Opinión


Noventa años de María Elena Walsh

Noventa años de María Elena Walsh | La Crónica de Hoy

“La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.”

Aldo Pellegrini

Rubén Bonifaz Nuño escribió que la poesía consiste en mezclar palabras distintas en ritmos justos y en María Elena Walsh se cumple la sentencia. Continuó con el oficio de Esopo y rompió la tradición de las rondas inglesas con fábulas modernas que nos enseñaron a amar la música y la vida con sus accidentes, al describir lo mismo a Bach que a la tortuga que nos permitió pensar en el exilio y en el triste deseo de encajar en los estereotipos.

Muy pocos se atreven a mostrar el llanto, el amor, la fe. Se piensa que representan debilidades. Se educa para no sentir, para disminuir el esfuerzo intelectual y conformarse. La sensibilidad ya no espera hallar la perfección, busca la aceptación social. Se trata de complacer ya no a un individuo, ya no a un grupo selecto sino a una colectividad más amplia y diversa porque la novedad es importante y la concentración es cada vez menor. Hay más lectores pero menos comprensión y, a menor profundidad, menos preguntas. Esta clase de permisividad ha provocado indolencia, tendencias criminales o puritanismo y censura.

Algunos, cuando jóvenes, encabezaban las huelgas, creían en el futuro pero por estos días desacreditan cualquier esfuerzo desde su atalaya moral. Hartos de vivir contagian la amargura.  Esa otra forma de corromper. El precio de ser un contrapeso ante el derrotismo imperante es besar el polvo. La sociedad calla al mensajero para borrar el mensaje. A pesar de todo, han existido seres que, a su paso por la tierra, han creído en el humanismo, en la poesía como causa común.

María Elena Walsh se preguntó ¿qué nos recuerda la poesía en medio de una realidad cruenta? “Lo esencial y lo misterioso, lo que está más allá de la estadística. Tiene que ver con la respiración, la observación de la vida en sus prodigios y con el silencio que facilita la sorpresa. El humanismo dice que todos los seres tienen la misma importancia y ninguno es sustituible.”

Walsh se identificó siempre como una convencida pacifista. “No me vengan con el cuento de que el mundo, que sí debe cambiar, progresará a fuerza de tiros, bombas, prepotencia y mendacidad.” Su obra incluye canciones de protesta, teatro, dibujos, poemas en los que no subestimó las inteligencias de niños y adultos. No se limitó a los tópicos de su país, fue universal porque la esperanza es un tema general. Promotora de la educación, en un registro distinto al de Gabriela Mistral, sostenía que la falta de protección por parte de los adultos durante la infancia, deviene en un regreso intermitente a conductas instintivas de autodestrucción, que motivan la necesidad de estímulos —ahora cubiertos con la integración de entornos afectivos cibernéticos— como la experimentación de prácticas autolesivas y la réplica de conductas violentas. Nos dejó claro que la causa del desplazamiento de los afectos hacia objetos no es más que la herida de abandono, y los maestros de la brutalidad somos los adultos que no toleramos la inocencia.

Los niños en el imaginario de Walsh fueron siempre una responsabilidad colectiva.

Las funciones de acompañamiento y educación, que antes cumplían los padres, han recaído en el personal de asistencia doméstica o educativa. Mientras, se busca mejorar la apariencia o el nivel de ingresos con el afán —harto paradójico— de “darles lo mejor a sus hijos”. Hoy quienes crecieron en esas condiciones ya no desean tener hijos, y si los quieren se conforman con crearles atmósferas ilusorias o fiestas escenográficas donde la fotografía es más importante que el momento, y la tecnología reemplaza a los afectos. A esto se añaden quienes eligen saciar un deseo secreto de paternidad con animales humanizados porque temen replicar el vacío que padecieron.

Habría que jugar más para enseñar a los niños a compartir y a olvidarse de lo que se da pero jamás de lo que se recibe. Demostremos que se puede gozar no sólo de lo que tiene precio, porque lo que vale no cuesta. Conversemos con ellos y seamos responsables de nuestra realización como adultos porque los niños aprenden por imitación y es mejor que repliquen el amor y la solidaridad. Enseñémosles que no será necesario trabajar si se elige bien el oficio y que aprender no puede ser una obligación ni un estímulo para la soberbia, solo un remedio estimulante para necesitar menos y ser más felices. Digamos en voz alta que leemos poesía, que leer los convertirá en hábiles viajeros y conversadores y que, si son introvertidos incluso, el ser gentiles va a facilitarles la vida. El día que funden sus propios hogares o estudien lejos de la patria que se ama como se añora la niñez, usarán de golpe toda experiencia y estarán agradecidos por haberse formado con gente que dijo a tiempo las palabras adecuadas y por haber escuchado en algún sitio las canciones de María Elena Walsh.

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