Opinión


Manos sobre el INE

Manos sobre el INE  | La Crónica de Hoy

Una de las características del gobierno de Andrés Manuel López Obrador es querer rehacerlo todo. Bajo el entendido de que el antiguo régimen estaba corrompido hasta la médula, la pretensión es cambiar prácticamente todas las instituciones del país, en una suerte de refundación. En ese sentido comprende la idea de “regeneración nacional”. El problema es que, en esa misión purificadora, en muchos casos no le importa tirar el niño junto con el agua sucia. Lo importante, para ellos, es que no quede nada de “lo antiguo”.

Un ejemplo es el Instituto Nacional Electoral, la institución encargada de organizar las elecciones en el país y que ahora puede resultar lesionada, mediante una propuesta de reforma que lo desnaturalice.

Recordemos que el INE y antes el IFE, más que creaciones del viejo régimen, y tampoco concesión gratuita: fueron resultado de una lucha histórica de los partidos de oposición al PRI y de la sociedad civil para tener procesos electorales transparentes, regulados y confiables.

Quienes tenemos la edad para recordar los tiempos en los que las elecciones eran organizadas por la Secretaría de Gobernación, con padrones electorales hechos sin ningún control, tarjetas de elector sin fotografía, posibilidad de votar fuera de la casilla, uso abierto y masivo de recursos gubernamentales para incidir en el voto y campañas cubiertas de manera inequitativa y casi unilateral, entendemos que hemos avanzado muchísimo.

Hoy el INE, como organismo autónomo, y el sistema electoral mexicano, son reconocidos mundialmente, por la capacidad del primero y por la gran cantidad de candados que dificultan cualquier trampa electoral.

Dicen que nadie es profeta en su tierra, y aquí es el caso. El reconocimiento internacional del INE no se corresponde al que tiene en México, donde, si bien es aprobado claramente por la mayoría de la población, sigue persistiendo un halo de sospecha, que puede ser utilizado de manera demagógica para torpedearlo.

Una parte de esas sospechas tiene que ver con la insatisfacción mexicana con los resultados de la democracia. No importa que la norma ya no sea que el partido en el poder se reelige, sino más bien lo contrario, porque las elecciones son competidas y los votos ciudadanos cuentan. Como, en términos sociales, lo que hemos vivido, a pesar de los cambios en los gobiernos de los tres niveles, ha sido estancamiento económico, persistencia o aumento de la ­desigualdad y violencia creciente, la percepción es que la democracia no es la panacea que nos habían prometido.

Otra parte de las sospechas está ligada a la insistencia de parte de distintos actores políticos a no reconocer los resultados electorales cuando no les son favorables, a recurrir a impugnaciones y a judicializar las elecciones, cuando no a simplemente desconocerlas. Ha sido común que, en un mismo proceso electoral, se reconozcan las victorias, pero no las derrotas. Y también han sido comunes las prácticas desleales de los partidos, que a su vez generan impugnaciones. Como dicen: para que haya democracia se necesitan demócratas.

Adicionalmente, existe la percepción, que es correcta, de que la democracia mexicana es demasiado cara. Lo es, en parte, porque, para vencer la cultura de la sospecha, hay una gran cantidad de candados que aseguran que los resultados reflejen la voluntad de los electores. Pero también porque el financiamiento público a los partidos políticos es excesivo, como lo es también la duración de las precampañas y campañas políticas.

El sistema electoral mexicano admite mejorías, no cabe duda. En especial para hacerlo menos oneroso. Pero lo que no debe admitir es que se vulnere la autonomía del INE o, peor, que se le supla por un supuesto ente técnico, que en realidad sea manejado políticamente desde fuera.

Tampoco tiene caso la desaparición de los OPLE (los organismos públicos locales electorales) que, por un lado, realizan funciones sustantivas en materia electoral y, por el otro, son valladares del federalismo en contra de la tendencia centralista que, en México, a cada rato se vuelve tentación. Eliminarlas no sería un ahorro, sólo se crecería al INE para organizar las elecciones locales.

En el país se ha generado, legítimamente, una nueva mayoría política. Eso ha podido suceder porque, a través de reformas sucesivas, se creó un sistema electoral que da certeza en el proceso de elección, y permite el recambio cuando la ciudadanía lo demanda a través de las urnas.

Sería un contrasentido que esa nueva mayoría, en aras de refundar el país, diera marcha atrás a todo lo avanzado, con la confección de una reforma electoral a modo. Aunque no tiene la mayoría necesaria en el Senado, podría intentar dar la vuelta al reloj.

Lo ideal sería que la discusión sobre cualquier posible reforma electoral pasara, en primer lugar, por la necesidad de generar consensos amplios, como sucedió en las anteriores. De otra manera, si lo que se quiere es avasallar, las manos que hay sobre el INE revelarían que sus intenciones no son precisamente democráticas.

 

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