Opinión


Maternidades sufridas y abnegadas: las zozobras y las inquietudes de Margarita Maza

Maternidades sufridas y abnegadas: las zozobras y las inquietudes de Margarita Maza | La Crónica de Hoy

Ni siquiera tenía cincuenta años cuando falleció, a principios de 1871. Se murió de enfermedad –se cree que de cáncer–, pero también de agotamiento, de tristezas acumuladas, de 18 años de ires y venires, de temporadas de exilio, de angustias calladas. Pudo ver a su esposo, el presidente Juárez, restaurando el orden y la legalidad republicanas, pero ya no vivió para ver cómo la reforma liberal iba convirtiéndose en uno de los pilares de la vida cotidiana de los mexicanos. Si es cierto que la maternidad puede ser abnegada, la de Margarita Maza fue, a ratos, dolorosa, a causa de los vaivenes políticos del país y que, inevitablemente, modificaron la vida de la familia Juárez Maza.

Margarita y Benito se casaron el 31 de julio de 1843. Ella tenía 17 años, él 37. Su fotografía de bodas, objeto caro y raro en la Oaxaca de aquellos días, muestra a la novia jovencita y al abogado maduro, acompañado por la hermana mayor del novio. Afirma la tradición que sus amistades se quejaban de la poca apostura de Benito, que no era, ciertamente un hombre rico. La misma tradición asegura que la muchacha contestaba: “es cierto que es muy feo, pero también es muy bueno”.

Fueron, pese a todos los problemas derivados de las luchas políticas en las que intervino Juárez, un matrimonio bien avenido y amoroso. Han llegado hasta nuestros días las cartas en las que Juárez siempre se despide, reiterándole su amor. Esa correspondencia da cuenta de los sobresaltos que menudearon en la vida de la familia, gracias a las luchas políticas del padre. Pero por difíciles que fueran las circunstancias, por escasos que fueran los recursos, Benito siempre hallaba tiempo para confortarla y consolarla. Ella, a cambio, y a fuerza de tratar con los políticos que rodeaban y trabajaban con su esposo, y de verlos con mirada profunda, se volvió una consejera aguda, capaz de juzgar con tino a la generación de la Reforma.

DE CÓMO LA POLITICA MODELÓ A LA FAMILIA JUÁREZ. Margarita y Benito tuvieron una docena de hijos, nueve mujeres y tres varones. La mayor parte de ellos nacieron en Oaxaca, en los primeros diez años del matrimonio. En 1844, nació la primogénita, Manuela, que se casaría con el cubano Pedro Santacilia. Felícitas, la segunda hija, nació en 1845 y Margarita, la tercera, en 1848. Un año después, nació Guadalupe, que murió antes de cumplir los dos años. Llegó una quinta hija, Soledad, que nació en 1850, y luego nació Amada, en 1851 y que murió a los dos años.

En 1852, nació Benito, único varón de la familia Juárez que llegó a adulto. Después de él, nacieron en 1854 unas gemelas: María de Jesús y Josefa. El décimo hijo, José, nació en el agitado año de 1857 y fue el hijo consentido de Juárez, quien le apodaba Negrito. Francisca nació en Veracruz, en 1859, y el benjamín, Antonio, llegó en 1864 y solamente vivió dos años. Los nacimientos de los hijos más pequeños se dieron en los lugares a los que la lucha política llevó a la familia Juárez Maza.

La militancia liberal de Juárez dominó siempre su vida familiar.  Los años inmediatos al matrimonio con Margarita fueron tiempos de “picar piedra” en  Oaxaca. Seis años después de la boda, Benito ocupó la gubernatura del estado. Pero terminada su gestión  y al calor de las luchas políticas, sufrió persecución por órdenes de Antonio López de Santa Anna. Así, Juárez conoció la prisión inmunda que era San Juan de Ulúa en 1853, y de allí partió al exilio en Nueva Orléans, Estados Unidos.

