Opinión


Pachita la Alfajorera y otros espantos chocarreros del fin de siglo

Pachita la Alfajorera y otros espantos chocarreros del fin de siglo | La Crónica de Hoy

“¡Parece mentira que en las postrimerías del siglo XIX aún crea el vulgo en espantos!” Así se quejaba uno de los legendarios periódicos de la capital, El Monitor Republicano, en su edición del 14 de abril de 1893, cuando empezó a correr la especie de que cosas extrañas y fantasmagóricas ocurrían en la casa marcada con el número 6 de las Rejas de la Concepción. A la gente de El Monitor le iban a contar: habían sobrevivido, como publicación, a las grandes calamidades políticas del México decimonónico: guerras civiles, censuras, invasiones y persecuciones. Y, como por añadidura eran convencidos liberales, las historias de aparecidos y ánimas en pena les producían apenas un suspiro de hastío.

Los redactores de El Monitor se tomaron el chisme de la aparición hasta con un dejo de burla cínica, y le dejaban en encarguito a los gendarmes, para que fueran a poner en orden al ser de ultratumba que andaba incordiando en la calle de Las Rejas: “Llamamos la atención de la policía… vuelve a decirse con insistencia, por los vecinos del barrio de la Concepción, que un espectro, sin ruido de cadenas ni relámpagos, anda dando guerra por aquellos rumbos, pero principalmente en la casa número 6 de las Rejas…” 

El periódico, con todo y sus descreimientos, hizo su tarea: indagó, pues, que el mentado fantasma hacía acto de presencia en el jardincillo de aquella casa, y gustaba de entrar como un ventarrón, una corriente helada que se desvanecía en el inicio de las escaleras interiores. También averiguaron los muchachos de El Monitor que el espíritu chocarrero gustaba de molestar, en particular a una joven –“que entre paréntesis es guapa moza”, acotaba el reportero observador- llamada María. El olfato periodístico del enviado de el Monitor se encendió y llegó a una conclusión: “[María]…es la víctima de ese cupido (quisimos decir espectro) a quien debe echarle el guante la policía, para que no ande dando bromitas a las personas pacíficas”. Finalmente, parecía que todo tenía una explicación más o menos racional y para el muy prestigiado Monitor, la solución al enigma señalaba a algún apasionado galán que optara por aterrar a la mamá, a las tías y hasta a la nana y a la servidumbre, para poder hablarle dos palabras a la señorita de la casa sin interferencias incómodas.

PROLIFERAN LOS FALSOS ESPANTOS

Los reclamos de El Monitor no eran los únicos que los lectores de periódicos podían leer en aquellos, los últimos años del siglo XIX: a pesar llevar una treintena de años escuchando aquello del Orden y Progreso y mucho espíritu científico y positivo en la élite que gobernaba el país, lo cierto es que esa proclividad a las historias fantásticas, a los cuentos de aparecidos, construida en los tres siglos de virreinato, no se había logrado demoler por la cultura liberal. 

Y cuando esa misma élite política e intelectual miraba con emoción y orgullo la llegada del nuevo siglo, ahí estaban otra vez, las “consejas de viejas”, los chismes de aquellas vecindades viejas de siglos, donde las ánimas en pena gustaban de aparecer, para demostrarle a los caballeros de avanzada del porfiriato que seguían teniendo el control de algunas fibras sensibles de los mexicanos de la época.

En ese jaloneo cotidiano, donde ganarle unos cuantos metros a las creencias en lo sobrenatural se daba un día sí y otro también, no era extraño que la prensa, presumiendo de racional, se pitorreara de los miedos de las almas inocentes, que entraban en pánico por un vientecillo extraño, por un susurro en una habitación vacía, por el galope de un caballo que perturbaba la santidad de la noche.

Los periódicos se aprovechaban de aquellos sustos domésticos para combatir la superstición y el miedo. En aquellos últimos años del siglo XIX, la prensa publicó casos diversos de espantos o fantasmas aficionados a jugarle malas pasadas a los vivos. En todos los casos, se trataba de demostrar que siempre había una explicación lógica a los extraños sucesos.

A pesar de tanta racionalidad, hubo casos sonados, como el de Rosa, la muchacha a la que un “espanto” atormentaba y que se mudó con la familia cuando resolvieron marcharse y alejarse del espectro. Que podía tratarse de novios de las jovencitas era una hipótesis muy pertinente: el periódico satírico Gil Blas dio cuenta de al menos un par de casos en los que los “espantos” daban en molestar a las hijas de familia, y especialmente a ellas. 

