Opinión


Murió la 4T

Murió la 4T | La Crónica de Hoy

Una cosa fue la jornada del 6 de junio y los números que arrojó el cómputo de los votos para los múltiples cargos de elección popular que estuvieron en juego; y otra cosa han sido las interpretaciones que se han dado de esos resultados. La pregunta más frecuente es ¿quién ganó? Y allí viene la andanada de explicaciones muchas de ellas basadas en un corriente de pensamiento llamada “elecciones racionales” (Rational Choice) que se basa en cálculos de conveniencia individual, y que fue predominante en México durante varias décadas; pero que, afortunadamente, está siendo desplazada por otras corrientes. En la línea de la la Rational Choice algunos analistas, dicen: los partidos del bloque opositor en realidad no avanzaron respecto de los comicios de 2018; otros, afirman que Morena ganó porque conservó la mayoría en la Cámara de Diputados, y se llevó 11 estados; algunos más, sostienen que el PAN es el partido clave. O sea, ven los árboles y no el bosque. Considero que la respuesta fundamental a esa pregunta es que, quien ganó el 6 de junio, fue la democracia.

Y no es una contestación retórica: acaso ya olvidamos que durante las precampañas se habló de la disyuntiva entre, por un lado, la continuación de un proyecto autocrático-populista y, por otro lado, de defender la democracia. Cierto, Morena y sus aliados mantiene la mayoría en la Cámara de Diputados; pero es mayoría simple, no mayoría calificada. Dicho de otro modo: la 4ª Transformación, el verticalismo unipersonal y la supremacía de un solo partido, quedaron sepultados hace diez días; los votantes decidieron que para México ese no es el camino adecuado y, al arrebatarle la hegemonía al partido oficial, optaron por el pluralismo y la horizontalidad. Vale decir, ninguno de los dos bloques, “Juntos Hacemos Historia” (Morena, PVEM y PT) y “Va por México” (PAN, PRI, PRD) tienen los diputados suficientes para llevar a cabo su plan de trabajo en solitario. En consecuencia, tenemos un gobierno dividido en el que, si no se busca el diálogo y la construcción de acuerdos, corremos el riesgo de tener un gobierno bloqueado.

Lo importante a destacar aquí es que “Va por México” no fue una simple alianza electoral, sino que se planteó, desde un inicio, como un bloque parlamentario. En consecuencia, la clave radica en mantener a ese bloque opositor unido. Hay declaraciones alentadoras en ese sentido: “México necesitaba un contrapeso. Y los mexicanos le dijeron “¡ya basta!” al Presidente Andrés Manuel López Obrador, aseguran los líderes partidistas de Va por México…El panista Marko Cortés dice que se puso un freno al afán dictatorial; el líder del PRI, Alejandro Moreno, afirma que se detuvo la mayoría calificada que pretendía en el Congreso, y Jesús Zambrano, presidente del PRD, destaca que ya no puede hacer reformas constitucionales.” (Reforma, 14/06/2021). Lo único que queda, entonces, es formar un gobierno de unidad nacional encabezado por un verdadero y propio estadista, como lo hizo Angela Merkel en Alemania quien logró poner de acuerdo al Partido Demócrata Cristiano (CDU) y al Partido Socialdemócrata (SPD). Eso sería lo ideal para como quedaron las cosas en México, pero sabemos que López Obrador no es un estadista, sino un ambicioso populista que ve a la política no como conciliación, sino como conflicto y, en consecuencia, va a tratar de dividir a como de lugar al bloque opositor. Sin embargo, hay voces dentro de la clase política que se han pronunciado a favor de un acuerdo nacional. La ciudadanía tiene que estar atenta a que López Obrador no boicotee la alianza opositora y, a la vez, los ciudadanos deben pronunciarse a favor de un acuerdo nacional.

Allí está un punto que no ha sido calibrado debidamente: en la sociedad mexicana hay un sustrato cívico-democrático que salió a flote hace dos semanas. Es la identificación de muchas personas con ese régimen político y social, la democracia-liberal y sus valores. Identificación que se fue asentando en la vida cotidiana a través del ejercicio de las libertades y derechos que fuimos conquistando en el proceso de transición a la democracia.

Convengamos en que la lucha política es también una lucha de ideas. El INE, que fue atacado con virulencia por López Obrador, sacó muy bien las elecciones. No es fácil instalar 162 mil 896 casillas en todo el país; capacitar a cerca de un millón y medio de ciudadanos; dar a tiempo los resultados preliminares (PREP); realizar los cómputos distritales, etcétera. Esa es la parte logística que sin duda es importantísima; pero, hay una parte que, el INE debe cuidar: me refiero a “la educación cívica”, no a la “cultura cívica”, como alguien lo propuso y los consejeros le hicieron caso. Se trata de dos conceptos diferentes.

Es más, creo que ese es el tema fundamental del INE para los próximos años: cultivar las ideas políticas entre la población; rehabilitar el programa de “educación cívica”; fomentar el conocimiento de lo que es la democracia y de lo que “no es la democracia” porque ya lo anunció López Obrador: en la “mañanera” del viernes 11 de junio arremetió contra la clase media que se deja influir por los medios de comunicación y los intelectuales orgánicos. Esa clase media—según él—tiene una actitud “aspiracionista” al querer educarse.

Yo pregunto: Qué hubiera pasado si las figuras emblemáticas de las tres grandes transformaciones históricas de México—la Independencia, la Reforma y la Revolución—, respectivamente, el cura Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Francisco I. Madero no hubiesen tenido esa ambición “aspiracionista” de educarse.

Por ese tipo de actitud mezquina y oscurantista es que López Obrador y Morena perdieron el 6 de junio. Y fracasó la 4T.

 

Twitter: @jfsantillan

Mail: jfsantillan@tec.mx

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