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Memoria y recuerdo: sesenta años de libros de texto gratuitos

Se cumplieron seis décadas de que, en una escuelita rural de San Luis Potosí, el entonces secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, entregó los primeros libros de texto gratuitos. Mucho trabajo les había costado, a él y al equipo que eligió para acompañarlo en esa aventura, tenerlos listos para el inicio del ciclo escolar, calendario “A”, de 1960: trabajaron contra reloj, a partir de una instancia jovencísima, la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos, que no cumplía aún un año de haber sido creada, cuando le mostraron al presidente Adolfo López Mateos los primeros ejemplares. Desde entonces, están en la vida escolar de los mexicanos, y por eso forman parte de los recuerdos más valiosos: los de la infancia.

Memoria y recuerdo: sesenta años de libros de texto gratuitos  | La Crónica de Hoy

Era el 16 de enero de 1960 cuando el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, entregó los primeros libros de texto en El Saucito, un poblado cercano a la ciudad de San Luis Potosí. Esta es una de las escasas fotos que circularon en aquellos días.

[Primera Parte ]

 

Por donde se les mire, son tan importantes que nadie permanece indiferente ante ellos. Si en sus páginas se detectan erratas, o una imagen pobre, o una mala hechura, o de plano errores sorprendentes, de inmediato hay reclamos airados. Que venga el Secretario. Que nos diga qué pasó, Que nos diga cómo lo va a arreglar. Y rápido. Por el contrario, si, en principio, todo está en orden, la vida escolar fluye sin discusiones, pero sí con atención que puede volverse un problema: ¿Llegaron a tiempo? ¿Están completos, no faltan? ¿Y los ejemplares en braille? ¿Y los de la niña que padece debilidad visual? ¿Cómo? ¿Esos no llegaron? Pues a reclamar, y a llamar por teléfono y a escribir correos. ¿Acaso no son uno de los grandes derechos de los niños mexicanos?

Esta es una apretada versión de lo que ocurre, en los primeros días de cada ciclo escolar, en cualquier escuela pública mexicana, grande o pequeña, de alguno de los tres niveles que componen al educación básica [prescolar, primaria y secundaria]. Los protagonistas son los libros de texto gratuito, los “libros de texto”, los “libros de la SEP”, como se les llama familiarmente. Hace sesenta años que, sin fallar, llegan a manos de nuestros niños y jóvenes. Y si esto parece un elogio, lo es. Porque transportar 200 millones de libros, una cantidad que difícilmente se imagina un ciudadano común y corriente, no es cualquier cosa.

A fuerza de repetir el proceso un año y el que sigue también, repartir los libros de texto en todo el país es, en la actualidad, y si el diablo no mete la cola, un mecanismo bastante eficaz. Nadie tiene, en principio, la obligación de saberlo. Los libros están en la escuela, se le entregan a la niña o al niño, y eso debiera bastar. ¿O no? Pero no siempre fue así. Parecería, porque sesenta años son toda una vida. Ya hay abuelos que tuvieron libros de texto gratuitos. Y esos, los libros que de muchas formas acompañan los primeros años de los mexicanos, ya son materia de diálogo generacional.

Hay quien dice que los primeros libros de texto gratuito que se produjeron eran los mejores. Otros piensan que esos, los suyos, los que tuvieron en la primaria, independientemente de la época en la que estudiaron, son los meros buenos. Al respecto, es difícil ponerse de acuerdo. Porque, nostalgias aparte, cada generación de libros de texto gratuitos refleja un proyecto educativo y la ambición de formar buenos ciudadanos. Y en qué consistan esas épocas en cada gobierno, en cada coyuntura, ha dado lugar a pleitos encendidos, a críticas de todo tipo, a argumentos en pro y en contra del contenido de los libros, que recorren una amplia escala, con muchos matices, que van de la lucidez más serena hasta la tontería más escandalosa.

Pero eso ocurre porque los libros de texto gratuitos son importantes. De hecho, muy importantes. Son los materiales con que estudian los mexicanos más jóvenes. Y, para repetir de una vez un lugar común de esta historia, son también, los únicos libros que hay en muchos hogares de este país.

Pero todo empezó siendo un sueño. Luego, se volvió hazaña. Aparecieron en la vida pública como objetos culturales de gran relevancia, y lo siguen siendo. Un dato debería ilustrar: ni en los momentos más difíciles de la vida económica del país ha habido un secretario de Hacienda o un Presidente de la República que se atreva siquiera a pensar “este año no habrá libros”.

Así de importante es su historia.

DEL SUEÑO A LOS PRIMEROS 17 MILLONES. Desde que México fue un país independiente, aparecieron numerosos proyectos educativos que aspiraban a dar materiales gratuitos a los escolares mexicanos. Las arcas vacías, las guerras civiles, la efervescencia política, los enfrentamientos entre diferentes proyectos de país dejaron esas buenas intenciones en mero papel impreso. Los descendientes de Ignacio Ramírez, el famoso Nigromante, insisten en que su ilustre pariente, en algún momento del siglo XIX, promovió con “un gobernador” de Chihuahua libros gratuitos. Pero el libro de texto gratuito es otra cosa.

