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Los hábitos rotos

A penas se terminaban las fiestas patrias. Como la efeméride era importante, el 175 aniversario el inicio del movimiento independentista, los símbolos patrios viajan por todo el país en algo que pretende ser una conmemoración nacional pero austera, porque no hay dinero para nada.

Los hábitos rotos | La Crónica de Hoy

Apenas se terminaban las fiestas patrias. Como la efeméride era importante, el 175 aniversario el inicio del movimiento independentista, los símbolos patrios viajan por todo el país en algo que pretende ser una conmemoración nacional pero austera, porque no hay dinero para nada. Pero son fiestas, qué caray, y los que pudieron, fueron el día 15 al Auditorio Nacional a escuchar a Guadalupe Pineda y a Amparo Ochoa, cobijando al ganador del concurso de canto del Tercer Festival de la Juventud Mexicana, entrada libre.

La película con que los mexicanos exorcizaban una historia de corrupción, Lo Negro del Negro, llegaba a su semana 45 de éxito en cartelera. Le competía una película estadunidense, Martes 13 y se estrenaba otro filme de factura nacional: Mexicano… tú puedes, con Carmen Salinas, y se anunciaba el pronto debut de la producción biográfica Gavilán o Paloma, donde José José contaría su verdad.

Pero hay cines que ya no abrirán sus puertas porque están gravemente lesionados o dejaron de existir. Nadie irá ya al Cinema 3, o a los Cinemas 1 y 2, juntos, en la calle de Morelia. Nadie irá a función en los Alfa y el Omega, en la calle de Luis Moya, y nadie irá a cenar, después, al café de chinos que estaba enfrente. Los capitalinos se enfrentan a una ciudad que no es la suya, que no reconocen, y aunque no es el entonces Distrito Federal el único escenario del desastre, la ausencia de comunicaciones y energía hace que cada comunidad, que cada estado se mire a sí mismo en su dolor.

 

UNA CIUDAD DESCONOCIDA. Inevitablemente, la Ciudad de México, como centro neurálgico, y asiento del gobierno federal, es el corazón de la tragedia. Mientras la autoridad vacila en aceptar las toneladas de ofertas de ayuda que llueven del mundo entero, la gente hace un alto en su vida para hacer cadenas de ayuda, para remover escombros, para rescatar escolares o pacientes de los hospitales derrumbados, para hacer tortas para los que perdieron todo o para los que se dedican a rescatar sobrevivientes y cadáveres. En esas horas empieza a surgir, antes de que se invente el término, un fenómeno colectivo que toma la iniciativa, en lo que las autoridades se organizan: en adelante, los mexicanos de a pie invocaremos la voluntad y la acción de la sociedad civil que arma brigadas, que pide donaciones, que no duerme y apenas come por estar en las labores de rescate.

La ciudad se reescribe, tanto por lo que ha desaparecido y que forma una traza nueva, como por la confusión de los datos que circulan las horas y los días siguientes: hoteles de la colonia Juárez son mencionados en la colonia Roma; Avenida Cuauhtémoc y Doctor Jiménez, de repente, hacen esquina. De tres secundarias públicas, que en noticiarios se describen como desaparecidas, solo una se ha venido abajo. Así al infinito. La radio resurge como un recurso que se vuelve indispensable: durante días, las familias de otros estados llaman a las estaciones para preguntar por sus parientes de la capital. A su vez, las familias del DF avisan: están bien, o estamos buscando al tío, al hermano, a la mamá.

En la medida en que se alarga la cobertura del desastre y los trabajos de rescate, aparecen nuevos personajes de la vida nacional: las costureras sobreexplotadas de Calzada de Tlalpan, los “topos”, los rescatistas que a pura tenacidad inventan un oficio. El tenor Plácido Domingo, en busca de sus familiares, en las ruinas del Nuevo León, acaba por hacerse una presencia nocturna en el noticiario estelar.

Un especialista del Instituto de Geofísica de la UNAM declara al periódico Excelsior que “el sismo no se repetirá”. La noche del viernes 20 de septiembre, una fuerte réplica aterra al país. Hemos aprendido a vivir con miedo. No lo olvidaremos.

 

LAS CICATRICES PROFUNDAS. Llegaron los días de la reconstrucción. Un año después, en el aniversario de los terremotos, las 20 escuelas del país que se vinieron abajo, se reinauguraban, totalmente reconstruidas. Sus alumnos habían pasado un ciclo escolar refugiados en otros planteles. En el caso de las viviendas, la eficacia no había sido igual. Sí, algunas familias ya estrenan casa. Pero muchas no. Pasarían años para que la mayor parte de los damnificados abandonaran los albergues donde aprendieron a no desperdiciar ni una migaja de comida, o las fechas de caducidad de la comida que recibían como apoyo. Durante meses, en los supermercados hay puestos de acopio para recibir donaciones de agua embotellada, de alimentos, de lo que se pueda y ayude a paliar el desamparo de los que perdieron todo.

Un decreto expropiatorio acaba con la era de las rentas congeladas en edificios que deteriorados por el descuido, se derrumbaron. Las nuevas viviendas que sustituyeron a esas vecindades son reconocibles en la Roma, en la Doctores, en el Centro, en la Obrera, en Tepito.

Pero quedan cicatrices. Sólo las advertiremos tiempo después, cuando vuelva a temblar y aparezca, en ramalazo, el miedo de que vuelva a ocurrir un terremoto. Reaparecerá cuando los jóvenes y los niños rescatados o sobrevivientes crezcan y se paralicen en un sismo. Resurgirá cuando uno de ellos no pueda continuar la escuela, porque la ansiedad lo derrota. Así siguieron, así seguimos. Empezamos a hablar de “magnitudes”, de “réplicas”, de “simulacros”, de “protección civil”. Reaprendimos, y nuestros niños, ahora adultos, crecieron con ese equipamento. Dicen que seguimos aprendiendo cómo reaccionar. Lo que pasa es que las cicatrices profundas tal vez, solo tal vez, nunca terminan de cerrar.

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