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Mitos y fantasías de la clase media, un texto de Anamari Gomís

Todo este preámbulo viene a cuento por la perorata del presidente Andrés Manuel López Obrador en contra de la “aspiracionista” clase media que no apoyó a Morena el pasado 6 de junio en los comicios intermedios.

Mitos y fantasías de la clase media, un texto de Anamari Gomís | La Crónica de Hoy

Archivo/Cuartoscuro

Acabo de pedir por Amazon Mitos y fantasías de la clase media en México de Gabriel Careaga, editado por Cal y Arena. No sé en qué año se publicó allí, pero desde luego que yo lo tenía, porque Gabriel era mi amigo. Un día decidió que ya no quería serlo y no nos vimos durante muchos años. Recuperamos la amistad, creo que cuando llegué a México, después de vivir en Washington DC con mi marido y mi hijo. Lo vi un par de ocasiones, por mediación de mi hermana Pepita, y lamentablemente murió no mucho tiempo después.

Era agudo y muy divertido. Como sociólogo, su interés fue la clase media, en el sentido de la clase media media, casi media alta, con ínfulas de pertenecer a cuadrillas sociales mucho más beneficiadas en términos económicos.

Como  admiraba a Careaga, y era mucho mayor que yo, en nuestra primera amistad, me dedicaba a repetir sus conclusiones sobre los clase medieros. Mi andaluza madre me preguntaba con sorna “¿y qué clase somos nosotros, nena”?, puesto que era evidente que formábamos parte de ese grupo económico. A lo mejor, ahora que lo pienso, me convertí en modelo de mi amigo sociólogo.

Sin embargo, no era lo mismo pertenecer a la clase media mexicana, que a la formada por de exiliados españoles. Mi papá había sido magistrado de la Suprema Corte de Justicia durante la II República, era francés de nacimiento, hablaba varios idiomas, escribía novelas y relatos, perteneció al Partido Comunista español durante la álgida época de la Guerra Civil (y luego se desdijo del comunismo, aunque nunca de su deseo de igualdad para todos los seres de la tierra) y  leía muchísimo. Amaba a la ópera, a su familia y a los perros. Dejó el planeta y la vida en 1971. Demasiado pronto.

En fin, fue un intelectual. Mi mamá, no. Era más o menos buena lectora y se quejaba con amargura de no haber tenido la oportunidad de estudiar, porque así era la existencia de las mujeres en un pueblo andaluz de Almería en los años 30.

Todo este preámbulo viene a cuento por la perorata del presidente Andrés Manuel López Obrador en contra de la “aspiracionista” clase media que no apoyó a Morena el pasado 6 de junio en los comicios  intermedios.

La verdad, Morena se quedó con varias gubernaturas, lo cual indica que creció en los estados, pero en la Ciudad de México perdió en gran medida  las diputaciones federales y con ello la mayoría calificada, que a fuerza del chapulineo de  partidos en coalición permitió que el primer mandatario “mandara, dispusiera y gobernara”, como se dice del “sueño” de los reyes en la Vida es sueño de Calderón de la Barca.

Por fortuna, esta vez la coalición opositora obtuvo más escaños en el Bajo Cogreso y eso indignó al presidente, al Supremo como lo llama Guillermo Sheridan (ver su columna en El Universal los martes). Entonces fue que arremetió contra las clases medias y acuñó el neologismo aspiracionista.

Creo que “arribista” sería la palabra, y se le quedó en algún escondrijo de la mente.  Lo interesante estriba en que no resulta lo mismo aspirar a algo que comportarse como un arribista. Una cosa significa aspirar a convertirse en un buen científico (a)  o buen ciudadano (a) y otra muy diferente tratar de  hacerse amigo (a)  de algún pudiente sólo para obtener  un empleo, una prebenda.

En esto lleva razón nuestro jefe de estado.  Lo mismo le ocurrió al filósofo marxista Georg Lukács (1885-1971), judío húngaro,  que leyó con fruición a los escritores realistas, debido a que que trataban los pequeñas verdades de la vida de la pequeña burguesía o , más bien, de lo que hoy conocemos como clases medias.  A partir de ahí podría hacer crítica marxista. La obra de Honorato de Balzac lo atrajo muchísimo, mientras que el mundo (extraordinariamente) deformado de Franz Kakfa le importó un comino, porque en él no anida una proyección social (a pesar de que sí se manifiesta y en forma contundente). Lukács le habría caído bien a nuestro Supremo. Supongo que por necio, no por comunista.  Después de todo, hay  un universo de diferencia entre lo que debe ser la izquierda y la no izquierda de López Obrador.

