Opinión


Mala para pobres

Mala para pobres | La Crónica de Hoy

La obra educativa de AMLO durante su regencia en el Distrito Federal, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y el Instituto de Educación Media Superior (IEM), contienen en germen la doctrina que más tarde aplicaría en todo el sistema educativo. 

Ambas instituciones fueron diseñadas con esquemas innovadores, distintos a los que rigen en instituciones similares. En ambas se aspira a la inclusión social con una oferta excéntrica, ajena a los criterios de calidad y mérito académico. 

El espíritu de estas innovaciones es el de romper con las leyes del mercado, con todo elemento neoliberal. Siguen una pedagogía humanista, no hay selección de alumnos, tampoco calificaciones, los alumnos tienen becas, planes de estudio distintos a los que existen en instituciones similares, estudiantes investidos de poder de decisión, etc. 

Sólo conozco una evaluación de la UACM que, en general, fue benigna con la institución, pero, aun así, mostró claramente fallas internas y desajustes con el mercado de trabajo. Se puede afirmar que ambos centros han tenido pésimo desempeño juzgando el desorden que priva en ellos, su alta deserción y sus bajas tasas de eficiencia terminal. 

En ambos casos se demuestra que el rechazo categórico a la organización convencional que priva en instituciones similares del sistema educativo y la renuncia a utilizar la “jerga neoliberal” de calidad, evaluación, examen, estándares, medición de resultados, etc. no es suficiente para formar adecuadamente a los jóvenes y ofrecerles un futuro con oportunidades reales de movilidad social. 

Pareciera que el solo crear oferta educativa para educar a la población más pobre es el objetivo principal de la acción educativa de este gobierno. No importan los resultados. No importan las altas tasas de deserción. No importan los bajos aprendizajes. No importa la eficiencia terminal.

Lo que importa es crear esa oferta. Y punto. Esta filosofía populista, ha guiado todo el esfuerzo educativo de la actual administración federal. Es el caso de las famosas Cien Universidades que fueron creadas en corto plazo de un año y que, evidentemente, carecen de la estructura de una universidad. 

No son universidades, son escuelas profesionales, si acaso. Nunca existió una formulación académica de este proyecto y durante estos dos años se ha mantenido en la opacidad (aunque absorbió en 2019, mil millones de pesos). Pero sabemos que se han creado, distribuidas en 31 entidades de la república. 

Lo que parece indiscutible, en cambio, es que tales “universidades” son centros de estudio que atienden a población en condiciones de enorme pobreza, que en ellas no hay selección de alumnos, que todos los estudiantes disfrutan de becas, que carecen de una política de contratación que asegure la calidad de los docentes, etc. Previsiblemente, esos centros tendrán un desempeño malo o mediocre y, como dicen los neoliberales, la tasa de rendimiento del capital humano tenderá a cero.

Es verdad que el sistema educativo de México ha tenido, históricamente, un desempeño relativamente bajo y ha excluido a una cantidad significativa de alumnos con bajos aprendizajes. Pero deducir de esa realidad que es pertinente crear una oferta educativa marginal de baja calidad para atender a los más pobres no significa que se va a beneficiar a esa población, por el contrario, se le agravia. Ofrecer una educación de segunda a la población más humilde no sólo es, una injusticia social, es, además, un insulto a la dignidad de los alumnos.

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