Opinión


Los escepticismos del periodista Amado Nervo

Los escepticismos del periodista Amado Nervo | La Crónica de Hoy

Se terminaba el siglo XIX, y ya se sabe, había muchos mexicanos que creían con firmeza en esa peculiar filosofía llamada espiritismo. La posibilidad de entablar comunicación con los espíritus de los ya fallecidos emocionaba a bastantes damas y caballeros. No por nada, La Ilustración Espírita, publicación dedicada a defender ese tipo de creencias, había gozado de popularidad y fieles lectores hasta que su director y fundador, el general Refugio I. González dejó de conducirla por los problemas logísticos que suponía hacerlo desde el más allá. Pero mucha gente en la última década del siglo XIX veía las cuestiones espiritistas con mucha seriedad. Claro que, confrontadas estas creencias ante el espíritu de “lo positivo”, sustentado en el ánimo científico de la época, podían darse animadas polémicas y cuestionamientos que, a veces, hallaban su lugar en las publicaciones de la época.

Algunas veces provenían de una pluma que corría agradablemente, con un toque de sentido del humor.

Ésa era la pluma de Amado Nervo, metido a hacer crónica y artículos periodísticos, que produjo algunos materiales memorables en la materia, examinando con habilidad y sentido crítico, la magia, la sugestión y las sesiones espíritas que tanto gustaban a muchos de sus contemporáneos.

Diciembre de 1896. Así lo cuenta: Nervo asiste a una sesión espírita, en una de esas callejuelas que constituían la traza de la capital de entonces. En un salón adornado con papel picado, cuenta el escritor, se exhiben algunos dibujos “hechos a lápiz” por los espíritus que han visitado el lugar en sesiones anteriores. La asistencia es variopinta, tanto como lo es la población del país: charros, ancianos de levita, ancianas vestidas de negro, muchachas. Incluso, uno que otro chamaco agarrado a las faldas de su madre. Conduce la sesión un hombre maduro, indígena, y el médium es un chiquillo de unos 8 años que, a poco de acomodarse en una silla, cae en un sueño extraño.

Se apagan las velas, el salón queda a oscuras. De pronto, una lucecita, una luciérnaga, se diría, comienza a danzar por el salón. Es “La Facultad”, la visita ultraterrena de esa noche. En el fondo del salón, uno de los participantes rasguea en la guitarra un par de melodías: “La Golondrina” y “La Casada”, y los fieles cantan himnos cuya letra se adapta a esas canciones populares.

Los asistentes están tomados de las manos, como manda el ritual básico del espiritismo. Nervo, de un lado, sujeta la mano de un amigo suyo que le ha acompañado; del otro, un charro lo sujeta con nerviosismo.

Mientras, la lucecita hacía de las suyas.

Danzaba por todo el salón, y, si se acercaba a alguno de los asistentes, era recibido con alborozados gritos, pues los creyentes daban por sentado que era el espíritu de su madre, de su abuelo o de su madrina acercándoseles desde el mundo de los muertos. Si cesaban los cantos, el chiquillo médium, en su extraño sueño, se ponía a patear furiosamente la tarima donde estaba la silla que le sostenía.

La pequeña luz desapareció de pronto, y su desvanecimiento trajo al médium a la vigilia y a los asistentes les indicó que la sesión terminaba.

Nervo echó a andar con su amigo, que le confesó.

— Vengo muy desconsolado.

— ¿Por qué?

— Porque al pasar la luz cerca de mí le metí zancadilla… y tropezó “La Facultad”…

El amigo se refería al colaborador vestido de negro que hacía bailotear la luz que tantas esperanzas había dado a algunos creyentes espíritas.

Nervo no contuvo una sonrisa. Después, tampoco contendría la pluma para narrar esta historia.

FOTOGRAFIAR ESPÍRITUS Y EL PODER DE LA SUGESTIÓN. De variadas formas criticó Nervo las creencias de la “gente sencilla” que no sólo daba por buenas las manifestaciones espiritistas, sino que creía en el poder de la magia y en la capacidad de fotografiar espíritus y, más aún, tener alguna especie de contacto físico con los humanos vivos.

