Cultura


Perseguidos, de Álvaro Briones

Como cada domingo en la sección “Letras Planeta”, te compartimos la recomendación de lectura de esta casa editorial.

Perseguidos, de Álvaro Briones | La Crónica de Hoy

La habitación roja, de Henri Matisse.

(Fragmento)

 

En esta embajada trabaja un torturador

—En esta embajada trabaja un torturador. Un torturador representa a Chile —se atragantaba, balbuceaba—. Un torturador nos representa ante un país hermano…

La voz de Juan quizá se escuchaba en todo el piso, tal vez en todo el edificio, aunque él quería que se oyera en toda la ciudad. Sin embargo, era probable que nada más el embajador entendiera lo que decía porque, en su angustia, las palabras se atropellaban hasta convertirse en solo un grito o, más bien, en un gruñido.

El embajador, que, para su suerte o para la de Juan, estaba solo en su oficina, se levantó apresurado de su escritorio y alcanzó a empujar hacia afuera a Macarena —quien había entrado corriendo detrás del intruso— para después cerrar la puerta. Luego cogió a su amigo por los hombros en un intento de calmarlo. Este, que por un momento pareció rendirse al gesto acogedor, acabó desembarazándose bruscamente del abrazo y puso distancia entre ambos para seguir gritando mientras lo apuntaba con un dedo acusador.

—Tú eres responsable de esta aberración, de esta inconsecuencia de la democracia, de este escupitajo a los derechos humanos. —La intensidad de los gritos comenzaba a ceder al tiempo que la sensación de desfallecimiento que lo había dominado minutos antes en el pasillo al cruzarse con ese hombre volvía a invadirlo. Sin embargo, hizo un esfuerzo por continuar—. Sí, tú eres el responsable y tienes que responder. Ese desgraciado debe irse inmediatamente de aquí —exclamaba casi ahogándose— o me voy yo, porque no pienso trabajar ni un solo segundo al lado de ese criminal. Tienes que decidir entre ese torturador o yo. Y si no lo sacas a patadas de aquí, te voy a denunciar ante Chile entero. No me importa perder esta mierda de trabajo. Y no me mires así porque tampoco me importa lo que te pase a ti, traidor.

Por último, se detuvo, porque se había quedado sin aire. Cuando logró recuperar el aliento, los gritos fueron reemplazados por un llanto bajito que trató de reprimir, pero no pudo. Cuando parecía trastabillar, el embajador aprovechó para volver a cogerlo por los hombros y lo condujo hasta el sillón más cercano.

Esa mañana comenzó para Juan con la contemplación de la Ciudad de México desde el piso 11 del Hotel JW Marriot, en Polanco. Se trataba de una vista sensacional. Juan miraba y admiraba. Se asombraba del tamaño de la ciudad, de sus colores, del azul del cielo que parecía brillar por sí mismo. Sabía que ese cielo solo podía verse a temprana hora de la mañana. Que ese resplandor del cielo y del sol más tarde sería opacado por la contaminación.

Eso se lo había explicado la noche anterior Alberto, el chofer del embajador, quien había ido a buscarlo en el vehículo personal de su jefe. «El embajador está en una recepción y va a estar ocupado hasta tarde», le había advertido y, por eso mismo, no habiendo apuros, el traslado desde el aeropuerto hasta el hotel se había hecho a un paso lento que propició la conversación y la información turística. Es necesario decir que el viaje hubiera llevado el mismo ritmo aunque no hubiese habido ni conversación ni turismo, porque la ciudad, según la primera impresión de Juan, tenía el tráfico más denso que había visto en su vida. La segunda fue que tendría que hacer un esfuerzo serio por entender el lenguaje cotidiano de los mexicanos si no quería verse constreñido exclusivamente a diálogos con sus futuros colegas de la Embajada. Y es que el habla del chofer, que casi todo el tiempo le pareció muy simpático, en algunos momentos le resultó incomprensible.

—¿Qué le parece el embotellamiento, licenciado?

—¿El qué?

—El embotellamiento, el atasco, los coches…

—Ah, el taco.

—Ja, ja. No, licenciado, el taco se come, no se monta uno encima de él. Mejor hablemos de otra cosa. Cuénteme, así que viene a chambear en la Embajada, ¿no?

—¿A qué?

—A trabajar, a trabajar en la Embajada.

—Sí, vengo a trabajar en la Embajada. Pero ¿cómo dijo? ¿Champear?

—Chambear. Híjole, parece que voy a tener que darle una shaineada a su idioma para que pueda comunicarse.

—¿Una qué?

—A ver cómo le explico… Una puesta al día a su español, que parece que es muy chileno.

—Sí, bueno, es que soy chileno y eso no tiene remedio. Y, dígame, ¿cree que me va a costar mucho esto de ponerme al día?

—Ahí veremos. Por ahora solo trate de que no se lo albureen mucho.

—¿No me albureen? ¿Y eso qué es?

—Mire, eso mejor se lo explico otro día. Ahora déjeme mostrarle: a la izquierda tenemos el Autódromo Hermanos Rodríguez, ¿lo ve? Algo más adelante vamos a doblar a la derecha para seguir por el viaducto Río Piedad, que antes era el río de la Piedad. El río lo va a ver ahorita, pero dentro de un tubo, en el centro del viaducto.

Por fin se entendieron y Juan obtuvo la información que esa mañana utilizaba para identificar lugares desde la ventana de su habitación. Así, contempló el inmenso parque que los mexicanos llaman bosque de Chapultepec y el Auditorio Nacional casi de inmediato debajo de él, al otro lado del ancho Paseo de la Reforma. Un poco más allá, en medio del bosque, dominándolo encaramado sobre una loma, podía verse el Castillo de Chapultepec, que fuera hogar de los emperadores Maximiliano y Carlota. A lo lejos, veía el World Trade Center y el gigantesco tambor del restaurante giratorio que coronaba su elegante estructura. Y un poco más lejos todavía, a su derecha, se observaba el bosque de grúas que señalaban el punto en el que avanzaban las obras que habrían de dotar al anillo periférico de la ciudad de un «segundo piso». Este —muy discutido según le informó Alberto— estaba destinado a descongestionar la aglomeración de automóviles que amenazaba con hacer del Periférico un gigantesco estacionamiento, pues quienes se atrevían a circular por él estaban condenados a avanzar a vuelta de rueda y eso cuando podían avanzar, porque ya eran famosos los prolongados «embotellamientos» que sufrían quienes se veían obligados a transitar por ahí.

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