Opinión


Manuel de la Sierra, un escritor desconocido

Manuel de la Sierra, un escritor desconocido | La Crónica de Hoy

*Fernando A. Morales Orozco

 

"La mayor parte de los creadores literarios del siglo XIX todavía está escondida en las páginas de los periódicos", me dijo una maestra hace algunos años, mientras terminaba mi tesis doctoral y examinaba notas periodísticas referentes al divorcio, tema ampliamente discutido entre los años 1880 y 1891. Por casualidad, la búsqueda me llevó a un relato cuyo nombre era El brazalete de brillantes, firmado por un escritor cuyo nombre me resultó totalmente ignoto. Cuando regresé a este autor y comencé a indagar más sobre su obra, me impresionó encontrar una literatura distinta de lo que estamos acostumbrados a leer en las letras del siglo XIX mexicano.

Tropezar con un autor inédito obliga al investigador a dotarlo con un cuerpo histórico, a construir su biografía y a conformar el campo cultural al cual pertenece: Manuel Silvestre Francisco Javier de la Sierra y Garrido nació el 31 de diciembre de 1850 y fue bautizado al siguiente día en el Sagrario Metropolitano de la Ciudad de México. Nuestro autor, como muchos de los escritores de su tiempo, también fue empleado gubernamental. Sabemos, finalmente, que falleció en 1924.

Decía al inicio de este mínimo texto, que la obra de Manuel de la Sierra me parece extraña para el momento de su publicación. Tengo la impresión de que sus relatos formarían parte de una etapa más moderna en la historia literaria mexicana, como espero quede demostrado con el proyecto de investigación que desarrollo en El Colegio de San Luis.

Quizá la diferencia más extraordinaria entre las novelas de Manuel de la Sierra y la tradición literaria nacional de su época esté depositada en la construcción de sus personajes femeninos. Nuestro autor construye tres mujeres con la capacidad de decidir su destino en vez de aceptar y padecer las disposiciones de sus padres o maridos: ellas tienen todas las características de una mujer frágil, al mismo tiempo que están dotadas con un carácter inquebrantable y un poder de decisión sobre su propia existencia, por ello se convierten en personajes modernos.

En el relato Vivo o muerto, por ejemplo, Luisa es descrita por el narrador de la siguiente manera:

Se presenta en mi imaginación esa joven blanca y lánguida como Ofelia, de manos alabastrinas, unidas en angustioso ademán como las de Eloísa al visitar la tumba de Abelardo y de abundante y sedosa cabellera como aquella que, formando una envoltura a la hermosísima Godiva ocultó a las ávidas miradas de un curioso desgraciado, las peregrinas formas de su cuerpo soberano.

¿Quién podría imaginar que en tan frágil corporalidad se deposita el arranque férreo de una sevillana que cruzó sola el Océano Atlántico para buscar a su querido Sebastián? Esta mujer abandona su natal Andalucía e inicia su búsqueda en  Guaymas, lugar desde donde recibió la última carta de su amado. Luisa es dueña de su propia voz y de su voluntad, como espero quede claro en el siguiente fragmento:

La lectura de esas cartas del hombre, que tanto amo, son el único consuelo de mi alma en sus pesares. […] Transcurridos tres meses desde la última carta de Sebastián, creciendo sin cesar mi pena por la ausencia de esas caricias que tanto frío esparcían en mi rededor, recordé mi juramento y al punto me embarqué para México en busca de aquel que vivo o muerto estoy decidida a encontrar.

Por otro lado, Clara, protagonista de El brazalete de brillantes, es descrita por el narrador como una mujer bellísima. Educada para ser esposa sumisa e incapaz de coquetear como las femmes fatales, (personaje muy utilizado en la literatura del siglo XIX) Clara decide abandonar a su esposo y embarcarse a Europa por amor a sus hijos, para evitar que carguen con la mancha de un delito infame (más de lo que usted, amable lector, pueda imaginar) cometido por su padre. En esta novela vemos a una mujer dueña de sus palabras y de sus acciones, la cual dice adiós a su marido y lo despoja de la paternidad con una sola frase: “Tus hijos llevarán mi nombre, pues prefiero pasar por una mujer seducida que por una esposa vendida y mancillada”.

O qué decir de María, la protagonista de Los tres alfileres,  a quien seguimos desde niña en su narración, y mientras esta mujer se percibe como un icono de la feminidad finisecular decimonónica, María es también la única heredera de la fortuna familiar y la que gobierna su propia casa; por voz de María escuchamos la historia de una joven que fue engañada por su padre y por otro hombre para alejarla de su amor de juventud; es María quien regresa a México y observa en silencio las acciones de su amado, y la que juzga si todavía es digno de obtener su mano en un momento en el que, incluso se intercambian los roles rituales del compromiso:

Dispuesta estoy a devolverte con creces la felicidad de que te has visto privado. Tres meses llevo de vivir en México, tres meses hace que de una manera discreta inspecciono tu conducta que me ha dejado satisfecha hasta el punto de aparecerme a ti para decirte: Roberto mío, te amo más y más cada día, como tú me amas […] Diciendo esto, María quitó de uno de sus dedos una sortija sencilla de oro en cuya parte interior estaban enlazados los nombres de los dos jóvenes, y tomando la mano izquierda de su amante se la puso en el dedo del corazón.

Frente a los relatos de Manuel de la Sierra nos encontramos ante una literatura distinta. Estos textos escapan de la construcción típica de personajes femeninos (divididos en mujeres frágiles y mujeres fatales) del siglo XIX. Estas tres mujeres que hoy investigo viajan por ultramar, salen solas de noche, caminan por barrios de menor categoría e irrumpen en espacios privados, todo con el fin de obtener respuestas sobre sus relaciones, sobre el destino de sus familias y sobre el paradero de sus amados. Luisa, Clara y María se convierten en mujeres de carne y hueso, pues mantienen su espíritu refinado y los valores de la sociedad a la que pertenecen, pero también padecen, recuerdan, aman, dudan, deciden, enjuician y cometen errores, todo lo cual las hace tomar las riendas de su voluntad y de su vida, sin por ello ser castigadas o perder la dignidad que les corresponde.

Aún sigo buscando más manifestaciones literarias de Manuel de la Sierra. Espero que pronto pueda llevar de vuelta al público la narrativa de este desconocido autor del siglo xix mexicano.

 

* El doctor Fernando Adolfo Morales Orozco, es profesor Investigador de El Colegio de San Luis fernando.morales@colsan.edu.mx

Retrato de Émile Zola, de Édouard Manet.

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