Opinión


Los olvidados pizarrones

Los olvidados pizarrones | La Crónica de Hoy

Dr. Gerardo Gamba

 

Cuando estudié medicina los libros y revistas médicas eran en blanco y negro. Muy rara vez tenían alguna lámina de color. Entender la base del cráneo, con el hueso etmoides y la lamina cribosa, era un reto a la imaginación. Recuerdo que la edición que utilizamos del famoso Harrison de Medicina Interna, libro que todo estudiante de medicina en los ciclos clínicos cargaba bajo el brazo y leía casi en su totalidad, al menos dos veces en el período de dos años de materias clínicas, tenía unas cuantas páginas al inicio con fotografías a color de diversas lesiones clínicas, principalmente de la piel. Fuera de este ejemplo puntual, en aquel entonces un texto médico o científico que tuviera colorido se percibía como de mala calidad, porque con frecuencia era algún tipo de propaganda generada por la industria. Hoy en día existen videos, maniquíes, realidad virtual, simuladores, imágenes en tercera dimensión y extenso colorido en diversos textos.

Una de las áreas en que más ventaja ha traído la tecnología es en el aprendizaje de las destrezas clínicas. A mi generación y muchas otras que nos antecedieron, nos tocó aprender a hacer los procedimientos clínicos directamente con los pacientes. La primera vez que puse un tubo para ventilación respiratoria en la tráquea, que coloqué un catéter en la vena subclavia o que hice una punción lumbar, fue en un paciente real, guiado por algún residente de mayor rango, con suerte por el adscrito mismo del servicio, pero en alguna ocasión completamente solo en la guardia de fin de semana. Quien seguramente pagó las consecuencias fue el enfermo. Ahora la tecnología permite que los estudiantes de medicina y residentes aprendan este tipo de procedimientos y otros mucho más complejos, como la endoscopía gastrointestinal o la cirugía, en maniquíes y simuladores que permiten desarrollar las destrezas necesarias antes de hacerlo con un sujeto real.

En la enseñanza en el aula, en especial en el pregrado, sin embargo, me parece que la tecnología ha hecho cierto daño, porque en general los profesores se han olvidado de un instrumento de gran utilidad para la enseñanza que es el pizarrón. La mayor parte de los profesores ahora utilizan proyección de imágenes de computadora con los famosos proyectores de video LCD, conocidos coloquialmente como cañones. En mi época de estudiante existían por supuesto los proyectores de diapositivas y eran utilizados, pero no con tanta frecuencia, ya que para preparar diapositivas había que tomar las fotografías de los libros o artículos y llevarlas a revelar para montarlas en los marcos de cartón. Requería entonces cierto trabajo previo a la clase. Además, el poder de la luz era mucho menor que el de los proyectores LCD, por lo que para mostrar diapositivas se requería de aulas completamente obscuras. Es curioso que cuando éramos residentes, había uno o dos proyectores de diapositivas en todo el hospital. Ahora, hay un proyector LCD fijo en cada aula del hospital y casi cada investigador o profesor tiene el suyo propio. En muchas salas de juntas ya no hay proyectores, sino pantallas gigantes que permiten todavía mejor resolución.

Con esta tecnología y junto con las computadoras se volvió sencillo copiar y pegar imágenes de libros o revistas en un programa de presentación y proyectarlos en el salón de clase. Muchos profesores lo hacen bien y entienden lo que están presentando, pero esta tecnología también sirve para enmascarar a los malos profesores, ya que presentan bellas ilustraciones “copiadas” que pretenden subsanar la deficiencia de conocimiento, lo que al final deja a los alumnos más confundidos que al principio.

Tengo 26 años dando clases de pregrado y utilizo únicamente el pizarrón. Hace algunos años eran los clásicos de color verde en los que escribíamos con un gis, casi siempre blanco. Ahora son blancos y lo hacemos con plumones de colores. Cada curso que empieza me encuentro invariablemente que los alumnos se quedan sorprendidos. Algunos dicen no haber recibido una clase de pizarrón desde la secundaria. Les lleva entre dos y tres clases convencerse de que de verdad no voy a proyectar ninguna imagen. Hace algunos días participé con una plática en la Fiesta de Ciencias y Humanidades en el Universum y fue una odisea lograr que hubiera un pizarrón para poder hacer la exposición.

Las clases de pizarrón le dan la oportunidad a los alumnos de entender con más claridad de dónde salieron ciertos conceptos. Las imágenes con frecuencia son muy cargadas y durante la exposición el alumno no alcanza a comprender bien las figuras o gráficas que se muestran. En fisiología, que es la materia que imparto, me parece que es más ilustrativo para los alumnos cuando uno dibuja la gráfica en el pizarrón y pueden ver con detenimiento cuál es la variable que se está poniendo en cada eje y entender entonces la línea o curva resultante. Además, si se utiliza el pizarrón como lo sugiere mi pedagoga de cabecera (mi esposa), de izquierda a derecha, los conceptos van quedando dibujados y uno puede regresar una y otra vez a comentarlos y se pueden conectar con lo que se va dibujando posteriormente. En cambio, con las diapositivas el alumno difícilmente retiene todos los detalles de las que ya pasaron.

Al término de la clase los alumnos quedan fascinados porque entienden los conceptos y con frecuencia se acercan para tomarle fotografías al pizarrón con todo lo dibujado en clase. El común denominador es que opinan que las clases los hacen pensar y eso es al final lo que uno quiere que hagan, para que entiendan los conceptos y se les queden para siempre. El único detalle es que para dar una buena clase de pizarrón hay que entender y conocer plenamente el tema a exponer.

 

 

Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM e Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

 

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