Bienestar


Mi experiencia con el COVID

A lo largo de más de un año del inicio de la pandemia creo que casi todos hemos sentido algún síntoma: cansancio, dolor de garganta, cuerpo cortado, dolor de cabeza, diarrea, vómito, algo de fiebre… pero nada que descanso, cambio en la dieta o un paracetamol no arreglaran.

Mi experiencia con el COVID | La Crónica de Hoy

A casi un año de estar trabajando desde casa y de tener los máximos cuidados que se necesitan para mantener, supuestamente, alejado al virus de nuestra casa: lavarse las manos, usar cubrebocas, sanitizarnos al llegar a casa, lavar todo lo comprado en el súper, etc., salí positiva a COVID-19

La pregunta fue ¿cómo me contagié?

Justo por no haberme sentido en riesgo fue que no hice caso a los síntomas, sobre todo porque nunca perdí ni olfato ni gusto.

A lo largo de más de un año del inicio de la pandemia creo que casi todos hemos sentido algún síntoma: cansancio, dolor de garganta, cuerpo cortado, dolor de cabeza, diarrea, vómito, algo de fiebre… pero nada que descanso, cambio en la dieta o un paracetamol no arreglaran.

Yo empecé con fiebre y mucho cansancio un lunes y lo que hice fue tomarme un paracetamol, el cual me calmó unas horas, así me la pasé hasta el jueves, tomando un paracetamol cada 8 horas. Hasta que mi hermana me instó a ir al médico, pues la fiebre no cedía. Ya había asistido una vez a la clínica para un triaje respiratorio y había tenido una infección viral para la que justo me recetaron paracetamol. Pensé que sería lo mismo.

Sin embargo, me empezaron a preguntar por mis síntomas, les dije que la fiebre no cedía desde el lunes, que me sentía muy cansada y estaba durmiendo mucho y me dolía la cabeza. Me indicaron que debía esperar una media hora, pues me iban a hacer una prueba para confirmar si era COVID.

Me hicieron la prueba de antígenos, la del hisopo. Esperé otros 15 minutos para el resultado y fue una doctora, muy empática, quien me dijo que mi prueba había salido positiva. Al escuchar que había dado positivo a COVID sentí como una cubetada de agua fría, me dio miedo, porque no sabes en ese momento qué pasará contigo, cómo te atacará la enfermedad, qué síntomas tendrás y, sobre todo, si contagiaste a tu familia. Esos primeros momentos son terribles, sobre todo por lo que imaginas.

Me enviaron a casa con un kit-COVID que incluye cubrebocas, una caja de paracetamol, y otros dos medicamentos para tomar los siguientes dos días. Me recomendaron que estuviera pendiente de mis síntomas, sobre todo de la oxigenación. En cuanto sintiera que empeoraba debía acudir a urgencias. Viéndolo a la distancia, si así dejaron a tantos pacientes, con razón tantos han empeorado… La verdad es que enviarte así a casa sólo con recomendaciones y un kit no ayuda mucho, uno tiene muchas, muchísimas dudas a lo largo de la enfermedad.

Pasado el primer episodio de miedo, le avisé a mi familia que había dado positivo. Mis hermanos, mi padre y mis amigos son mi soporte y en este caso vaya que hacen falta, porque la imaginación vuela y ellos ayudaban a mantener una buena actitud a pesar de sentirse uno tan mal.

Unas amigas me recomendaron a un amigo médico, quien me estuvo haciendo el seguimiento durante todo el proceso (mil gracias Dr. Edgar Ruiz).  En primera instancia me pidió que cada cuatro horas le enviara mis niveles de oxigenación, temperatura, glucosa y presión. De igual forma me pidió hacerme varios estudios: química sanguínea, biometría hemática, placa de tórax, nivel de marcadores sistémicos y una hemoglobina glucosilada. Con todo esto él tendría, aun a distancia, un panorama general de mi estado de salud. Todo eso fue en el día cinco de la aparición de mis síntomas.

No sé si fue el miedo que hizo que me bajaran más mis defensas —yo pensé que podría seguir trabajando como hasta ese día, pues sólo era la molestia de la fiebre y el cansancio, lo cual por la naturaleza de mi trabajo podía ir solventando—, pero a partir de ese día todo fue a peor.

