Opinión


Por un día internacional de las juventudes

Por un día internacional de las juventudes | La Crónica de Hoy

Mediante la resolución aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, se designa el 12 de agosto como el Día Internacional de la Juventud, celebración que promueve el reconocimiento de los jóvenes como parte activa en los procesos de cambio y trasformación; en la edificación de una educación inclusiva y accesible, y en la consecución del desarrollo sostenible, así como en la toma de conciencia del gran potencial que posee la juventud para participar en la toma de decisión, a nivel local regional y  mundial, en cuanto al desarrollo de políticas sobre temas tan álgidos como el desempleo, pobreza, adicciones, violencia, salud sexual y reproductiva, entre otros.

Los antecedentes de este día internacional datan desde el año de 1965 en que la Asamblea General de las Naciones Unidas declara la pertinencia de fomentar entre la juventud los ideales de paz, respeto mutuo y comprensión entre los pueblos; en 1975 se resalta la importancia que para la juventud tiene la participación y el desarrollo; 1985, se declara como el Año Internacional de la Juventud: Participación, Desarrollo y Paz, y en 1996 se aprueba el Programa de Acción Mundial para los Jóvenes.

Nos encontramos en una sociedad con profundas transformaciones y extensos cambios políticos, económicos y culturales que van quebrantando conceptos tradicionales y conservadores, para dar paso a otros progresistas y alternativos, contrarios a la unicidad, al verticalismo y a la inmovilidad. Así, la diversidad y heterogeneidad de nuestro mundo actual exigen analizar y abordar de manera diferenciada, pero integral, los diversos sectores del entramado social, incluso al interior de ellos mismos. 

En este contexto, hablar de Juventud en el lenguaje cotidiano, en la disertación académica e incluso en el discurso político, ya resulta ser un cliché, un lugar común, una palabra que ha sido usada en exceso e indiscriminadamente hasta la vacuidad, con lo que ha perdido su frescura, originalidad y sentido.

Se ha hablado de la Juventud de acuerdo con el lugar que se le ha asignado en la sociedad por su edad y dependencia económica; a la integración que tiene en el sistema educativo y en el mercado de trabajo; a la manera en que sirve a los intereses de los grupos en el poder, y a la capacidad organizativa y al grado de sus exigencias, pero sobre todo se ha hablado de y por la juventud desde el concepto y valoración de las generaciones adultas. 

Así, desde esta óptica y en coincidencia con otros estudios, se han construido modelos arquetípicos, entre los que se encuentran: 

El Cronológico o etapa crítica y transitoria del ser humano que debe ser modelada a imagen y semejanza del padre y la madre para que la juventud ingrese al mundo de los adultos, incluyendo la madurez sexual para reproducción y la capacidad económica para el consumo. 

El de Pertenencia, acotada a un sólo grupo social de acuerdo al rango de edad establecida como parámetro para estudios demográficos (normalmente de 15 a 29 años de edad) que pueden o no ser manipulables para fines estadísticos.

El Conductual o de una postura ante la vida, regularmente definida desde un punto de vista mental o psicológico, elementos importantes a considerar en el proceso de integración social de la juventud o de su desintegración mediante la rebeldía, la delincuencia o la apatía. Así, el mundo adulto pasa factura a la juventud culpándola de un porvenir desgraciado o reconociéndole su futuro promisorio, “como esperanza de la humanidad”.

Así las cosas, al hablar de Juventud en su Día Internacional, estamos hablando de una homogenización universal de este referente conceptual que como unidad social parecería que comparte los mismos intereses, necesidades y expectativas, sin considerar otros aspectos como raza, clase social, género, cultura o nivel de exigencia y participación comunitaria, social y ciudadana, que deben ser contextualizados en su especificidad y en un mundo globalizado, donde coexisten, en diferente grado, el desempleo, la pobreza, las adicciones, la violencia y la falta de oportunidades de estudio y trabajo.

Por Un Día Internacional de las Juventudes, exige entonces en esta realidad plural, diversa y heterogénea, más allá de las definiciones conceptuales clásicas, comprender, estudiar y acercarnos a ellas a través de nuevos paradigmas, con una nueva racionalidad holística; percibir su papel, posición y participación dentro de la relaciones comunitarias, cívicas, sociales y políticas no lineales y cada vez más amplias, complejas y entramadas que puedan confluir en la transformación que vive nuestro país, bajo un nuevo proyecto de Ciudad y de Nación, con el compromiso de la SEP e Injuve, y que a su vez converjan con el esfuerzo de otras Juventudes en busca del mejoramiento universal de la condición humana.

La juventud, hoy como en otros momentos de la historia y de las sociedades, de manera intrínseca posee un gran potencial; el solo hecho de representar  uno de los segmentos de población más numeroso incide en el rumbo de las transformaciones; los deseos e ímpetus del ser humano en la etapa de juventud han sido un factor determinante para las grandes decisiones de una sociedad y si a ello hoy, a diferencia de otros momentos de devenir histórico, añadimos el poder de las nuevas tecnologías y las formas inmediatas de comunicación, entonces el potencial es mayor y debe ser el hilo conductor hacia las verdaderas sociedades humanas.

 

 

 

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