Para que funcione un proyecto público tiene que tener presupuesto, logística, alguien que lo convierta en realidad. Y, sobre todo, permanencia, certeza. Nada de que un año sí hubo para libros y al siguiente no. El México que nació de los movimientos revolucionarios hizo muchos intentos que no fructificaron. Faltaba dinero, y capacidad de operación. Hay quien recuerda libritos de lectura hechos por el gobierno de Lázaro Cárdenas. Son célebres los famosos libros verdes mandados a hacer, entre 1920 y 1921 por José Vasconcelos. Pero, o faltaba distribuirlos, o carecían de sentido pedagógico, o simplemente no alcanzaban para todos los escolares del país.

En esa primera mitad del siglo XX, el país creció. Y había ya un mercado editorial, y empresas editoras, que producían los libros de texto. Y se vendían. Y, siendo la primaria el único nivel educativo obligatorio, muchos desertaban porque no había dinero para mandarlos desayunados, o para pagar los libros necesarios, por baratos que fueran. La Secretaría de Educación Pública se limitaba, cada año, a publicar un gran desplegado, con los títulos que aprobaba, después de revisarlos, para que los alumnos los compraran. También recomendaba “libros de consulta”. Pero hasta ahí. En tiempos del presidente Adolfo Ruiz Cortines, hubo un importante agarrón: los libros eran muy caros, y el gobierno federal hasta organizó un Comité Proabaratamiento de Libros de Texto, que no abarató nada. Eso sí, amenazó a los editores: o reducían los precios o el Estado tomaba por su cuenta la producción de los materiales para la educación primaria.

El pleito se quedó en eso, en amenazas. Y los libros no fueron más baratos.

El secretario de Educación de Adolfo López Mateos, Jaime Torres Bodet, que llegó al edificio de la calle de Argentina, por segunda vez, a fines de 1958, traía el empeño de mejorar los planes de estudio, de mejorar las escuelas. De retomar todos los proyectos que había echado a andar en su primer paso por la SEP, los últimos tres años de la presidencia de Manuel Ávila Camacho. ¿los libros? La verdad es que no le había alcanzado ni el tiempo ni el dinero.

En 1959 las cosas fueron distintas: convenció al presidente López Mateos de que la deserción escolar se reduciría si nadie abandonaba por no tener libros en los cuales estudiar. Y eso que en el sistema político mexicano llamamos “voluntad política”, hizo lo suyo, y hasta el legendario secretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena, puso de su parte.

Pero una cosa es planear y otra muy distinta es hallar a quien pueda convertir en realidad el sueño. ¿Quién haría los libros, quién los escribiría, quién los ilustraría, dónde los imprimirían, cómo los repartirían? No la tenía sencilla Torres Bodet.

El secretario, que era un buen hombre, preguntó en varias partes, a diferentes personas. Los grandes escritores no se emocionaron con el proyecto; nadie en el gobierno tenía imprentas capaces de producir los millones de libros que pretendía el secretario. Nadie, nunca, había producido en México las toneladas de papel que se necesitaban. En suma, se comenzaba de cero.

Un caballero, escritor y periodista, le dijo a Torres Bodet que sí se podía. Que era posible. Y aún más: que, si se trabajaba todo 1959, en enero de 1960, en el inicio de clases, ya estarían entregando los libros.

Aquel caballero se llamaba Martín Luis Guzmán. Sí, el autor de La Sombra del caudillo y las Memorias de Pancho Villa. El mismo. Si Guzmán no hubiese tenido la larga experiencia de editor, librero y periodista que tenía, si no fuese entendido en cosas de tipos de papel, costos de producción, mecanismos de distribución, no hubiera podido decirle al secretario que su sueño podía convertirse en algo real.

En febrero de 1959 nacía la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos. Después de 11 meses de trabajo a un ritmo brutal, de concursos desiertos, de búsqueda de autores, de ataques en la prensa a los que Torres Bodet llamó “fuego graneado”, los primeros ejemplares estuvieron listos y se entregaron en la primaria rural “Cuauhtémoc”, en El Saucito, San Luis Potosí, que todavía existe. El tiraje de aquella primera oleada de libros era respetable, lo sigue siendo: 17 millones de ejemplares, en números cerrados, para alumnos de primero a cuarto año.

Esto fue solamente el principio. Desde entonces han transcurrido sesenta años no menos intensos. Por eso, ahora, lectora, lector: disfrute el puñado de imágenes, que aquí le traemos, las que vienen de los primeros libros de texto. Este viaje apenas está comenzando.

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