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Opinión


Pasar a la historia

Pasar a la historia | La Crónica de Hoy

El presidente aspira a pasar a la historia. ¿Pero cómo quedará registrado en ella? Es un ser humano excepcional, pero no por su valor como estadista, su vocación democrática, su respeto a la legalidad o por su sensibilidad humana. No, lo es por su obsesión patológica de acumular poder en su persona.  

Su interés político personal está por encima de cualquier otro interés. Se ha convertido en un autócrata, con más poder que los antiguos presidentes del PRI. En la actualidad controla al poder legislativo, al poder judicial, al ejército, a la marina, a la burocracia federal, a varios gobernadores, a seis partidos políticos y a masas ingentes de seguidores que lo ven como salvador.  

Es mérito del presidente el haber colocado en el centro de la atención pública el problema de la corrupción que ha arruinado, efectivamente, a México. Pero en demérito suyo hay que decir que ha utilizado el fantasma de la corrupción como arma arrojadiza contra sus enemigos políticos; por otro lado, su gobierno ha obstaculizado la acción de los organismos encargados de transparentar el gasto público y él ha decidido que numerosos contratos con empresas privadas se concedan de manera directa. 

El presidente puso en el centro el problema de la pobreza, lo cual lo honra. Pero decidió ayudar a los pobres a través de mecanismos de transferencia directa de dinero, dinero que se otorga sin condiciones. Esta manera de actuar (ajena a toda idea de desarrollo humano) suscita la sospecha de que se trata de una política clientelista, con la cual se busca crear relaciones de pendencia política y fomentar el culto a la figura presidencial. 

El presidente se propuso acabar con la violencia social, lo cual es admirable. Pero para hacerlo, no acudió a un diagnóstico riguroso del fenómeno ni elaboró un plan para atacarlo en su complejidad. No lo hizo, en cambio, decidió –violando la Constitución-- dar a las fuerzas armadas el papel que desempeñaba la policía. Militarizó al país y hoy vivimos en una suerte de estado de sitio con derechos humanos bajo la sombra.  

El presidente aspira a engrandecer a México. Admirable. El inconveniente es que sólo tiene algunas ideas de cómo lograrlo, en estricto sentido, carece de un proyecto nacional. Entre sus ideas están: austeridad en el Estado, mantener el TLC, no molestar ni al gran capital ni al poder financiero, no apoyar la productividad, no hacer reforma fiscal, no endeudarnos, buscar la autosuficiencia energética y hacer inversiones grandes en el sur del país.  

El presidente quiere que todos los mexicanos lleguen a la universidad. Excelente. La dificultad es que no puede incrementar el presupuesto educativo (por la austeridad republicana). El poco dinero excedente AMLO decidió se invirtiera en becas, becas que se otorgan sin condiciones, ni reglas, ni evaluaciones. En realidad, no hay política educativa, es decir, no existe un proyecto que explique los objetivos y los medios de la acción del Estado en esta materia. 

Pero hay, finalmente, dos hechos que distinguen a AMLO de cualquier otro presidente de la historia: el primero, es el pésimo manejo que hizo de la pandemia y la insensibilidad que mostró ante la tragedia que azotó al pueblo de México; el segundo es la incomparable habilidad con la cual sembró el odio y la desconfianza entre nosotros hasta lograr que enfrentarnos unos contra otros. Su herencia --¿qué duda cabe?—va ser un México desgarrado por enfrentamientos estériles y un país más pobre y postrado por la crisis económica que ya llegó.

 

 

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