Opinión


Los primeros siete meses

Los primeros siete meses | La Crónica de Hoy

Pablo Xavier Becerra Chávez*

 

Formalmente la presidencia de Andrés Manuel López Obrador inició el primero de diciembre, pero en los hechos empezó al día siguiente de la elección. Tal vez por la contundencia de la derrota de su candidato o por un acuerdo con el candidato ganador, el entonces presidente Peña Nieto decidió cederle todo el escenario a López Obrador, quien durante los cinco meses siguientes fue ocupando todos los espacios del poder presidencial, sin estar sujeto a las formalidades legales de su ejercicio. El primero de diciembre solamente cubrió la formalidad de rendir su protesta de ley.

Entre julio y diciembre el Presidente electo logró atraer la atención diaria de los medios a los anuncios que realizaba en la llamada casa de transición, desde los nombramientos de los integrantes de su gabinete hasta anuncios de políticas concretas en todos los ámbitos de la economía, la política y hasta la moral. Así, las decisiones relativas a su sueldo, la cancelación de la reforma educativa, la creación de la Guardia Nacional, la reorganización de la administración pública, la descentralización geográfica de las secretarías de Estado, la elaboración de una constitución moral, y otras más, fueron ventilándose día a día en la casa de transición. Además, a partir del primero de septiembre muchos de esos anuncios se convirtieron en leyes, gracias a la mayoría absoluta que la coalición lópezobradorista tiene en el Congreso.

El sello personal del virtual Presidente se impuso a cada una de esas decisiones. Así, a partir de que AMLO decidió que su sueldo sería de ciento ocho mil pesos, menos de la mitad del nivel anterior, exigió que todos los servidores públicos se ajustaran al nuevo máximo, aun antes de la aprobación del presupuesto (solamente a partir de ese hecho la nueva remuneración ya adquiría validez legal), lo cual provocó muchas tensiones y enfrentamientos en el sector público, que se recrudecieron después del primero de diciembre. El enfrentamiento con el Poder Judicial, cuyos funcionarios de alto nivel tenían remuneraciones particularmente elevadas, escaló de manera alarmante. Hasta el momento hay varios miles de amparos sin resolver en esta materia.

Otro aspecto en el que el sello personal de AMLO se impuso fue el de las consultas, de las cuales se implementaron dos modalidades. En las materias de seguridad y educación se organizaron foros de consulta con los interesados, con resultados desiguales. Las consultas sobre seguridad enfrentaron la resistencia de familiares de asesinados o desparecidos que rechazaban el planteamiento de AMLO de perdón a los violadores de la ley, lo que ocasionó que las consultas se suspendieran. En materia educativa las consultas se suspendieron después de enfrentamientos violentos provocados por contingentes de la CNTE, aliada de AMLO en la campaña. En realidad, estos foros simplemente sirvieron para legitimar los proyectos que el Presidente había adelantado desde su campaña.

La segunda modalidad ha sido la de consultas abiertas a la ciudadanía, pero sin ajustarse a las figuras legales, lo cual se posibilitaba porque se realizaron antes del inicio formal de su periodo presidencial. Así, se realizaron dos consultas, la primera sobre el aeropuerto y la segunda sobre varios proyectos, entre ellos el del Tren Maya. En ambos casos AMLO estableció que serían organizadas por una institución privada (la Fundación Rosenblueth) y operadas por supuestos voluntarios que en realidad eran miembros del partido Morena. En torno a la organización de estas dos consultas, el Presidente electo aseguró que era más confiable y más barata esa fundación privada que el INE, que, según él necesita “costales de dinero” y además no es confiable. Evidentemente, las consultas fueron una simulación en las que cuando mucho participó alrededor del uno por ciento del electorado, pero para AMLO se trató de la “decisión del pueblo” y amenazó con realizar muchas consultas a lo largo de su gobierno.

En su discurso de toma de posesión insistió en que su gobierno acabará con la corrupción y la impunidad, pero al mismo tiempo estableció una política de “punto final”, que consiste en que perdonará y no llevará a los tribunales a los corruptos del pasado. A partir de ese momento, los dos meses de su gestión formal se han caracterizado por una lógica verdaderamente esquizofrénica: por un lado, denuncia a cada momento a los gobiernos corruptos del pasado neoliberal (porque a los del periodo nacionalista-estatista no los critica, sino más bien los toma como modelo) pero por el otro insiste una y otra vez que no los juzgará. Ese supuesto punto final es una forma de asegurar la impunidad a los políticos corruptos del pasado más reciente del gobierno de Peña Nieto, lo cual permite pensar que seguramente estableció algún tipo de pacto de impunidad con él.

Dos hechos han dominado estos dos últimos meses: el conflicto en torno a los sueldos de los funcionarios, que provocó un fuerte enfrentamiento con el Poder Judicial y un gran número de amparos, y la crisis de desabasto de gasolina. En ambos casos se ha confirmado el modus operandi del sexenio: las decisiones fundamentales del presidente no son sometidas a consulta y deben provocar un sacudimiento muy fuerte que polarice a la sociedad. En este sentido es que AMLO ha utilizado la vieja expresión “me canso ganso”. Las cosas se hacen cuando él dice y como él dice, aunque se enojen sus “adversarios”.

En ambos casos el Presidente ha planteado que lo que está haciendo es desarrollar la lucha contra la corrupción. En materia de los sueldos plantea que cualquiera que cobre un sueldo mayor al suyo incurre en un acto de corrupción, en tanto que en materia del desabasto de gasolina dice, que ha sido resultado de una heroica lucha contra el huachicoleo que lo obligó a cerrar los ductos que abastecen al país, sin considerar sus consecuencias. En ambos casos sostiene que no había otra opción distinta  a la que él tomó, y que por tanto la sociedad tiene la obligación de apoyarlo en esta aventura épica. Lamentablemente, la tragedia de Tlahuelilpan ha coronado este episodio y ha producido 117 muertes que pudieron haberse evitado.

Al mismo tiempo, AMLO ha desarrollado una frenética entrega de apoyos sociales (a adultos mayores, ninis, de comunidades involucradas en el huachicoleo, etc.) que le está permitiendo ampliar su popularidad, a lo cual también contribuyen las conferencias de prensa mañaneras, que en realidad no informan, pero le permiten al Presidente dar la nota todos los días.

En los hechos, tenemos un Presidente que se encuentra en campaña permanente, que sigue luchando contra sus supuestos adversarios, los conservadores, con lo cual él se equipara permanentemente con Juárez. AMLO representa su presidencia como una auténtica gesta heróica, a la cual llama de forma grandilocuente la “cuarta transformación”.

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 Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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