Para sobrevivir, mantener a sus hijos e incluso mandarle algún dinero a Benito, Margarita puso una tienda en Etla. Además, tejía ropa que luego vendía, para allegarse unos pesos más.

Esa fue la primera de las grandes ausencias que el matrimonio llenó con abundante correspondencia. Cuando fue posible, la familia Juárez acompañaba al Presidente. Así, en los días de la Guerra de Reforma, Margarita, embarazada, cargó con hijos y equipaje para instalarse en Veracruz.  Francisca, la bebé que nació en el Puerto, sería la primera niña mexicana en ser inscrita en el Registro Civil, aunque vivió muy poco.

El último hijo de los Juárez Maza, Antonio, nació en 1864, cuando sus padres viajaban por el norte. Ese niño, Toñito, nació en Monterrey, por las mismas fechas que la hija mayor, Manuela o Nela, se casaba. De la ciudad neoleonesa, Margarita y sus hijos partieron a Nueva York.

Allá murieron dos de los hijos más pequeños. El fallecimiento de José, que ya tenía siete años, destrozó al Presidente y a su esposa. “Un hijo que era mi encanto, mi orgullo, mi esperanza…”, escribió don Benito. Margarita cayó en depresión. Al año siguiente, enfermó y murió Toñito, que era un bebé. Margarita siempre se culpó de la muerte de estos dos pequeños, y ni la alegría que significó el nacimiento, también en el exilio estadunidense, de su primera nieta, hija de Nela y de Santacilia, la sacó de aquel dolor que la paralizaba, y por más que en sus cartas Juárez le pedía a su yerno que la llevaran a pasear, a la ópera para que se reanimara, la tristeza nunca la abandonó.

Cuando triunfó la causa republicana y regresó a México, Margarita trajo consigo los cadáveres embalsamados de sus pequeños y los sepultó en el Panteón de San Fernando.

En aquel regreso a México, en 1867, desembarcó en Veracruz y fue ovacionada. Venía con los hijos que le quedaban, con su yerno Santacilia, “Santa”, tan servicial y cariñoso, que en los días más terribles había sido el custodio de toda la familia, por encargo expreso de don Benito.

Pero eran ya muchos años de viajes, de trabajos, de soledades, de angustias y de ocasionales reproches, como cuando se enteró, en 1865, que, sin decírselo, Juárez había prorrogado su mandato, provocando una fractura en la resistencia liberal republicana. Conoce tan bien a su esposo, que no le extrañan las circunstancias. Le escribe: “El que continúes con la Presidencia no me coge de nuevo, porque yo ya me lo tragué desde que vi que no me contestabas nada siempre que te lo preguntaba. Qué hemos de hacer”. Y era dura con quienes, en momentos difíciles, se empeñaban en disentir: “Ellos no tienen la culpa, sino tú que no te vuelves a acordar de lo que te hacen, porque yo creo que no es primera que te hace [Guillermo] Prieto”, regaña, cuando se entera de que algunos colaboradores de Juárez defienden la causa de Jesús González Ortega, que aspira a la Presidencia.

A fuerza de ser la interlocutora permanente de su esposo, Margarita también podía ser una dura crítica, y opinar en las disputas del partido liberal.

“LA GRAN MATRONA LIBERAL”. Eran otros tiempos, qué duda cabe. Hasta en la lucha política había códigos de honor. Margarita no pudo, terminada la guerra, llevar la vida apacible a la que aspiraba. Enfermó de cáncer, y pasó buena parte de sus últimos días en una casita de campo que el Presidente le compró en lo que hoy es la colonia San Rafael de la Ciudad de México.

Su funeral fue multitudinario: se habla de un cortejo de 2 mil personas que la acompañó hasta su tumba. Guillermo Prieto, reconciliado con la familia, pronunció la oración fúnebre, y bajó sollozando de la tribuna. Margarita fue  llamada por la prensa “la gran matrona del partido liberal”. Sin darse cuenta, ella, que siempre quiso ser discreta, se había convertido en un símbolo de la resistencia liberal.

 

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