD INUNDADA. El culto guadalupano era, a no dudarlo, uno de los grandes remedios que servían para cualquier tipo de calamidad que afectara a los habitantes de la Ciudad de México. Treinta años antes, en 1599, los afligidos capitalinos, y en especial los niños y los jóvenes con sus respectivos maestros, habían ido en procesión al Cerro del Tepeyac, al hogar de la virgen, para pedirle exactamente lo contrario: que aliviara la espantosa sequía que estaba por orillar al reino al desastre agrícola y por lo tanto a la hambruna.

Pero en 1629 el exceso de agua llenó de pavor a los habitantes de la ciudad. El aguacero inmenso comenzó el 21 de septiembre, y anegó calles, plazas e iglesias. Los afortunados que tenían vivienda de dos pisos, mudaron todo lo que pudieron a la planta alta, porque la baja estaba llena de agua. Un testigo presencial, el dominico Alonso Franco, cronista de la orden, conmovido, no pudo menos que dejar en sus escritos el reproche hacia los desleales capitalinos que dejaron desamparada a su ciudad: “ha sido el mayor trabajo que ha padecido [la ciudad de] México, y que en una ciudad tan populosa, tan grande, rica e insigne, a quien todos acudían y a todos albergaba, y que los más extraños hallaban en ella amparo, en esa ocasión sus vecinos y naturales la desampararon huyendo de ella”.

Muchos prefirieron mudarse a otras poblaciones. Los primeros días de la inundación, el miedo y la incertidumbre se cebaron en quienes seguían en la ciudad. Los más pobres comenzaron a pasar hambre, porque no tenían manera de procurarse el sustento. Las órdenes religiosas emprendieron misiones en canoa, para visitar a los necesitados y llevarles comida. Se empezaron a decir misas en las azoteas de monasterios y conventos, para que la gente pudiese, aunque fuera de lejos y desde las azoteas de sus casas, sumarse a aquel acto de fe.

La vida de la capital se transformó. Las canoas se convirtieron en el medio de transporte para intentar retomar la bulliciosa vida de la Ciudad de México. Se puso de moda un nuevo oficio, el de remero, y en las calles que un día habían sido espacio de paseo y recorrido, navegaban las canoas, grandes y sólidas, que se pusieron de moda. Incluso, algunos llegaron a la conclusión que lo que podía caber en una de esas embarcaciones equivalía a la carga der varias mulas.

Como a todo se habitúan, para bien y para mal, los habitantes de la Ciudad de México, no faltó a quien le pareciera interesante, pasado el susto, la idea de salir a pasear en canoa, y la ocurrencia se popularizó. Otros, materialistas, se dieron cuenta de que tener canoa era mucho menos costoso que tener carruaje y caballos, y se sentían muy satisfechos por tal ahorro.

Si en algún momento ha sido cierto eso de que “uno se acostumbra a todo, menos a no comer”, las estrategias de sobrevivencia en la inundación de 1629 son un perfecto ejemplo: las diversas órdenes y los templos y hasta la Catedral, acabaron por hacerse de curiosas embarcaciones, en las que se llevaban los sacramentos a los enfermos y la extremaunción a los moribundos. En canoa se llevaban los cuerpos de los muertos a las iglesias y la elegante canoa de Catedral, pintada y adornada con oro, navegaba con otra canoa donde le llevaban luces y una campanilla para anunciar su paso.

Hubo daños, ciertamente: las casas que no tenían cimientos de argamasa fueron derrumbándose, y las que tenían basamento de argamasa sobrevivieron porque sus propietarios les pusieron calzas para apuntalarlas. El ingenio de la ciudad afloró: se construyeron numerosos puentes de madera, altos, para que la gente pudiera cruzar las calles, y por debajo pasaran las canoas. Mientras, las autoridades discutían todas las alternativas, desde las más razonables hasta las más descabelladas para secar la ciudad, y a diario se decían misas especiales y las monjas hacían rogativas especiales para que las aguas bajaran.

Algún testigo vio a la ciudad —que entonces sí que se parecía a Venecia— como si estuviera llena de barcos de piedra; así se le antojaban las casas que resistían a la inundación. Se volvió cosa cotidiana, en las casas ricas y en las iglesias, pelearle unos centímetros al agua, bombeándola y achicándola cuanto era posible. 

Con todo y todo, los que permanecieron leales a la ciudad y devotos a los designios del Señor, esperaron pacientemente por espacio de cinco años, hasta que las aguas “se retiraron”.

UNA CUESTIÓN DE FE. A la larga, resultó que aquel traumático lustro sirvió para fortalecer la fe de los habitantes de la castigada ciudad. Confortados por los padres dominicos, franciscanos y mercedarios, poco a poco retomaron la vida que un día habían tenido, y, en opinión de algunos, que recordaban cómo cien años antes los franciscanos y los dominicos no habían abrazado con devoción el guadalupanismo desde los primeros días siguientes a las apariciones, y habían sido más bien escépticos, ahora que la inundación era cosa del pasado, esas mismas órdenes veían a la Guadalupana “con mayor cariño y devoción”.

Esa devoción renovada tuvo una curiosa consecuencia. Los franciscanos “encontraron” inesperadamente, entre el mobiliario de su convento grande, una enorme mesa que había pertenecido a Fray Juan de Zumárraga y en la que, estaban “seguros”, el obispo había extendido la tilma de Juan Diego, después de que la señora del cielo dejó allí su retrato. Le encargaron a un artista notable de aquellos días, Baltasar Rioja de Echave, que sobre la superficie de la mesa pintara una Guadalupana. Terminada la obra, decidieron exponer la mesa en la iglesia de San Francisco, donde bien entrado el siglo XXI, permanecía, como eco de los días en que la Ciudad de México estaba casi bajo el agua.

Así se representó a la Ciudad de México en los días en que vivió inundada. Las embarcaciones se volvieron el medio de transporte indispensable y la gente se acostumbró a moverse en ellas, hasta para pasear y para ir a misa.

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