Opinión


Necesitamos maestros

Necesitamos maestros | La Crónica de Hoy

Pilar Gonzalbo Aizpuru

Me siento obligada a invadir este espacio, sabiamente reservado a temas relacionados con la ciencia y la tecnología, porque, pese a mi ignorancia de esas materias, creo que el problema que nos aflige a los historiadores, antropólogos, lingüistas, sociólogos y demás académicos en las áreas de ciencias sociales y humanidades, puede generalizarse a todas las demás ciencias y actividades de la vida universitaria. Con preocupación veo que estamos perdiendo algo que teníamos sin que nadie lo valore, algo que no requeriría grandes esfuerzos ni presupuesto adicional, sino sólo reconocimiento del valor de la enseñanza, inseparable compañera de la investigación y de la creación del conocimiento. Sería sencillo y considero necesario recuperar el prestigio del grado de maestría, hoy en vías de extinción.

El honroso título de maestro, respetado durante siglos y símbolo de la dignidad del magisterio en su más alto nivel, se ha convertido en un engorroso trámite ineludible para acceder al ansiado Doctorado, porque ser maestro significa haberse quedado a mitad de camino del valioso título de doctor.

Hoy se reducen materias, se abrevian plazos y se eliminan o devalúan las tesis, porque la Maestría por sí misma carece de valor; es un requisito propedéutico, un anticipo abreviado de los cursos que de verdad importan, los que dan créditos para obtener el ansiado diploma que, a su vez, abre las puertas del Sistema Nacional de Investigadores y, con suerte, añade puntos al currículum y aumenta las posibilidades de ocupar un puesto en instituciones académicas.

Existen muy buenas razones para que los reglamentos de muchas universidades (la UNAM es un buen modelo y quizá podría extenderse a todas) no consideren imprescindible el grado de Maestría para cursar el Doctorado e incluso reconozcan la capacidad de los licenciados para impartir cursos en las licenciaturas.

Pero el hecho de que exista esa opción no significa que sea la mejor ni la única, y, durante décadas, se mantuvo la costumbre, aunque no fuera estrictamente la exigencia, de imponer la Maestría como paso previo al Doctorado.

Se basaba en la convicción de que podía darse un paso más allá del conocimiento de los temas, adquirido en la Licenciatura, mediante la ampliación de los posibles enfoques y la resolución de problemas concretos planteados en la práctica docente. No sería sólo cuestión de años de estudio y preparación, aunque eso también cuenta, sino de asumir los estudios previos como una plataforma desde la que podía alcanzarse una mayor capacidad de análisis y cierta agilidad mental para vislumbrar problemas e impulsar la capacidad creadora.

Es cierto que algunas tesis de Licenciatura nos sorprenden por su calidad, originalidad y solidez, y es indudable que puede haber excelentes trabajos realizados en varios meses y pésimas investigaciones presentadas una o dos décadas después de concluidos los estudios. En uno y otro extremo estos casos son excepcionales y ello no debería ser motivo de desdén de los estudios formalizados, sino confirmación de que méritos especiales justificarían reconocimiento extraordinario.

Lo que sorprende es que se mantenga la ficción de una maestría reducida al mínimo de cursos y con una drástica reducción en los periodos considerados para la titulación. ¿Qué se deduce de la norma de que una tesis de maestría deba elaborarse en tres o cuatro semestres?  ¿Por qué para el ingreso al Sistema Nacional de Investigadores no sirven los méritos que las universidades reconocen o reconocían hasta hace algún tiempo, en los maestros? ¿Podemos presumir de que las licenciaturas han elevado sus niveles hasta hacer innecesaria la maestría? ¿Nadie necesita que los aspirantes a doctores hayan alcanzado el dominio de su especialidad? ¿Se ha reflexionado lo suficiente sobre lo que significa la pérdida de las maestrías?

Y pasando al terreno práctico, la pregunta que casi avergüenza hacer: si no van a investigar ¿para qué sirven los maestros? Para la cual tengo al menos dos respuestas: la primera es que no tendremos buenos investigadores si ellos no tuvieron buenos maestros. La segunda se relaciona con la absoluta necesidad de mejorar los niveles de escuelas preparatorias, secundarias y técnicas en las que son imprescindibles maestros especializados del más alto nivel y con una preparación orientada a la enseñanza.

Quizá se ha olvidado lo que siempre se esperó y se exigió de un maestro universitario: la capacidad de selección y síntesis de temas y problemas de su especialidad, el conocimiento de escuelas, orientaciones y debates aplicables a cada investigación, la sensibilidad para identificar puntos oscuros y afirmaciones sin fundamento en argumentaciones académicas, la agudeza para formular preguntas y programar búsquedas apropiadas…y algo esencial y absolutamente necesario en nuestras cátedras: la pasión por la materia y la empatía para transmitirla.

Pueden pensar que todo esto se adquiere con la madurez y la experiencia y yo los apoyo con la advertencia de que esa madurez y experiencia se consolidan, se orientan y se acreditan con una auténtica maestría, que, como tal, amerita el reconocimiento en todos los terrenos.

 


Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México

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