Opinión


Mimetismo, devoción, iconografía

Mimetismo, devoción, iconografía | La Crónica de Hoy

Realmente resultaría difícil encontrar una devoción mayor a la celebrada ayer.

Imagen, milagro, fe, identidad, símbolo de historia y de esperanza, la guadalupana ha hecho cierta aquella frase puesta por encima hasta de etnias o credos; referencias o ubicación social: los mexicanos somos guadalupanos.

Obviamente el guadalupanismo mexicano, cuya hondura nos explicó de tan erudita forma don Francisco de la Maza, entre otros, se ha extendido a grados prosaicos y podemos ver la imagen donde nunca lo hubiéramos creído: en los capotes de paseo de toreros (Enrique Ponce lo hizo hace un par de semanas); en los jorongos de los boxeadores, en la tapa guitarrera de los cantantes de rock o en la camiseta nocturna del asaltante llevado al Ministerio Público.

Presente en el puesto de los diarios y el despacho de los biseques y hasta en las zonas de tolerancia de calles y callejones, la madre celestial preside y protege. Sustituye —o denuncia— a veces a los malos servicios de recolección de basura y aleja a los cochinos, cuya molicie los lleva a dejar los desperdicios en cualquier esquina:

“No seas cochino, respeta a la virgen”, decía el rústico santuario de tabiques y vidrios y flores de plástico en el eterno tiradero lejos de la negligente ocupación de la alcaldía.

Y el mejor de todos esos mensajes píos y mágicos:

“Se ruega a las personas que por favor no se chinguen el dinero de la virgen”, porque por una rendija los feligreses echaban las pocas monedas sobrantes a la improvisada ermita y no faltaba el sacrílego…

Cosas de los símbolos contra los cuales nada pueden ni la lógica ni la razón.

Por eso, en los extremos de la habilidad política, el manejo de los símbolos es importante. Eso lo saben todos los profesionales.

Y alguien experto en eso es el señor líder de los diputados de Morena (la otra morena), Mario Delgado, quien en un solo movimiento ha mezclado adulación, oportunismo habilidoso y respeto a la norma moralizadora, porque si de acuerdo con la ley está vedado hacer regalos monetariamente costosos, nada le impide al líder darles a sus compañeros de bancada algo más allá de las instrucciones cotidianas del voto disciplinado: una fotografía del Señor Presidente para colocarla en la cabecera de su cama o en el sitio principal de su oficina. Y de pilón, una copia del best seller sobre la economía moral, obra reciente del Jefe del Ejecutivo.

La fotografía no tiene tamaño como para llevarla en la cartera, como aquel retratito de la canción ranchera, pero sí es una fuente de inspiración revolucionaria y confesión de fe republicana y transformadora.

Y del libro, ni decir. Obra mayor de la visión regeneradora nacional, cima del conocimiento económico y texto de consulta obligatoria como en su tiempo fue el pequeño libro rojo con el cual Mao Tse-Tung educó a millones de chinos durante la Revolución Cultural.

Pues libro y fotografía no cuestan ni trescientos pesos, aun cuando valen mucho más. ¿Cuánto cuestan la imagen y el pensar siento del Señor Presidente? No tienen precio.

Hace algunos años, una casa de subastas vendió en una bicoca una fotografía de las miles y miles de ellas distribuidas por toda la República Dominicana. Lleno de entorchados y corcholatas en el pecho, Rafael Leónidas Trujillo aparecía con la mano en el pomo del espadón: “¡En esta casa manda Trujillo!”, advertía la leyenda en el cuadro colgado en muchos de los hogares dominicanos, especialmente de quienes trabajaban en el gobierno y no podían exponerse a una delación por despreciar la efigie redentora del dictador.

Obviamente éste no es el caso actual en México, ni lo permita nuestra madre de Guadalupe. Aquí los símbolos son sagrados, tanto como para producir con su irrespeto una zacapela en Bellas Artes, entre los LGTB…ETC y demás, contra los indignados zapatistas cuyo héroe máximo, don Emiliano, ha sido ofendido por homo-alusiones del todo insoportables.

Por lo pronto, en este debate entre el respeto a los símbolos y la libertad creadora hasta de los creadores sin talento, el único equivocado ha sido el Instituto Nacional de Bellas Artes, porque no comprenden algo muy sencillo: cuando se exhibe una obra en un recinto oficial, se oficializa el mensaje contenido en esa obra.

Y para colmo, la blasfemia revolucionaria se da cuando el gobierno le había dedicado este agónico año al señor general del Ejército Revolucionario del Sur, ahora convertido en una caricatura de Alejandro Fernández en la película de Alfonso Arau.

 

 

 

Twitter: @CardonaRafael

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

 

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