Opinión


¿Nos llegó la “cruda democrática”?

¿Nos llegó la “cruda democrática”? | La Crónica de Hoy

No cabe duda de que, para una gran mayoría de los mexicanos, nuestros avances democráticos son motivo de orgullo. Dolorosamente, después de mucho tiempo se pudo dar el parto de un sistema político que privilegiara los valores democráticos, aún con las consecuencias indeseables que llegó a traer consigo. La elección de gobernantes y representantes populares apoyados por un gran optimismo en las urnas ha dejado mucho que desear, tomando en cuenta las expectativas que generó esta “borrachera democrática”.

El Índice de Democracia 2020 de The Economist Intelligence Unit (EIU), en su edición número 13, busca medir el estado de la democracia en 165 países. El año 2020 representa la mayor caída en la mayoría de las dimensiones que miden la democracia para todos los países, salvo en la dimensión de participación política. Esta caída es comparable a los puntajes de la crisis de 2008. El Índice se basa en cinco categorías: proceso electoral y pluralismo; libertades civiles; el funcionamiento del gobierno; participación y cultura política. A partir de la presencia de estas características en los países, establece cuatro categorías para los sistemas políticos de los Estados: "democracia plena", "democracia defectuosa", "régimen híbrido" y "régimen autoritario".

Para EIU, la democracia es más que la suma de sus instituciones. Una cultura política democrática se fundamenta en la legitimidad, el buen funcionamiento del gobierno y el estado de derecho. “El proceso electoral divide periódicamente a la población en ganadores y perdedores. Una cultura política democrática exitosa implica que los partidos perdedores y sus partidarios acepten el juicio de los votantes y permitan la transferencia pacífica del poder.” Este mecanismo es el que vimos trastabillar en las elecciones estadounidenses de 2020.

En ese mismo año, presenciamos cómo la pandemia contribuyó a la caída en libertades individuales, entre otras cosas porque las cuarentenas implicaron diferentes grados de coerción. El informe examina el estado de la democracia estadounidense después de un año tumultuoso dominado por la pandemia, el movimiento Black Lives Matter y unas elecciones presidenciales públicamente disputadas, que incluyeron acciones inéditas de amenaza y violencia contra importantes instituciones, como el mismo Congreso estadunidense.

Otro fenómeno destacado que tuvo lugar en el 2020, se refiere a la separación entre participación y valores democráticos, identificada con el populismo. Esto significa que el incremento en la participación no premió el respeto a la cultura de ganadores y perdedores de una democracia. El rechazo por una gran masa de votantes al estado de derecho, al pluralismo y las libertades civiles es una tendencia que continúa un proceso que hemos visto profundizarse en los pasados dos años.

Asimismo, el funcionamiento del gobierno cayó, volviéndose menos eficiente y menos transparente. La legislación para la pandemia se ha aprobado muy rápidamente con pocas discusiones, participación y apertura, mientras los ciudadanos aceptan que estas libertades fueron sacrificadas por un fin de salud mayor. Por las buenas y malas razones, los gobiernos han buscado muy poco a los ciudadanos, lo que ha lastimado la participación ciudadana y el debate de decisiones muy trascendentes. Así, Congresos y Ejecutivos tomaron decisiones con menor consulta pública durante 2020, lo que llevó a un debilitamiento del vínculo de comunicación y rendición de cuentas entre gobernantes y ciudadanos, alienando a los partidos en el poder.

Una de las tendencias positivas es la consolidación de los países asiáticos en el índice. Japón, Corea del sur y Taiwán entraron a la categoría de democracia plena. Asimismo, la respuesta agregada de la región ante la pandemia fue efectiva y oportuna. Esto ocurrió sin los confinamientos y el número de casos que las democracias occidentales presenciaron.

Pero en Estados Unidos, durante 2020, las tendencias negativas superaron a las positivas, llevando al país a una calificación de “democracia defectuosa”. El aumento de la participación política fue la principal característica de fortalecimiento democrático en 2020, con las elecciones más participativas en la historia de este país. Pero también el clima de cuestionamientos a la elección, y al proceso, no sólo en el momento posterior al resultado, sino a lo largo del año, debilitaron la solidez de la democracia norteamericana, que para muchos ha sido un ejemplo de solidez y buen funcionamiento.

El desempeño general de los Estados Unidos ha estado marcado por una pérdida de confianza en las instituciones y los partidos políticos; problemas en el funcionamiento del gobierno; amenazas a la libertad de expresión, y polarización social. La consecuencia de las guerras culturales de larga duración en los Estados Unidos y la polarización política intensificada de los últimos años es que la cohesión social se ha derrumbado y el consenso se ha evaporado sobre cuestiones fundamentales, como los resultados de las elecciones y las prácticas de salud pública.

Otra de las tendencias negativas es la apatía frente a los resultados de la Primavera Árabe. Las presiones económicas para los jóvenes que vivieron la Primavera Árabe y hoy están entrando al mercado laboral han aumentado el descontento con las instituciones democráticas. La región sufre de una concentración de monarquías absolutas, regímenes autoritarios y la prevalencia de conflictos militares; por tanto, es la región con el ranking más bajo en el Índice de Democracia.

México sigue en la categoría de Democracia Defectuosa, ocupando el lugar 72 del Índice. Desde 2019, se percibió una caída en el índice debido a las amenazas al proceso electoral y al pluralismo. Este año la caída es mayor, con una disminución en las dimensiones de funcionamiento del gobierno y libertades civiles. Siguiendo la tendencia global, la participación política en México aumenta, pero sin sustentar la cultura democrática. Si examinamos la historia del índice, se puede observar un deterioro generalizado de la democracia en México en los últimos 5 años, lo cual no deja de ser paradójico, ante el hecho de que en el 2018 se llevó a cabo una elección calificada como “ejemplo democrático” y preocupante, frente al inminente proceso electoral del 2021, con las enormes y definitivas implicaciones que supone.

Por último, el papel de Twitter y las redes sociales en la censura representó la culminación de una tendencia de las grandes redes sociales por intervenir para regular o hasta controlar el discurso público. No obstante la justificación que existió, por los riesgos que implicaba para la seguridad nacional, el retirar del aire a personas como Donald Trump, lo que se ha puesto a debate (pertinente, por cierto), son las amenazas extraestatales a la libertad de expresión.  Pero también es necesario cuestionar las pretensiones gubernamentales de hacer lo mismo, que no se han hecho esperar.

Es necesario preguntar ¿Qué tan aceptable es todo esto? Para algunos, estas redes están controlando las reglas del debate político, y con una orientación partidista. Líderes como Angela Merkel están abogando para que la regulación de las redes sociales se realice desde las autoridades democráticamente electas. Estas herramientas básicas para el nuevo poder de la opinión pública a que se refiere Alain Minc han entrado en una fase de intenso debate y cuestionamiento. Me pregunto si podríamos estar viendo ahora entonces lo que podría considerarse una “cruda democrática”.

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