Opinión


Panta mikra Joker

Panta mikra Joker | La Crónica de Hoy

La estampa de Arthur Fleck será el final de una década escandalosa en la que la vida solo ha sido importante si alguien la ha espiado y transmitido a las masas que hacen escarnio de los débiles.

 

“Creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; sin embargo, ahora sé que no es más que una función de la mente: una función de las mentes de quienes sufren la pérdida.”

  • William Faulkner

 

El fuego, el golpe, el hambre, el otro fuego que se abre en contra de quienes parecen semejantes, pero no despiertan con sed como el perro amarillo que busca tragar no importa qué ni dónde. El hombre es también hambre que desgarra todo para ser un poco eso que devora.

La estampa de Arthur Fleck será el final de una década escandalosa en la que la vida solo ha sido importante si alguien la ha espiado y transmitido a las masas que hacen escarnio de los débiles. El espectáculo de la miseria magnificado.

El hambre, en Ciudad Gótica, es ese eco sin respuesta, ese flotar sin raíces sobre el asfalto donde circulan todas las velocidades. Hartazgos incuantificables. Bajo ese toldo de pájaros pisados, el hambre de un solo hombre herido por su tiempo se agrava y lo hace salir para observar una realidad que destruye lo poco luminoso que en él queda. Así concluye que al poder que practica la violencia se le llama justicia y a la pobreza que cojea buscando la vida soñada se le llama crimen.

El verde, el rojo, el púrpura, señales inequívocas de la podredumbre generalizada. Fleck es el resultado de un sistema fallido que condena a los desheredados y pone a los más tristes a ejercer de payasos. Ahí, sin encontrar correspondencia alguna con una realidad que es más bien cesura para un niño sin padre, - tutelado por la televisión, al cuidado de una madre espectral - un día se sale de control para más inri. Fleck es una risa que lastima, que aterra y enternece porque es similar a los gritos de ayuda que emite el enfermo en agonía, suplicando espacios de silencio para dejar el cuerpo que le duele.

La soledad es un idioma que hablan tantos en todos los lugares y Arthur se da cuenta de ello. De pronto, se transforma en Ariosto desencadenado y no hay pasos al costado, solo queda seguir cayendo, acabar con todo lo querido.

El espectador se burla o compadece a este Quasimodo posmoderno, que transido por el desconsuelo aletea, danza para trazar las rutas del abandono que lo convertirán en el centro del caos.

 

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