Opinión


Mano dura, no: ¡guerra!

Mano dura, no: ¡guerra! | La Crónica de Hoy

Horroriza el desparpajo con que no pocos políticos y opinadores, de manera abierta o embozada y so pretexto del caso Culiacán, empiezan a abogar por la aplicación no de mano dura sino de plano el franco despliegue, ya sin tapujos, de una estrategia de guerra en la lucha contra el narcotráfico.

Con la falacia de que el gobierno, carente de plan de seguridad, se ha puesto a repartir abrazos, no balazos, y se propone atacar las que considera causas sociales de la criminalidad, arremeten contra Alfonso Durazo por su aseveración —ciertamente discutible— de que “decidimos no continuar con la idea conservadora de la guerra contra el narco”.

Consideran cuestionable tal aserto y califican de romántica la analogía de que el fuego no se combate con fuego, porque en Culiacán la violencia delictiva se impuso al Estado de derecho y el Chapito o El Ratón, Ovidio Guzmán, anda libre.

Y sugieren la receta frente a semejante desafío: plomo y más plomo.

Debe ser así —arguyen, con absoluta desmesura— porque a Hitler no se le venció con abrazos, sino con cañonazos, bombas y soldados, y porque nuestra Revolución no triunfó negociando sino al costo de un millón de muertos. Y la Revolución Francesa no se hizo a base de caricias… De espanto.

No sorprende que Felipe Calderón y sus compadres en los medios o excolaboradores —destacadamente el general Carlos Demetrio Gaytán Ochoa— defiendan la sanguinaria e inútil guerra contra el narco. Sorprende que lo hagan periodistas tenidos por serios y juiciosos.

El exsubsecretario de la Defensa durante el calderonato se quejó de “los frágiles contrapesos existentes”, los cuales “han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo que propicia decisiones estratégicas que no han convencido a todos, para decirlo con suavidad”.

Eso dijo, en una alocución que simpatizantes del mandatario 2006-2012 se encargaron de propalar como indicio de fisura en el estamento militar.

Arrogándose la representatividad del instituto armado el exfuncionario añadió que tal situación “nos inquieta, nos ofende eventualmente, pero sobre todo nos preocupa”, toda vez que los militares “fuimos formados con valores axiológicos sólidos que chocan con la forma con que hoy se conduce al país”.

No tuvo que esperar mucho por la respuesta Gaytán Ochoa. El general Luis Cresencio Sandoval y el almirante Rafael Ojeda dijeron que las fuerzas armadas están más unidas y coordinadas que nunca.

Y el Jefe Supremo se mostró condescendiente, pero firme. Consideró entendible que critique la nueva política quien fue… subsecretario de Calderón. Pues, sí.

En todo caso, los defensores de la guerra antinarco abogan por la política que no sólo hizo del país un inmenso camposanto, sino que —lo demostró Culiacán— robusteció al narco hasta el punto de disponer ahora de verdaderos ejércitos.

Alarma que llevados por su inquina a la 4T algunos comentaristas dan muestras de amnesia ante casi un cuarto de millón de muertos en los sexenios de Calderón y Enrique Peña Nieto, y —ciertamente— también en lo que va del actual, pues, a despecho del discurso oficial, la guerra ha bajado de intensidad pero persiste, y esto es lo que merece reprobación.

En la capital de Sinaloa falló la táctica, o sea el desempeño en el campo de batalla; pero, sobre todo y por si pruebas faltasen, fracasó de la manera más estrepitosa la estrategia iniciada en Michoacán el 11 de diciembre de 2006.

Se impuso la superioridad de delincuentes pertrechados y vigorizados durante dos sexenios. Amenazaron con atacar un conjunto habitacional donde residen familias de militares, lanzaron granadazos, liberaron reos, incendiaron vehículos, bloquearon carreteras, retuvieron soldados, balearon helicópteros y convocaron refuerzos de diversos municipios.

Más aun, ahora sabemos por el general Sandoval que amenazaron extender sus agresiones contra militares a Durango, Chihuahua y Sonora.

Ante tan descomunal poder ofensivo, cabe la ocurrencia de que si los desalmados narcos tienen noción de la gratitud, debería cambiar a Malverde por Calderón como su santo patrono.

Analistas deseosos de que Durazo, Sandoval y Ojeda planeen acciones con sus columnas de prensa entre las manos, insisten en que no hay estrategia porque la justicia social no lo es y da resultados a largo plazo.

Y, por esa vía, sostienen que para enfrentar la delincuencia se requiere mucho más que buenas intenciones y responsabilizar al pasado. O sea, perseguir a los narcos como animales, a punta de plomo, y no recordar más la herencia calderonista.

El plan de seguridad puede gustar o no; pero está claramente delineado y expuesto, aunque, en efecto, servirá para nada pero por razones distintas de las que aducen los adoradores de la guerra. Es voluntarioso y hasta candoroso, y de muy larga maduración.

Suena muy bien eso de universalizar la cobertura educativa, ofrecer empleo y dar becas para soslayar la tentación de la delincuencia. Conmueve la promesa de abrazos en lugar de balazos y causan náuseas, pero nada más, las interjecciones de fúchila y guácala.

Y se antoja necedad insistir en la campaña contra las adicciones —así sea con todos los recursos publicitarios del Estado—, variante de la ochentera Di no a las drogas, que enarboló y propaló por el mundo, con nulos resultados, Nancy Reagan.

La cosa es clara: ¿Hay modo de cerrar la llave de las adicciones, si ya hemos visto que los traficantes suelen incluso regalar drogas a la salida de las escuelas para enganchar adictos y disponer de mercados cautivos?

A riesgo de parecer disco rayado, el fenómeno del narcotráfico y su secuela de barbarie y degradación social, institucional y moral persistirá mientras se mantenga la ilegalidad de las substancias adictivas.

Otro gallo cantaría si las drogas —todas, si se busca evitar la migración del negocio de una substancia a otra, en un cuento de  nunca acabar—, todas, se vendieran como chicles en las esquinas, a precio desplomado, ínfimo, sin capos dispuestos a matar niños —se vio en Culiacán— con tal de conservar un negocio que ahora reporta oro a raudales.

En la ruta hacia la abolición, sin embargo, no se avizora cambio alguno.

“No recibimos órdenes de Washington”, dijo también nuestro imprudente primer mandatario en la vorágine informativa del culiacanazo.

Demostró así que, contra lo que suele afirmar, su pecho no es bodega cuando de balconear subordinados se trata; pero está cerrado con siete candados para guardar secretos estadunidenses.

Con aquella frase patrañuda negó que el gobierno gringo hubiera planeado o apoyado la acometida contra el escurridizo Ratón.

La ilegalidad de las drogas fue diseñada por el Tío Sam e impuesta al mundo entero a punta de amenazas de toda índole, sobre todo comerciales, a las cuales el gobierno obradorista no ha sido inmune sino más bien dócil observante, cuidadoso de no malograr el T-MEC.

Planteado así el asunto, resulta sencillamente inverosímil decir que los gringos fueron ajenos al operativo, si éste tuvo por objeto capturar a un narco solicitado por ellos en extradición y el mismísimo director de la DEA, Uttam Dhillon, visitó Sinaloa sólo unas semanas antes con cicerone de lujo: Quirino Ordaz Coppel.

Acabar con la prohibición no está en el horizonte. Puede ser más fácil recrudecer la guerra, así sea con golpes chambones. Cuidado.

 

 

aureramos@cronica.com.mx

 

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