La clase media o los sujetos de las clases medias pueden ser arribistas. Lo sabemos por los grandes escritores del Realismo: Charles Dickens, Leopoldo, Alas Clarin, Machado de Assis, Balzac, Gustave Flaubert, Theodor Fontane, Benito Pérez Galdós etcétera. Pienso en Grandes ilusiones, donde Lucien de Rubempré llega de provincia a París para triunfar como poeta y no lo logra. No es un arribista sino que esta lleno de ilusiones legítimas. Pero Madame Bovary sí es una arribista, detesta el mundo provinciano en el que vive y al final se suicida porque debe un montón de dinero.

Como Rubempré, Andrés López Obrador, ahíto de aspiraciones, la emprendió desde Macuspana, Tabasco, para imponerse  como habilidoso político. Llegó a conquistar la Ciudad de México, primero, y luego al país. Fueron 18 años de disciplina y empecinamiento.

Sus propuestas siempre han estado pletóricas de fantasías, como la actual y preponderante de conseguir la cuarta transformación de México a cómo dé lugar. ¿En qué consiste esta metamorfosis? Vaya usted a saber: no hay plan económico ni social, fuera de apoyar con un dinerito a jóvenes sin salida laboral y gente de la tercera edad, lo cual no está mal pero no cambia nada. Acabó con los fideicomisos para la cultura y el arte pero ordenó reconstruir Chapultepec.

Canceló el dinero para las catástrofes y después nos tocó la pandemia de SARS-Cov-2. Hoy, y desde que tomó el poder, no hay medicinas ni dinero para niños con cáncer. El problemón de la Covid  lo acometió con poquísima eficacia, en un principio dándole poca importancia, como hoy lo vuelve a hacer, a pesar de que la plaga no ha terminado. Disminuyó el ritmo de la vacunación desde que acabaron las elecciones y todo el que no esté de acuerdo con él, está contra él.

La contracción del empleo señalada por los economistas que revirtió de manera importante el crecimiento durante 2019, o sea un año antes de la pandemia, tampoco es considerada.

Al contrario. No se visualiza una estructura educativa que ayude a los más pobres a salir de la pobreza y a los estudiantes que se han atrasado con las restricciones pandémicas. Creció el índice de pobreza, pero el Supremo es feliz, feliz, feliz y vamos viento en popa, no importa lo que se diga acá o en la prensa extranjera.

Los diez intelectuales que gravitan cerca de él y concuerdan con sus cambios “estructurales” se enfrentan a un montón de otros intelectuales neoliberales, equivocados, conservadores y maldicientes. Y sin empacho, el presidente nombra a sus verdaderos seguidores, a saber: Epigmenio Ibarra, los moneros cuatroteístas ( Rafael Barajas,  Antonio Elguera, José Hérnández), los escritores Pedro Miguel, Fabrizio Mejía Madrid, Elenita ( sin apellido noble y polaco),  el historiador Lorenzo Meyer (quien, según el presidente es un analista moderado, ¡dioses!).

El búlgaro-mexicano Enrique Semo, historiador y economista. Nombra a Demian Bichir (pero dice Damián) y evoca a los que se nos adelantaron en el viaje de la vida: Carlos Monsiváis, Hugo Gutiérrez Vega, Luis  Javier Garrido, Chema Pérez Gay, Jaime Avilés, Fernando del Paso y Sergio Pitol (¡que siempre vivió en Xalapa!, no importan los casi 30 años que estuvo en diferentes países lejanos).

Todos los demás, todos, han sido víctimas del neoliberalismo y son adversarios “abajo firmantes”. No me extrañaría que viéramos al Supremo con sus apóstoles intelectuales departiendo en una cena,  ante cualquier nueva embestida del diabólico neoliberalismo.

 Como verán, dado que es  buen clasemediero, el presidente vive plenamente sus fantasías y crea sus propios mitos,  los que trataremos en otro artículo.  No dudaría que mandara cubrir una sala de Palacio Nacional con cubiertas de plástico, que es justo lo que haré yo cuando tenga dinero para tapizar mis sillones, maltratados por mis perros, que a veces se comportan como gatos. Y ni modo, qué vamos a hacerle.  Cuando vengan visitas, esconderé las cubiertas.

 

 

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