Opinión


Ni tú ni yo tenemos la culpa del cambio climático

Ni tú ni yo tenemos la culpa del cambio climático | La Crónica de Hoy

Este viernes, millones de personas, sí, literalmente millones, tomaron las calles de miles de ciudades en todo el mundo (sólo en Estados Unidos fueron mil) para mostrar su hartazgo ante la apatía de los líderes políticos mundiales con la crisis climática que ya vive el planeta.

La mayoría de los manifestantes fueron jóvenes, incluso adolescentes, lo que ayuda a conformar el retrato de la situación: Adultos, muchos de ellos viejos como Donald Trump, ignorando el grave problema del cambio climático para beneficio de sus bolsillos o del de sus amigos o acreedores de favores, en contraposición de una juventud que ve aterrada cómo le están arrebatando su futuro. Así de claro, así de crudo.

No, no es una exageración. La ONU ya ha advertido repetidamente durante los últimos años que se nos agota el tiempo y que  lo que estamos viendo ahora —devastadores huracanes, inundaciones, sequías y fuegos, más que nunca— no será nada, nada, en comparación con lo que veremos dentro de treinta o cincuenta años si no actuamos a tiempo. Un tiempo que tiene fecha límite: 2030. Es el último año en que valdrá para algo hacer esfuerzos para evitar que la temperatura media del planeta, que sube año con año y mes con mes, rebase el umbral considerado crítico por la comunidad científica: 1.5 grados centígrados más que en la era preindustrial.

En paralelo, se desarrolla también la crisis del plástico, ante la evidencia de que hemos fracasado profundamente a la hora de desarrollar programas efectivos y, mucho menos, eficientes de reciclaje. No lo vemos día con día, pero, sobre todo en el sureste asiático, existen gigantescos basureros donde se acumulan plásticos de todo el mundo, de países que pagan para que la basura que las empresas recicladoras consideran inservible (por ejemplo, por ser piezas demasiado pequeñas), se acumule en sus tierras.

Ante esta situación, existe gente que se muestra indiferente, ya sea por edad, interés o por simple inconsciencia, y gente que tratamos, aunque sea poco a poco, de tomar medidas que contribuyan a mejorar la situación, o como mínimo a no agravarla. Empezamos a ver más gente en supermercados ignorando las bolsas de plástico para frutas y verduras y usando las suyas propias de tela, por ejemplo. Yo personalmente recolecto agua en la ducha para reusarla en el inodoro. No por economía sino por ecología.

Sin embargo, es innegable que borrar nuestra huella de carbono —las emisiones de gases contaminantes que provocamos— o abandonar completamente el plástico es una entelequia, por lo menos, en 2019. Y ni se diga hacer ambas cosas al mismo tiempo. La periodista Patricia Gonsálvez se preguntaba ayer en El País si es peor una fruta o verdura envasada en plástico u otra que se venda libre de plásticos pero que no sea de producción local y haya viajado más kilómetros y contaminado más en el trayecto. Ambas son malas opciones, porque contaminan el planeta, aunque de maneras diferentes.

Y ni se diga lo complicado que resulta para los veinte millones de habitantes del Valle de México prescindir del coche o de los transportes públicos contaminantes (como camiones, autobuses o el metrobús). La falta de alternativas de transporte público limpias —o de transporte público a secas— hacen prácticamente imposible dejar el coche. Lo cual es malo. Y si es diésel, peor aún.

La realidad es que muchos tratamos de hacer esfuerzos, con el peso de la crisis en nuestras conciencias día con día, pero al final, nuestra parte de culpa es mínima. Yo, ciudadano de a pie, no tengo la capacidad, más allá de estas líneas, de incidir en las políticas de México. No sé si usted sí, pero la cuestión es que la culpa de la situación actual, aunque la compartimos todos, recae fundamentalmente en aquellos que más contaminan.

Igual que ocurre con la riqueza, la contaminación también se concentra en pocas manos. Las de los propietarios de las grandes industrias que desperdician millones de litros de agua para fabricar ropa que no necesitamos realmente o que liberan cantidades inimaginables de dióxido de carbono, entre otros, a la atmósfera en nombre del absurdo de identificar progreso con el crecimiento del Producto Interior Bruto.

Desde hace semanas, circula una frase en las redes sociales, de la cual desconozco la autoría, que dice: “El problema es que nos cuesta más imaginarnos el fin del capitalismo que el fin del mundo”. Es la mejor frase que se ha escrito sobre la crisis climática. Y me entristece profundamente.

marcelsanroma@gmail.com

 

 

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