Opinión


¿Medicamentos para ser más inteligentes?: Neuroética del neuromejoramiento

¿Medicamentos para ser más inteligentes?: Neuroética del neuromejoramiento | La Crónica de Hoy

*Jorge Alberto Álvarez Díaz

 

 

Participante 1: ¿Alguien que consiga Ritalinó a buen precio por aquí?

Participante 2: ¿Qué es eso compañero?

Participante 3: Una pastilla mágica que te quita lo pendejo, como en la peli de Sin límites.

Participante 4: ¿Es de la que dejó tartamudo a Porky?

Participante 1: Es la que hizo que Porky hablara bien.

 

Estos comentarios fueron compartidos en un grupo de Facebook en donde participan miembros de la comunidad universitaria y personas allegadas. “Participante 1” es un estudiante. Desde luego, hubo más comentarios. ¿De qué se está hablando? El RitalinÒ es un nombre comercial de un fármaco, el metilfenidato [2-fenil-2-(piperidin-2-il)etanoato de metilo]. Si bien fue patentado desde la década de 1950 teniendo como indicaciones trastornos del sueño (actualmente está indicado en narcolepsia y en hipersomnia primaria), su uso creció cuando se habló de la “disfunción cerebral mínima” o “hiperactividad”, que se transformó en “trastorno por déficit de atención” (TDA, que puede ser con o sin hiperactividad).

Por otra parte, en la década de 1970, Corneliu E. Giurgea crea el término “nootrópico”, pensando en un fármaco que pudiera favorecer aprendizaje y memoria e, idealmente, carecer de efectos usuales de psicotrópicos (como sedación o estimulación motora).

Aunque el metilfenidato no tiene indicación de nootrópico (de hecho, no existe ningún nootrópico con las características ideales que propuso Giurgea), la cultura popular ha hecho esa asociación. ¿Cuál ha sido el razonamiento? Pues que, si un niño que va mal en la escuela porque no pone atención puede mejorar su rendimiento escolar con la toma del fármaco, un estudiante (adulto joven) que quiera mejorar su rendimiento escolar podría tomarlo, aunque no tenga el diagnóstico de TDA. Si parece algo lógico, ¿dónde está el fallo, si no existe ningún fármaco nootrópico?

Un problema radica en la investigación. Para decir que un fármaco sirve (o no) como tratamiento de alguna condición, debe hacerse una investigación que se denomina como “ensayo clínico”. Hay muchos tipos de investigación, pero en medicina la más utilizada con propósitos de saber cuál es el tratamiento para una enfermedad, es la investigación mediante ensayo clínico. Sí existen ensayos clínicos donde hayan participado pacientes con diagnóstico de TDA, en los cuales se muestra que el metilfenidato es un fármaco que puede ayudar mucho en el tratamiento (no es la única intervención). Sin embargo, no hay ensayos clínicos con estudiantes sanos (al menos, sin TDA) de donde pudiera concluirse que el metilfenidato mejore su rendimiento escolar.

Otro problema radica en que no es igual hablar de lo que ya existe y sus consecuencias, o bien, de lo que pudiera existir y sus posibles consecuencias. Si existiera un nootrópico y se le administrara a un ser humano, ¿podría mejorársele? Esto abre el tema que se conoce como “neuromejoramiento”. Si se consiguiera mejorar a los seres humanos en sus capacidades cerebrales (para este caso, de aprendizaje y memoria), ¿se podría hablar de otro tipo de seres humanos? ¿Más humanos o menos humanos? ¿Seguirían siendo humanos? Esto abre otras discusiones como el transhumanismo y el posthumanismo. La discusión que está en la base de todo esto es: si existiera un nootrópico, ¿debería usarse? ¿quién debería usarlo? Si es para “mejorar”, ¿qué quiere decir “mejor”? ¿Mejor que quién? ¿Mejor para qué? ¿Mejor para quién? Las discusiones sobre lo que debe hacerse o no caen en el terreno de la ética, que en este caso se ha denominado como “neuroética”.

Entonces, ¿se ha hecho alguna investigación sobre el uso de metilfenidato y otros supuestos nootrópicos en estudiantes universitarios? Sí, cada vez más, con resultados verdaderamente decepcionantes. Por ejemplo, se sabe que se consumen de una forma más común de lo que se supone (https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0028416), y que una de las motivaciones principales es el estrés asociado a una sobrecarga de trabajo (https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/02791072.2012.736845). Se sabe que los estudiantes recurren tanto a fármacos que son considerados drogas lícitas como a drogas ilícitas (https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0077967). Hay investigaciones que muestran que el rendimiento mejora cuando los procesos cognitivos están por debajo de un nivel óptimo, pero no en estudiantes sanos (https://psycnet.apa.org/record/2016-35107-009). Incluso hay estudios que muestran que en tareas complejas (como jugar ajedrez) no solamente no mejoran el rendimiento, sino que pueden empeorarlo (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0924977X17300196).

Investigaciones recientes muestran que es más el mejoramiento fantaseado que el obtenido en realidad, y lo peor es que estas fantasías de mejorar hacen que los estudiantes prueben con más facilidad este tipo de fármacos (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0040595718300386). Una de las investigaciones más recientes en una muestra muy grande de estudiantes también concluye que con el uso de este tipo de fármacos, no solamente no se mejora el rendimiento escolar esperado, sino que tienden más a iniciar y relacionarse más con juegos de azar, son significativamente más activos sexualmente (incluso a una edad más temprana), y tienen menos probabilidades de usar métodos de barrera, con el consecuente aumento del riesgo de infecciones de trasmisión sexual (https://insights.ovid.com/pubmed?pmid=30095567).

Como puede apreciarse, la investigación existente muestra datos preocupantes. Si el asunto del neuromejoramiento es un problema de neuroética, y los problemas en ética tienen que ver con lo que debe hacerse o no, ¿qué deben hacer los profesores universitarios, como mínimo, ante este hecho? En principio, informarse y comentarlo con sus estudiantes, reseñarles que no solamente no les benefician estos fármacos (metilfenidato y otros), sino que les perjudica. Además, puede tratarse en grupos de estudio especializados. En la Unidad Xochimilco de la UAM existe el Seminario de Neurofilosofía, coordinado por la maestra en Ciencias Sonia Ramírez Zapata (licenciada en enfermería y maestra en rehabilitación neurológica con estudios inconclusos de doctorado).

 En la UNAM existe el Seminario de Neuroética, coordinado por el Dr. Pedro Enrique García Ruiz (licenciado, maestro y doctor en Filosofía). En ambos se ha tratado el tema del neuromejoramiento. Sin embargo, si no sale más allá de estos espacios multidisciplinarios y especializados, los estudiantes pueden estar sometiéndose a riesgos innecesarios, sin saberlo, y creyendo que están haciendo algo que les va a ayudar. ¿Quién se beneficia entonces de la falacia de que el metilfenidato puede ayudar a mejorar el rendimiento cognitivo de los estudiantes? Sin duda la industria farmacéutica: una caja de metilfenidato con 30 cápsulas de 20 mg cuesta más de 1200 pesos. Para ponerse a pensar.

 

*Profesor del Departamento de Atención a la Salud de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana y Miembro del Consejo de Bioética de la Ciudad de México.

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