Especialmente famoso fue el fantasma de Pachita la Alfajorera, mujer que en vida se dedicaba a fabricar aquellas golosinas. Conocida por sus malos modos y mala entraña; por su boca horrorosa de la cual salían las peores majaderías y maldiciones de la ciudad de México, nadie sintió demasiado su muerte.

Pero en 1893, cuando ya llevaba varios años en el camposanto, el periódico Gil Blas aseguró que la muerta había regresado a la vecindad donde habitó, solamente para hacerle la vida imposible a Pablo Martínez, un humilde nevero que era el nuevo ocupante de sus habitaciones.

La aparición de Pachita llamó la atención en la ciudad. No eran pocos los que recordaban a la malhablada señora. La historia del nevero atormentado por la aparición se volvió la delicia de muchos. Pablo, aterrado, intentó liar sus triques y salir corriendo de aquellos cuartos, pero el fantasma, que había regresado del más allá solamente para molestar, se lo impedía, y como diversión, dio en volcarle al pobre hombre los botes de nieve cuando el producto quedaba listo.

¿Cómo era el fantasma? ¿Era tan horrible como en vida había sido Pachita? No lo podía decir la asustada víctima. Quien habló con él, solamente sacó en claro que el espectro “era invisible”, pero con la suficiente fuerza física para hacer sus fechorías, que se diversificaron: escondía los conos, fundía los hielos, y cuando Pablo iba a entregar la golosina a un cliente, ¡zas!, la garra invisible de Pachita la tiraba al suelo.

A Pablo Martínez, Pachita lo traía a mal vivir: enflaqueció, se desmayaba por cualquier cosa. Al pobre hombre lo bañaron en agua bendita, lo sometieron a exorcismos, y ahí seguía la alfajorera, atormentándolo. Asustados, los vecinos se concentraron en apedrear la casa de Pablo, esperando que el “espantado” se fuera de una buena vez, pero corrió el rumor de que, no importaba lo lejos que se mudara, a la mañana siguiente amanecía en el maldito cuarto que había sido de Pachita. 

Y así marcharon las cosas por espacio de algunas semanas. Pero los gendarmes, espoleados por la “prensa inteligente” se dieron a la tarea de observar a la víctima de la torva Pachita… hasta que la agarraron con las manos en la masa.

Y no era un espectro, sino tres; y no se llamaba Pachita, sino Pedro Jiménez, el Jorobado, que, auxiliado por dos amigos suyos, Prisciliano Herrera y León Figueroa, decidieron hacerle al nevero la maldad.

A los tres muchachos los llevaron ante el Gobernador del Distrito Federal, para que les impusieran un buen correctivo. De Pablo no se supo, sino que había recobrado la salud, aunque no quería ni oír hablar de Pachita, la alfajorera.

 

PESE AL CAMBIO DE SIGLO, LOS ESPANTOS SOBREVIVIERON

El cambio de siglo no desvaneció las creencias en lo sobrenatural Mucho ruido causó, en febrero de 1903, un “espíritu” que dio en aparecer en el número 10 1/2 de la primera calle de la Amargura. Tanto revuelo causó, que hasta Antonio Vanegas, el célebre impresor, tomó el asunto en sus manos, para producir una hoja que se vendió como pan caliente: Se trataba de una casa de vecindad, y ahí dentro, en la vivienda número 10, habitaba la familia Gambino: don Luis, su hijo José Rosario, un pariente llamado Mariano Pérez, y la hermana de don Luis, doña Dolores. Como pequeño detalle, se supo que la señora era una convencida espírita, a pesar de las críticas familiares.

Eran mediados de febrero cuando la vecindad entera se aterró con los fuertes gritos que salían de la vivienda 10:  José Rosario despertó en la madrugada con una horrible opresión en el pecho: vio un resplandor extraño. El problema es que el muchacho dormía en un cuarto sin ventanas. Después, juró que a los pies de su cama vio la figura de un fraile, que lo miraba ceñudo. Sus gritos despertaron a todos, pero nadie pudo hallar rastro de la aparición.

Varios periódicos dieron cuenta de que el fantasma de la Amargura se apareció a otros vecinos en unas tres ocasiones más. A estas alturas, la descripción del fraile, flaco y calvo, en su severo hábito, ya tenía valor literario. Pero así como llegó, el fantasma se fue. Pero todavía en 1904, hubo quien juró ver al fraile en cuestión, cantando salmos y penando por en el número 2 de la calle de la Moneda. Después, se desvaneció, acaso abrumado por el incontenible impulso de los vientos de cambio.

 

 

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