Opinión


López Obrador y el liberalismo juarista

López Obrador y el liberalismo juarista | La Crónica de Hoy

Esta Cuarta Transformación planteada por Andrés Manuel López Obrador quiere ser la continuación de la obra emprendida por Miguel Hidalgo en la Independencia (1810-1821); por Benito Juárez, en la Reforma (1858-1861), y por Francisco I. Madero, quien inició la Revolución mexicana en 1910. Conviene resaltar que en estas tres etapas hay una unidad de propósitos que engarzan las constituciones liberales de 1824, 1857 y 1917. La figura más emblemática para López Obrador es Benito Juárez.

El tabasqueño evoca continuamente al héroe de Guelatao: lo menciona en sus discursos, lo pone en primer cuadro en los mensajes grabados, en las entrevistas de televisión. El Benemérito de las Américas es su emblema. No obstante, moviéndonos fuera del cartabón publicitario debemos hurgar en el verdadero legado de Juárez y los liberales que lo acompañaron en su gesta heroica.

En primer lugar, no se puede hablar de una figura aislada, sino de toda una brillante y compacta generación de políticos ilustrados. Entre ellos: Sebastián Lerdo de Tejada, Guillermo Prieto, Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga, Ignacio Ramírez El Nigromante, Francisco Zarco, etcétera.

Juárez y sus compañeros de lucha supieron adaptar el liberalismo, de origen europeo, a las condiciones de nuestro país. Por ejemplo, en el viejo continente los liberales tuvieron que luchar contra el Estado absolutista (John Locke, Montesquieu) para frenar el abuso; pero aquí en México, simple y sencillamente no había Estado como unidad centralizada. Entonces ¿qué fue lo que hicieron? Ellos construyeron el Estado nacional (bajo las premisas liberales) después de haber derrotado a los conservadores y haber expulsado al ejército francés de nuestro territorio.

Entre los liberales juaristas hubo coherencia entre pensamiento y acción. Secularización y liberación de la esfera económica fueron acontecimientos íntimamente relacionados. Plasmaron sus ideas políticas en leyes. Por ejemplo: la Ley de Desamortización de los Bienes del Clero (junio de 1856), el Manifiesto de Nacionalización (julio de 1859).

Los liberales juaristas lograron dirigir política e ideológicamente al país por el camino de las libertades individuales, la defensa de la soberanía nacional, la supremacía de la ley, la división de poderes, el federalismo, aparte de que, como ha dicho Arnaldo Córdova, “habían cumplido su función histórica, al abatir, mediante luchas prolongadas y cruentas, a los elementos sociales conservadores y retardatarios que se oponían al progreso del país”. (La ideología de la Revolución mexicana, México, ERA, 1973, p. 16).

En términos económicos, el liberalismo duro y puro es partidario del laissez faire, laissez passer o sea, del dejar hacer, dejar pasar. Ese liberalismo pregona que el Estado no debe intervenir en el campo de las relaciones comerciales, financieras y productivas. Como se sabe, este dogma volvió por sus fueros de la mano, teóricamente hablando, de Friedrich von Hayek, Robert Nozick y Milton Friedman y, en términos prácticos, en los gobiernos de Margareth Thatcher, Ronald Reagan y, en México, de Carlos Salinas, en adelante.

Empero, cosa que poco se sabe, en el Congreso Constituyente de 1856 hubo una corriente que impulsó el liberalismo social, entre ellos Ponciano Arriaga e Ignacio Ramírez. No triunfaron, pero dejaron el importante antecedente que después fue recogido por la Revolución mexicana.

AMLO, en una declaración oficial del 17 de marzo, sostuvo que quedaba formalmente abolido el modelo neoliberal: “Se acabaron las prácticas que imponían políticas públicas que marginan al pueblo y estaban destinadas sólo a las minorías”. Pero lo que sacó por la puerta se metió por la ventana: Friedman en la teoría y Thatcher en la práctica sostuvieron que no debía haber intermediarios entre el gobierno y las personas: la autoridad pública debía darle, directamente, a los individuos los recursos. Eso es, exactamente lo que está haciendo López Obrador.

Otra característica del neoliberalismo son los despidos de empleados y funcionarios del gobierno, así como recortes al gasto público. Pues, el hombre de Macuspana está aplicando a pie juntillas ese esquema.

En términos políticos AMLO, aparte de que no lo acompaña ningún grupo de políticos ilustrados, está procediendo exactamente al revés de las directrices marcadas por el liberalismo juarista, es decir, subordinarse a la ley, respetar la división de poderes, honrar al federalismo. Aparte, le está dando fuerza al clero católico y a las iglesias evangélicas, es decir, está rompiendo con el principio básico del Estado laico. Sus conferencias mañaneras son actos litúrgicos. Hasta quiere imponer una constitución moral, cosa absolutamente contraria al espíritu laico. Dicho en pocas palabras, lo que debe hacer es autolimitarse.

En cambio, está desmantelando las instituciones del Estado al tiempo que concentra el poder en su persona ¿Cómo? Ha dominado al Legislativo mediante el mayoriteo de su partido, Morena; se ha inmiscuido en el Judicial, ha nombrado a los superdelegados que tendrán su propio gabinete y de facto sustituirán o rivalizarán con los gobernadores; impone a quien le place en los órganos autónomos como ha sido el caso de la Comisión Reguladora de Energía (CRE). No hay coherencia entre lo que dice y lo que hace.

Esta Cuarta Transformación no sigue la cadena de las constituciones liberales; va en contra de ellas. Se inscribe, en el campo conservador.

 

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