Nervo hacía burla franca de los que presumían de poder fotografiar espíritus. Con picardía, retrató a aquellos fotógrafos que le prometían a los humildes ciudadanos poder proporcionarle la foto de su añorado padre o del hermano muerto a temprana edad.

“A los 3 o 4 días” ­—se deleitaba Nervo— “va usted por sus retratos. Los observa.” Se trataba, en aquellas sesiones fotográficas, de tomar una placa del solicitante vivo, y, por obra de las capacidades mediúmnicas del señor que operaba la cámara, a la hora de imprimir aparecerían los parientes muertos del cliente vivo.

“Aquí entra lo maravilloso”, ironiza el escritor. “sobre la cabeza de usted, en el lienzo que le sirve de fondo, hay unos trazos vagos, esfumados casi; se advierte un rostro:

— ¿Son ésas las facciones de su madre? —inquiere el fotógrafo de lo ultraterreno.

— No —responde usted— Serán las de la suya.

— Las de la mía tampoco. Se trata de otro espíritu que andaba por ahí”.

Nervo no puede reprimir la burla: por un numerito de éstos, los fotógrafos de espíritus cobraban, en 1895, ¡un peso por imagen! Y a la hora de la hora, si se parecía o no al pariente del cliente que deseaba con toda su alma volver a ver a su ser querido, no había responsabilidad. “Si al fin y al cabo” —escribía Nervo con un toque de crueldad irónica— “no salió su madre ni salió su padre, salieron otros, y lo mismo da. ¡Qué sabe usted si aquel anciano de patillas fue algún tío suyo, y si aquella buena señora que apenas se alcanzó a rizar el pelo es su suegra, la suegra a quien usted tuvo la dicha de no conocer!”

Informado como era, a Nervo le infundían sospechas muchas de las “prácticas” espíritas que se traducían en golpes, imágenes, sonidos o luces. Se entera de que en Francia, donde abundan las sesiones en las que los espíritus se comunican con golpes en las mesas o en las ventanas, se ha descubierto un remedio que parece casi infalible: la presencia de un gendarme basta para que los espíritus escandalosos enmudezcan. Sin escándalos ni alharacas, los que fingen ser “fantasmas”, prefieren guardar silencio.

No era menor el problema, pensaba Nervo, y lo aplica al caso mexicano, en el que esas “manifestaciones” siembran tanta inquietud como en Francia: “¿A qué se debe en todos los países esa taimada creencia en los que vuelven de la tumba y que suele atormentar aun a la gente ilustrada que no cree en fantasmas del ultratumba, y sin embargo les teme?”

No se crea que Nervo escribía solamente para pasar el rato y burlarse de las creencias espíritas. Estaba convencido de que la sugestión y la fe en los sucesos mágicos y fantásticos eran dañinos para el pueblo. ¿Dónde estaba el origen de tales miedos que atosigaban el alma de los habitantes del siglo XIX? Nada menos que en una de las costumbres más viejas de la cultura popular mexicana: contarle a los niños, para entretenerlos, las leyendas de aparecidos que habían nacido en los siglos virreinales.

Ahí estaba la solución: las madres de este país y de muchos otros, tendrían que ahorrarle a sus pequeños el susto de escuchar relatos en los que los muertos regresan para cobrar cuentas pendientes o hacer justicia.

Y si, por casualidad, algún espíritu necio, pese a todo, incordiaba al lector, una noche de ésas, con golpes en los muros o en las ventanas, la solución era rápida y eficaz: llamen, por favor, a un gendarme.

 

 

Las múltiples prácticas derivadas de la fe espírita, convertida en sesiones donde se abusaba de la fe de los creyentes, dieron a Amado Nervo la oportunidad de criticar con humor y acidez los extremos de farsa y engaño en los que cayeron muchos mexicanos a fines del siglo XIX.

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