Opinión


Más pobres, ¿y menos desiguales?

Más pobres, ¿y menos desiguales? | La Crónica de Hoy

Llegaron los datos de la Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH) correspondiente a 2020, y con ellos, un balde de agua fría sobre la situación económica de las familias de mexicana. Ese balde de agua fría debería despertar a muchos sobre lo que no está funcionando.

En primer lugar, cabe señalar que la ENIGH no es una encuesta con una muestra pequeña. Abarca más de 100 mil familias, a las que el INEGI da un seguimiento detallado sobre las distintas formas con las que obtienen recursos y cómo gastan su dinero. Durante años ha sido el principal indicador de la situación real de las personas, más allá de los datos macroeconómicos.

En segundo lugar, cabe aclarar que las mediciones correspondientes a 2020 están signadas por la pandemia, y los efectos que tuvo el confinamiento sobre empleo, ingresos y formas de gasto. Hay que entender que se trata de un momento excepcional. Sin embargo, no por su excepcionalidad deja de ser real y no dejó de tener efecto sobre ingresos y gastos de los siguientes meses, hasta estas fechas.

La principal conclusión de la ENIGH es que las familias mexicanas tenían, en promedio, un ingreso 5.8% inferior al de dos años atrás. En otras palabras, eran -y son- más pobres que entonces.

La disminución del ingreso se da en casi todos los deciles. Los ingresos caen tanto entre el diez por ciento más rico de las familias (el decil X) como entre quienes están en la media nacional (deciles V y VI, con ingresos entre 9 y 13 mil pesos al mes), como en aquellas familias pobres, que tienen ingresos mensuales de 5 mil pesos (decil II). En otras palabras, en la pirinola de la pandemia y su manejo de política económica, todos esos perdieron.

En el único sector de la población en donde hay un aumento marginal es en el diez por ciento más pobre de las familias, que en 2018 ingresaron, a precios constantes, 3 mil 250 pesos al mes, cifra que subió a 3 mil 313 en 2020. Esta subida se dio casi exclusivamente en el sector rural, ya que el campo resultó menos afectado por la pandemia que las ciudades.

Como el diez por ciento más rico fue el que más vio afectados sus ingresos y, en la medida en que baja el ingreso, disminuye la pérdida neta, también tenemos que hay una mejora en el coeficiente de Gini, que mida la desigualdad en la distribución. Esta mejora es de menos de un punto.

En resumen, México entero empobreció y al mismo tiempo se hizo menos desigual. Una igualación a la baja. Está por verse si ese empobrecimiento y esa menor desigualdad son efectos permanentes o temporales, resultado de una coyuntura extraordinaria.

Cuando vemos por dónde cayeron los ingresos, no debe sorprender que las caídas más grandes son en los salarios y en la renta de la propiedad. Es lógico, al caer la producción y el empleo, derivados de la pandemia. El único rubro donde hay un aumento es en las transferencias: los pagos directos del gobierno o el envío de remesas desde el extranjero.

La disminución de salarios, rentas y ganancias está estrechamente ligada a la baja de la producción de bienes y servicios y a una menor demanda de los mismos. Todos esos ingresos están ligados a los factores tradicionales de la producción: trabajo, tierra, capital. Los únicos que crecen, y poco, son subsidios directos, privados o públicos. Recordemos que el tamaño de los subsidios, al final de cuentas, depende de cuánto pueda recogerse de los factores de la producción. Si estos bajan, será difícil mantener la tendencia.

Al ver la evolución de los ingresos por entidad, encontramos que las dos en donde más bajaron son, no casualmente, de las más golpeadas por la pandemia y su efecto en las distintas ramas del sector servicios: Ciudad de México y Quintana Roo. Algunas entidades, sobre todo en el norte y sur del país, lograron quedar parejas, pero la mayoría resintió una baja, más pronunciada mientras más urbana la entidad.

Esta evolución diferenciada provocó un cambio en el orden de estados con mayores ingresos promedio por familia, en el estrato urbano: en 2020 fue Nuevo León, seguido por Baja California y la Ciudad de México cayó hasta el tercer lugar.

A la hora del gasto, también hay cambios de todo tipo. En primer lugar, la disminución del gasto familiar fue todavía superior a la de los ingresos: 12.9 por ciento. En otras palabras, hubo ahorro, pero no porque el dinero sobrara, sino como previsión ante el futuro incierto.

El gasto para esparcimiento, transporte, comidas afuera de casa y para vestido y calzado se vino abajo estrepitosamente, en tanto que aumentó el de alimentos consumidos dentro del hogar y sobre todo el destinado a cuidados de la salud, que creció 40.5% (lo que no habla bien del sistema de salud pública).

Así como con el ingreso, quienes más disminuyeron su gasto fueron los integrantes del decil más rico, y la proporción fue bajando según se desciende en el nivel de ingresos. El único decil que aumentó su gasto (y lo hizo más que sus ingresos) fue el I, correspondiente a las familias más pobres.

Todo esto se traduce, en términos generales, en una baja dinámica de la demanda, que hace difícil que el mercado interno sea capaz de jalar a la economía en el futuro próximo. No es casual que las familias que viven en las entidades ligadas a la exportación hayan resentido menos el golpe.

Hay varias preguntas a hacerse: ¿estamos ante un proceso de lenta equidad por empobrecimiento o se trata de un efecto de una sola vez y volveremos a lo mismo cuando la economía se recupera?

¿Es viable una sociedad en la que los ingresos monetarios son menos por el trabajo, la renta y la ganancia y más por las transferencias?

¿Sirven de algo las transferencias directas, si las transferencias en especie de las instituciones públicas (educación, salud, vivienda) están disminuyendo al mismo tiempo? ¿Si no compensan la caída en salarios y en ingresos no monetarios?

¿De qué sirven esas transferencias, si contemporáneamente baja la calidad de los servicios ofrecidos por el Estado y se dificulta su acceso?      

¿Es esto un modelo económico o sólo el calamitoso resultado social de una catástrofe sanitaria?   

Más le valdría a todos los actores políticos y sociales responderlas.

      

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