Opinión


¿Planear? Parásitos, una radiografía social

¿Planear? Parásitos, una radiografía social | La Crónica de Hoy

Parásitos, película estrenada en nuestro país en diciembre de 2019, premiada en Cannes y ganadora del Oscar, cuenta historias en el extremo de las condiciones sociales. Dos familias que la casualidad une y que tejen una tragicomedia en medio del engaño y el chantaje, que termina con el sueño irreal, la planeación sin sustento de hacerse rico en corto plazo, que es la promesa del hijo al padre asesino que vive atrapado por las circunstancias, escondido, en un búnker de una casa residencial en una ciudad coreana.

El señor Kim, desempleado cincuentón, con bajas probabilidades de obtener un empleo formal nuevamente, como la mayoría de los trabajadores de esa edad en ese país y el nuestro, vive con su familia, sobreviviendo, con mucha estrechez en un semisótano de una vecindad en un barrio popular. El hijo se coloca como instructor de inglés de una jovencita de familia acomodada y logra, con artimañas, que también contraten a su hermana, padre y madre, pero descubren que en la casa en la que sirven hay un búnker donde vive el esposo de la desplazada “ama de llaves”.

La comedia se transforma en tragedia. La estrategia exitosa, basada en engaños, para que la familia proletaria se “aproveche” de la burguesa, llega a un final abrupto con la huida e inundación de la casa de la familia Kim. En la desolación, sus hijos le preguntan cuál era su plan para superar la adversidad y la respuesta es contundente: No tengo ninguna.

¿Planear? El Sr. Kim contesta que la previsión no tiene sentido para ellos. Sólo existe el presente. El futuro siempre es incierto y cualquier acción ordenada y con sentido acaba irremediablemente en desastre. El destino se impone a la racionalización de la vida. Los olvidados tirados en medio de un gimnasio, que sirve de refugio provisional a cientos de damnificados, aguardan sin esperanza qué les pueda deparar el presente perpetuo.

Lo importante no son los hechos. Lo realmente trascendente es la narrativa a conveniencia de los hechos. El fatalismo se impone sobre el optimismo del discurso que privilegia el ahorro y el esfuerzo como fuente de toda la riqueza. El bienestar para la familia Kim y muchas que viven al día en las goteras de las ciudades es fortuito o heredado. Los buenos tiempos se pueden ir con las tragedias que son frecuentes e implacables. La rueda de la fortuna sigue girando hasta que se detiene por la muerte o el crimen.

¿Planear en una economía emergente tiene sentido? ¿Crecer económicamente es un fin social? ¿Establecer estrategias y políticas públicas para el desarrollo humano sostenible tiene sentido? ¿De qué sirve ahorrar como sociedad durante 15 años si una política gubernamental equivocada (cancelación del nuevo aeropuerto, construcción de la refinería Dos Bocas o desaparición del seguro popular) puede consumir las reservas financieras en uno o dos años? ¿Para qué trabajar y cotizar al IMSS o el ISSSTE durante 25 años de los 20 a los 45 años de edad para obtener una negativa de pensión a los 60 años?

Mejor vivir el presente y que el presupuesto se destine a las transferencias en programas sociales. Sin mayores impuestos, ni esfuerzo. No importa que se deterioren los servicios públicos, se degrade la capacidad estatal de garantizar la seguridad y el orden o las instituciones se debiliten. Mientras la narrativa alcance para generar confianza entre los desesperados y haya oportunidad de una o dos borracheras periódicas, la planeación pasa a un segundo plano. El destino proveerá ante las adversidades inevitables en la vida de una sociedad pobre o una familia marginada.

Por otro lado la familia privilegiada, los Park, no alcanza a ver la realidad en la que viven y disponen del trabajo y dignidad de las personas por antojo o capricho. Una lluvia torrencial que arruina una diversión a la sociedad favorecida es una calamidad para los marginados y es el detonante de la tragedia en la que las pasiones y las contradicciones se manifiestan en crímenes inconcebibles minutos previos a que sucedan.

De la misma forma se comporta la sociedad. Un día, sin avisar, el resentimiento y la desesperanza se acumulan y estallan en un acto masivo de locura electoral (los fenómenos trumpiano, pejeniano y bolsonariano) o de violencia colectiva e individual (el desangramiento de nuestro país o el asesinato de Fátima) y sólo queda el conteo y control de los daños. La narrativa política fantasiosa ocupa los espacios del debate público y sólo la cuestiona una realidad muy agresiva como la pandemia que amenaza al mundo.

¿Planear? ¿Prever? No es necesario. En el discurso todo está bien y la estrategia es la adecuada. Los equivocados son quienes advierten los posibles errores y piden mayor prudencia en el gasto y en la soltura de la lengua. Hago votos porque el fatalismo no invada nuestro mundo y que todavía haya confianza en que la planeación, el ahorro y el trabajo son la auténtica ruta del desarrollo equitativo sustentable.

 

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