Dos días sólo fue dormir y dormir, despertar para enviar mis niveles al doctor y tomarme mi medicamento y volver a dormir. A partir del día 7 el malestar general aumentó con los medicamentos, aunado al dolor por la fiebre apareció el de la gastritis, la falta de apetito y el cansancio. Para colmo, la fiebre no cedía, aunque afortunadamente mi oxigenación no bajó de 90, pero empezaban la tos y el dolor de pecho, ya casi no podía dormir. Del 7 al 12 fueron los peores días.

Al fin, el día 13 la fiebre cedió, ya sólo quedaban la tos, la opresión en el pecho, la fatiga y el dolor de cabeza; ya había controlado la gastritis.

El médico me recetó antibióticos inyectados, siete inyecciones de ceftriaxona, con cada inyección iba desapareciendo la opresión del pecho y la tos. También me recomendó beber tres veces al día té de gordolobo y respirar el vaporcito que salía de la taza, como una minivaporización. Sentí mucha mejoría, pues con la enfermedad se siente como si se tuviera un plástico pegado por dentro desde el pecho hasta la nariz. Con cada inyección y cada taza de té me fui sintiendo mejor.

A partir del día que cedió la fiebre comenzó la etapa de diaforesis, “sudar la enfermedad” como dirían las abuelas. Otra semana de estar despertando a cambiarme de ropa porque me empapaba y si me quedaba dormida así, podía hacerme más daño. Despertaba hasta cinco veces en la noche, más las veces que me cambiaba en el día, así que salía muchísima ropa para lavar.

Y ahí viene la mención especial para mi familia, pues mi cuñado se movilizó para conseguir los medicamentos, él y mi hermana me compraron el oxímetro; mi otra hermana me estuvo alimentando y lavando toda la ropa de cama y la que me cambiaba diariamente. Una lata porque tenía que lavarla separada, con agua caliente y protegiéndose ella misma, así que usaba cubrebocas y guantes para tomar los platos en que comía y la ropa que le daba.

Cabe resaltar que durante todo este periodo lo que más comí fue verduras hervidas, pescado o pollo al vapor y tés… no se te antoja nada más.

El doctor también me recomendó fortalecer mi sistema y me recetó anaferon y factor de transferencia, los cuales empecé a tomar a la par que me inyectaban los antibióticos. Finalmente, el día 16 me dijo que lo más riesgoso había pasado, que poco a poco me podía reincorporar a mis actividades, pero cuidando mucho mi recuperación.

Muchos amigos me estuvieron echando porras, mi amigo Luis me apoyó muchísimo, gracias a él pude comprar todos mis medicamentos.

Me confiné en mi recámara un total de 21 días, pues, aunque me decían que a partir del 16 ya no contagiaba, la verdad es que por seguridad de mi familia accedí a estar así más días, hasta que me hice otra prueba para saber que ya no tenía el virus, la cual tuve que pagar, pues en el IMSS no hacen segundas pruebas y en un centro de salud no me la hicieron porque tengo servicio médico. Un pequeño círculo vicioso.

¿Secuelas? me han contado que hay muchísimas, en mi caso a veces me siento muy fatigada, mi cabello quedó muy débil, se me está cayendo mucho y está superseco, de repente me duele la cabeza y si me excedo en algo me empieza a doler terriblemente la espalda baja y necesito descansar. Necesito seguir tomando el factor de transferencia unos meses más, tomando sol, no excederme y seguirme protegiendo de un recontagio.

En conclusión, creo que no estaría contando la misma historia si me hubiera quedado sólo con lo que me dieron en el IMSS; me siento afortunada de no haber tocado un hospital, a pesar del encierro, estar en casa me permitió estar escuchando muchos audios que me levantaron el ánimo, meditaciones, las llamadas de mi familia y amigos. Aunque hubo días muy feos, en general todo eso ayuda mucho a tener una buena actitud y vencer al coronavirus.

Sé que hay muchas cepas, que la manera en que ataca el virus también depende de cómo estemos de salud y anímicamente. Pero es una batalla que no todos han ganado, por ello mi agradecimiento a la vida por ponerme con las personas adecuadas para salir avante.

A seguirnos cuidando.  Ya falta menos…

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