Opinión


Ni prócer, ni víctima

Ni prócer, ni víctima  | La Crónica de Hoy

Cinco premisas necesarias.

- En Bolivia hubo un golpe de Estado. La exhortación del Ejército a Evo Morales para que renunciara puede ser calificada con distintos eufemismos pero cuando las fuerzas armadas quitan a un gobernante se trata de un golpe de Estado. Ni más, ni menos.

- Morales ha querido victimizarse con la versión del golpe de Estado. En la polarización que se ha suscitado en torno a la crisis boliviana el papel transgresor de los militares, aunque haya sido limitado, beneficia al ahora expresidente al menos en la discusión internacional sobre esos acontecimientos.

- Morales cayó debido a la presión popular. Gracias a ella, y a que rápidamente perdía parte de los respaldos que tuvo en la sociedad, había aceptado que hubiera nuevas elecciones.

- Evo Morales era un presidente ilegal. Quebrantó la Constitución boliviana cuando se hizo reelegir a pesar de la voluntad expresa de la mayoría de los ciudadanos y lo hizo de nuevo al querer beneficiarse de una elección tramposa.

- El gobierno que lo reemplazó constituye una nueva amenaza para la democracia. La señora Jeanine Áñez ocupa la presidencia como resultado de una forzada interpretación constitucional y tendría que estar allí sólo para que se realicen nuevas elecciones. Ésa es la única salida que puede librar a Bolivia de un desastre mayor.

Se trata de un golpe de Estado ciertamente sui generis. El Ejército no ha tomado las calles ni, al menos formalmente, las oficinas del gobierno. Sobre todo, el llamado de los jefes militares coincidió con la exigencia de un amplio segmento de la sociedad boliviana para que Morales renunciara. Esas circunstancias acotan pero no minimizan la injerencia militar en el proceso político boliviano.

Morales se vio forzado a dejar su país a consecuencia de la presión combinada de las fuerzas armadas y policiacas y, por otra parte, de influyentes organizaciones sociales (entre otras, la fundamental Central Obrera Boliviana). Con esa decisión, aunque abandonó la plaza, pudo mostrarse dentro, pero sobre todo fuera de Bolivia, como afectado por una agresión autoritaria. El llamado de los militares, aunque no tuviera ese propósito, le sirvió a Morales para construir ese eficaz discurso victimista.

La apreciación maniquea de la situación boliviana se refuerza con el fanatismo conservador de la señora Áñez. Mucho más grave que sus apelaciones religiosas Biblia en mano, ha sido la carta blanca que extendió a las fuerzas armadas para reprimir a manifestantes. El uso extremo de la fuerza ante los enfrentamientos de partidarios y adversarios de Morales escinde aún más a la sociedad boliviana y dificulta cualquier solución política.

La polarización en torno a esa crisis impide apreciar todos sus matices. En un extremo los partidarios de Evo Morales, dentro pero sobre todo fuera de Bolivia, soslayan su comportamiento ilegal y la codicia que lo llevó a querer mantenerse a toda costa en el poder. De ninguna manera es un prócer de la democracia. En el otro flanco sus adversarios quieren pasar por alto los avances sociales y económicos que le permitieron conservar una amplia base social y aplauden la intervención de los militares.

Reconocer que hubo golpe de Estado, no significa disculpar los abusos de Morales y de muchos de sus partidarios. Advertir que el presidente ahora depuesto había cruzado ostensiblemente el límite de la legalidad, no implica aceptar las arbitrariedades de quienes lo han sucedido.

El gobierno mexicano tomó una decisión adecuada al darle asilo político. La amplia y plausible tradición que ha permitido que recibamos perseguidos políticos de variadas posiciones ideológicas, quedó honrada al traer al ahora expresidente boliviano. Además, de esa manera el gobierno mexicano contribuyó a que la crisis en aquel país no empeorase.

Sin embargo, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador no se limitó a transportar y hospedar a Morales. Además ha tomado partido a su favor y se ha allanado a una complaciente —prácticamente servicial— glorificación de ese cuestionable personaje. Primero nuestro gobierno se equivocó cuando saludó, con innecesaria prisa, el triunfo de Morales en una elección que sería desconocida por amplias franjas del pueblo de Bolivia y por organismos internacionales. Ahora lo traen de una ceremonia a otra y publicitan sus declaraciones con recursos del Estado mexicano como si fuese un personaje ejemplar y no un reiterado transgresor de las leyes de su país.

