Opinión


Pedro Sánchez, un temerario calculador

Pedro Sánchez, un temerario calculador | La Crónica de Hoy

Se suele decir que lo que empieza mal, acostumbra a terminar mal. Esta semana el presidente español en funciones, Pedro Sánchez, se presentó a una sesión de investidura —después de ganar las elecciones del 28 de abril con el Partido Socialista— sin ningún acuerdo cerrado, de ningún tipo, y la jugada le salió mal. No hubo investidura, ni en primera votación, donde necesitaba mayoría absoluta; ni en segunda, donde bastaba con mayoría simple (más síes que nones). Esta situación lleva a España a la más absoluta incertidumbre política, donde el escenario de una repetición electoral como la de 2016 no es para nada disparatado.

La falta de apoyos de Sánchez en realidad era previsible, y se explica de la siguiente manera:

En el Partido Popular (PP), además de las lógicas diferencias ideológicas, existe el rencor político de la moción de censura al expresidente Mariano Rajoy que llevó a Sánchez a La Moncloa. En Ciudadanos, la relación entre su líder, Albert Rivera, y Sánchez es sabido que es mala desde hace tiempo, y en Vox no quieren saber nada de nadie que huela a rojo masón, parafraseando al dictador Francisco Franco.

Los nacionalistas vascos del PNV se inclinan más por respaldar a la derecha, mientras los independentistas de Bildu, de extrema izquierda, no quieren saber nada del PSOE. Y los independentistas catalanes de ERC y Junts per Catalunya están enemistados con quien sea que ocupe la presidencia desde la brutal represión que el Estado hizo del referéndum de independencia de 2017.

Pese a todo, ERC se mostró dispuesto a facilitar la investidura de Sánchez, pero al mandatario español le hubiera pasado factura política, incluso en su propio partido, sentarse abiertamente a negociar con los independentistas catalanes, porque la animadversión es recíproca.

Las opciones de Sánchez pasaban por lograr el respaldo del izquierdista Podemos de Pablo Iglesias, lo que parecía una alianza natural. Sin embargo, las elevadas exigencias de Iglesias y las pocas ganas del PSOE de ceder en cuestiones clave como trabajo, economía o políticas sociales torpedearon una y otra vez las pláticas.

La clásica fractura en la izquierda. Mientras Ciudadanos, PP y Vox se ponen de acuerdo en un par de cafés pese a sus amplias diferencias programáticas, PSOE y Podemos no lograron un entendimiento en tres meses. De todos modos, a Sánchez no le bastaban los votos de Podemos; necesitaba cuanto menos que ERC se abstuviera en la segunda votación. Y nada de eso ocurrió.

Sánchez sabía bien, por tanto, que sus probabilidades de lograr la investidura eran prácticamente nulas, y que el fracaso pondría en marcha el reloj del juicio final, o sin dramatizar tanto, de unas nuevas elecciones. Esto es, que hasta el 23 de septiembre los partidos tienen tiempo de ponerse de acuerdo para celebrar una nueva sesión de investidura. Si no lo logran, los españoles acudirán de nuevo a las urnas el 10 de noviembre.

El presidente en funciones tiene dos motivos para colocar la espada de Damocles sobre su cabeza. Por un lado, poner el reloj en marcha es una herramienta más de presión hacia Podemos para que claudique en sus reivindicaciones programáticas y apoye su candidatura, y por el otro, cree que, en el peor de los casos, se vería favorecido por una repetición electoral. Las encuestas indican que el PSOE sigue subiendo en intención de voto, en detrimento de Podemos, una tendencia que se disparó a raíz de la moción de censura.

Sin embargo, Sánchez está minusvalorando el riesgo de que en una eventual elección en noviembre sucediera lo que ya estuvo cerca en abril. La derecha y la ultraderecha no quedaron lejos de sumar mayoría absoluta, y una coalición entre PP y Ciudadanos ya triunfó en mayo en las elecciones de Navarra. La ley electoral D’Hondt penaliza la división del voto y, en cambio, premiaría una unión similar que aglutinara el voto de derechas en España. Vista la facilidad con la que estos dos partidos hacen lo que nadie hace en Europa —pactar con la extrema derecha— no sería una locura pensar que España podría estrenar 2020 con un gobierno escorado hacia la extrema derecha.

Un escenario así sería el resultado de los cálculos políticos temerarios de Pedro Sánchez y, por tanto, toda la culpa sería suya.

marcelsanroma@gmail.com

 

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