Escenario


Lluís Miñarro y “el precipicio de la humanidad” en su “cine de anarquía”

ENTREVISTA. El cineasta catalán y su protagonista, Francesc Orella, hablan de Love me not, una surreal reinterpretación del mito bíblico de Salomé que llega a las salas de cine nacionales.

Lluís Miñarro y “el precipicio de la humanidad” en su “cine de anarquía” | La Crónica de Hoy

Francesc Orella y Lola Dueñas en una de las escenas del filme. Lluís Miñarro fue productor de El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas, que ganó la Palma de Oro de Cannes.

"Un cine de anarquía". Así es como define a su obra el cineasta catalán Lluís Miñarro, reconocido productor independiente que regresa a la dirección un lustro después de su Stella cadente (2014), esta vez con Love me not (2019), una cinta que traslada el relato bíblico de Salomé, desde la relectura de Oscar Wilde, a una variante alucinada que se desarrolla en el desierto de Irak, con tintes surrealistas y una marcada parábola política.

“Me motivaron dos cosas, la primera fue una ópera que vi en Londres, de Richard Strauss, en la que el profeta desafía los infiernos, que viene de la mano con la lectura que le da Oscar Wilde, al mito de Salomé. Pero también el ver las imágenes de las terribles atrocidades en la prisión de Abu Ghraib de los soldados estadunidenses, no quería que olvidáramos el lado más terrible del ser humano que es como un eco nazi”, expresó el cineasta, en entrevista con Crónica.

“Desde luego está la influencia del director Marcel Camus y el juego de textos entre los actores en medio de un ambiente surreal, pero también es una película que mira al espectador y le dice por qué no aceptamos la guerra, y le cuestiona por qué no aceptar al otro, la diversidad o la sexualidad”, agregó.

Nos lleva a una reinterpretación del desierto de Irak para hacer referencia a los abusos de prisioneros encarcelados en la prisión de Abu Ghraib, con elementos que bien podrían caer en lo excéntrico.

Ahí, un ejército internacional asigna a un regimiento entero la tarea de custodiar a un misterioso hombre, recluido en una prisión de máxima seguridad en medio del desierto por sus predicciones subversivas. Cuando la soldado Salomé (Ingrid García Johnsson), hija del comandante Antipas (Francesc Orella), es asignada a vigilar al prisionero, se obsesiona con él hasta ­desencadenar inesperadas consecuencias para los dos.

“Quería aprovechar el impacto del mito clásico porque me da la impresión de que su disyuntiva está encerrado en el núcleo de los problemas sociales de siempre. Pero me interesaba una Salomé distinta, quería una versión unida a la actualidad, un argumento para decir que es sorprendente que el territorio bíblico está en guerra como hace miles de años”, enfatizó.

“Cuando creíamos que las atrocidades podían terminar con la Segunda Guerra Mundial nos damos cuenta que la indignación va a seguir. Sé que es un riesgo tomar esos elementos para contar una historia desde un precipicio de la humanidad, pero es que hace falta hacerlo”, añadió.

En el desarrollo de su filme el cineasta hace gala de un montón de referencias pictóricas, políticas, interpretativas, sociales y sexuales, en una desafiante propuesta para el espectador: “Me llama la atención que el imperialismo es el mismo que el romano hace dos mil años. La tensión sobre la creación de muros entre naciones es el mismo. En el filme incluso hacemos evidentes imágenes evocadoras a Rómulo y Remo, y nos permitimos licencias directas como hacer que los soldados se llamen Hiroshima y Nagazaki, o hablamos de la coalición, es clara la ironía sobre el poder y también queremos hacer una defensa del vocabulario como el derecho a lo diferente”, comentó.

Sin embargo, en la extrañeza de su argumento no se pierde de vista el mensaje central que es el que evoca el título de Love me not y que tiene que ver con el rechazo del amor: “Le película reflexiona sobre la dificultad de entregarnos a quien nos ama, es decir, parece que nunca nos enamoramos de la persona adecuada”, dijo.

En ese sentido, el actor Francesc Orella, quien da vida a Antípas, uno de los personajes que simboliza el poder en el filme y mayormente conocido por su protagónico en la serie Merlí, también compartió con Crónica algo de su desafío actoral en esta cinta poco convencional:

“Cuando afronto un personaje, independientemente del estilo de la película y del guion o director, lo que trato es ser sincero. Hay muchas escuelas de actuación, pero lo que yo busco es ser naturalista, busco enamorarme del personaje incluso si es un hijo de puta, porque lo debo entender. Esta vez me interesaba por sus frustraciones, las exaltaciones del poder y sus vulnerabilidades”, comentó.

“Es cierto que a veces con esta película te vuelves loco. Hay cosas contradictorias que provocan el descoloque del espectador, pero eso busca, sacarlo de su zona de confort. Busca remover rabiosamente su relación con el medio, con sus dualidades, con su interpretación de la violencia y el sexo. El arte está para explorar todos los sentidos posibles”, agregó.

La cinta además tiene una conexión especial con México, ya que cuenta con la participación de actores como Luis Alberti, Hugo Catalán y Fausto Alzati; se filmó en un desierto mexicano, cuenta con otras locaciones como Salón Marrakesh y tiene referencias como la polémica pintura de Emiliano Zapata desnudo y en tacones, de Fabián Chairez.

“Siempre he pensado en la anarquía como un revulsivo humano y es natural que no filme de manera convencional. Tras la muerte de Francisco Franco me fui a tantos movimientos contraculturales que me formaron, que ahora veo a mi cine como una mezcla de géneros (…) De eso se trata, todo tiene que ver con el arte: algo ha de provocar porque el resto ya se mueve de forma tan cotidiana que se vuelve inerte. Ésa es mi manera de mostrar la anarquía, siendo diferente”, concluyó Miñarro.

El filme llegó a salas nacionales este viernes.

 

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