El activismo de Morales en México y la trayectoria misma de ese personaje pueden ser controvertibles. Pero más allá de las discrepancias con sus acciones políticas, su presencia ha desatado una oleada de reacciones intolerantes y conservadoras. Memes y mofas en las redes digitales, sobre todo alusivos al origen indígena de Morales, mostraron el semblante más ignominioso de una porción de la sociedad mexicana. En numerosos medios de comunicación, el supuesto asombro por la decoración del sitio en donde se le da alojamiento y las descripciones de los restaurantes a donde llega, son expresiones de vulgar sensacionalismo pero, sobre todo, de racismo y clasismo. Esos comentarios no son habituales cuando se describen las habitaciones y los alimentos de otros personajes públicos.

La presencia de Evo Morales en México es una suerte de espejo de miserias y fanatismos de la sociedad y del poder. Cuando el gobierno y su partido político se desviven en reverencias a un tramposo y ambicioso, confirman el desprecio que tienen por las leyes y la democracia. A Evo Morales solamente se le puede defender si se supone que, en el ejercicio de la política, el fin es coartada para emplear cualquier medio. En Bolivia, él decidió perpetuarse en el gobierno con el pretexto de que así reivindicaba el interés del pueblo, del cual se erigió como único e irreemplazable representante. En México el presidente López Obrador, con la cantinela de que él personifica al pueblo, quiere justificar errores y omisiones, así como decisiones al margen de la ley. De esa manera se ha construido un mundo paralelo en donde no hay más verdades que las que resultan de sus prejuicios y sus intereses.

La inquina contra Morales, por otra parte, muestra un inquietante desplazamiento de los argumentos, por los sentimientos. Racismo y xenofobia son los peores y siempre deleznables recursos para sostener cualquier posición política.

Más allá de encandilamientos y exabruptos, hay otros motivos para que la experiencia boliviana nos interese.

En los 13 años de gobierno de Morales el PIB per cápita se triplicó, el salario mínimo aumentó de 50 a 300 dólares, la esperanza de vida creció de 64 a 73 años. Tomo estos datos, y algunas de las siguientes reflexiones, del sólido texto de mi colega Hugo José Suárez, investigador boliviano adscrito al IISUNAM, publicado en el portal Open Democracy.

  Ese desarrollo estuvo sustentado en la explotación intensa de riquezas naturales y tuvo costos, entre otros la devastación de amplias zonas del territorio boliviano. Los incendios de hace un par de meses en la región conocida como Chiquitania, al Este de Bolivia, en buena medida se debieron a esa expoliación sin precauciones. La tardanza de Morales para atender aquella conflagración incrementó el descontento con su gobierno, especialmente en la zona de Santa Cruz.

   Morales y los suyos crearon una estructura política con la cual quisieron desplazar a las instituciones del Estado. De acuerdo con Suárez: “Con respecto a lo político, se ha otorgado predominancia al partido para el control de la sociedad como el eje de la gestión política. Se ha aplanado cualquier disidencia o diversidad, y se la ha sometido de distintas maneras. Se ha utilizado la estructura estatal para las campañas políticas (obligando a funcionarios a salir a las calles, a contribuir al partido con la amenaza de que si no lo hacen perderán el trabajo)”.

   Añade ese investigador: “Se han instrumentalizado todos los recursos de gestión pública gastándolos sin ningún reparo en proselitismo… la estrategia fue, además, someter a la justicia y utilizarla a favor del gobierno cuando es necesario, controlar los medios de comunicación, controlar organismos que otrora tenían relativa independencia (como el Órgano Electoral Plurinacional o el Defensor del Pueblo). Dicho de otro modo, se ha buscado no dejar ningún resquicio por donde pudiera fluir algo que vaya en contra del proyecto, del partido y su presidente”.

   Si esa cancelación de contrapesos y ese debilitamiento de instituciones nos resultan conocidos, no es por casualidad. En Bolivia la gente, o un amplio segmento de ella, se cansó de los abusos del presidente y del grupo que han controlado el poder político. La reducción de la pobreza no fue suficiente para mantener la adhesión de la sociedad. En México ni siquiera tenemos mejoras en la economía. De eso podría conversar el presidente López Obrador con su notorio e inmerecidamente magnificado huésped.

 

trejoraul@gmail.com
Twitter: @ciberfan

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