Opinión


Mexicanos trabajando: surge el Gran Canal del Desagüe

Mexicanos trabajando: surge el Gran Canal del Desagüe | La Crónica de Hoy

El trabajo y el genio eran, según don Porfirio Díaz, presidente de la República, parte de la ruta definitiva que llevaría a los seres humanos a la felicidad. Corría 1900, y por fin se concretaba una obra pública que se había propuesto casi medio siglo antes, en 1856, en los días de la Reforma liberal. Pero entre aquel proyecto y 1900 habían sucedido dos guerras civiles, una invasión extranjera, y numerosas disputas por el proyecto de país que mejor cuadraba a los mexicanos. Gobernantes habían llegado y se habían ido, y don Porfirio había envejecido en la silla presidencial. Y seguía ocurriendo lo mismo: Las temporadas de lluvias traían a esta cuenca que, quién sabe por qué, seguimos llamando Valle de México, un sinfín de incomodidades en las zonas urbanizadas, y dolor y desamparo en la periferia de la capital.

Historias de inundaciones había ya, por montones, en la historia de la ciudad de México. Casi tantas como intentos por contener el agua. Se sabía de las calzadas y diques construidos en los tiempos prehispánicos, que, aun cuando no evitaban las inundaciones, sí moderaban las crecidas.

Después de la conquista, los españoles y la sociedad mestiza que comenzó a surgir, tuvieron que aprender, por el mecanismo de ensayo y error, a tratar con las aguas de lluvia y los ríos que entonces formaban parte de la vida en la ciudad de México. Y era ensayo y error, porque, en ocasiones, las soluciones adoptadas resultaban más problemáticas que las inundaciones de origen natural. En 1604, por cerrar el dique construido en Mexicaltzingo, las autoridades virreinales acabaron por inundar los pueblos de Xochimilco.

Otra de esas inundaciones memorables fue la ocurrida tres años después, en 1607, y a resultas de ella, el cosmógrafo Enrico Martínez realizó la obra de desagüe conocida como el Tajo de Nochistongo, que sirvió para sacar de la cuenca las aguas del río Cuautitlán. El Tajo, que iba de la ciudad de México a Zumpango, también drenaba al lago de Texcoco. Andando los años, en el siglo XVIII, en 1789, se terminó el canal-túnel de Huehuetoca. Pero, por empeñosa y avanzada que fuera la obra, siempre entraba en combate desigual contra las aguas, embravecidas, envalentonadas en la época de lluvias, y siempre traicioneras.

EL PROYECTO DE UN GRAN CANAL DE DESAGÜE. En 1856, el ingeniero Francisco de Garay presentó su proyecto para la construcción de un Desagüe General del Valle de México. En ese año, no estaba el horno para bollos: se discutía en el Congreso Constituyente la nueva constitución de corte completamente liberal, e Ignacio Comonfort, presidente de la República, gobernaba intentando manejar las tensiones que el debate ocasionaba en la vida pública del país. Desde luego, y si bien se reconocía la necesidad de un desagüe más eficiente, las prioridades eran otras.

Durante el Segundo Imperio, Maximiliano de Habsburgo se interesó por el proyecto del ingeniero De Garay, pero aquel caballero era un convencido liberal republicano, que se negó en redondo a dirigir la obra. Cuando cayó el imperio, en junio de 1867, el ingeniero no sospechaba que, a causa de las carencias presupuestales de aquellos años de la República Restaurada, aún habría de transcurrir una década para que su propuesta empezara a convertirse en realidad.

EL AFÁN DE PROGRESO, OTRA VEZ.Cuando Porfirio Díaz se hizo con el poder, al triunfar la revolución de Tuxtepec, conformó un gabinete interesante: había en aquella generación un afán de progreso y renovación que se tendría que traducir en obras útiles y duraderas para beneficiar a los mexicanos. Al frente del Ministerio de Fomento estaba el general, dramaturgo y periodista Vicente Riva Palacio, quien creó una Dirección de Desagüe, en la que colocó al ingeniero de Garay como titular. Si alguien manifestó su desacuerdo con la creación de una oficina de gobierno dedicada a la lucha contra las aguas del lago y los ríos de la capital, la protesta se apagó a la vuelta de unos pocos meses, cuando, en  abril de1878 la ciudad de México volvió a inundarse. Así, empezaron las obras, según el proyecto original, con algunas modificaciones hechas por otro ingeniero, Luis Espinosa, que asumió la dirección del proyecto.

La falta de recursos paró las obras poco después. Se reanudaron hasta 1881, cuando era presidente de la república el compadre de Porfirio Díaz, el general Manuel González. La solución fue el capital privado: el gobierno mexicano hizo un contrato con Antonio de Mier y Celis, para crear una compañía que terminara la obra y diera así un nuevo desagüe a la capital.

El proyecto incluía la elaboración de un canal, un túnel y un tajo de salida. El túnel se terminó en 1894, más de quince años después del inicio de la obra, que quedó concluida hasta 1900.

LA MODERNIDAD DEL NUEVO SIGLO. En el concepto que el gobierno porfiriano desarrolló en torno al Gran Canal del Desagüe, no se quedaba solamente en el logro ingenieril. Se trataba de generar nuevas estrategias para mejorar eso que hoy llamamos “calidad de vida”. Si se quiere, era una visión centralista que se traducía en el empeño por dotar a la ciudad de México de alumbrado público, de calles pavimentadas, de transporte, disponibilidad de agua potable y ­desalojo de las aguas negras.

Por eso, los 47 kilómetros del Drenaje General, que empezaba en San Lázaro y terminaba en la Laguna de Zumpango eran solamente una parte del engranaje. A ese gran Desagüe se conectó una red de desagüe menor, conectado a casas, hospitales, edificios públicos y mercados. De esa manera, el desalojo de los desperdicios y aguas negras se haría de manera más eficaz e higiénica y por fin se terminaría con la costumbre de sacar de la ciudad las heces e inmundicias en carros abiertos que —gotita de progreso—  se habían convertido en carros ­cerrados que realizaban su tarea por las noches.  Ese paso, indispensable para considerar a la ciudad de México “moderna”, tomó tres años más: se inauguró en marzo de 1903. Quien pase por la zona arqueológica del Templo Mayor, podrá ver rastros de esa red, entre las ruinas prehispánicas.

El proyecto se complementó con el primer sistema de aprovisionamiento de agua potable. Diseñado por el ingeniero Manuel Marroquín, recibió el visto bueno del ministro de Hacienda, José Yves Limantour. Aprobado en 1902, y se construyó entre 1905 y 1908. Fue dotado con un acueducto principal y tres plantas de captación y bombeo en La Noria, en Nativitas y en Santa Cruz. El sistema todavía crecería con una galería subterránea que se terminó en 1911 y la red de tuberías se amplió, pese a la crisis del maderismo, en octubre de 1913.

Así, la vida iba cambiando en la capital de la República. Se desvanecían costumbres centenarias, antihigiénicas e ineficaces. Con los años se vería que el Gran Desagüe construido en el México porfiriano era insuficiente para la megalópolis en la que se convirtió la capital. Pero, por espacio de algunas décadas, fue lo mejor que tuvimos para enfrentarnos a las viejas aguas embravecidas de lagos, ríos y lluvias, que cada tanto nos reclaman su espacio ancestral.

 

 

Con la construcción del Gran Canal del Desagüe, la ciudad de México, en 1900, entraba a la lista de las ciudades más modernas del orbe.

 

Comentarios:

Destacado:

COLUMNAS ANTERIORES

LO MÁS LEÍDO

+ -