Opinión


Primeras enseñanzas del censo

Primeras enseñanzas del censo | La Crónica de Hoy

Tenemos por fin los primeros resultados del Censo de Población y Vivienda 2020, y lo primero que hay que decir es que es un logro haberlo terminado a pesar de que se atravesó la pandemia cuando estaba todavía en curso el levantamiento. Y nos deja varias enseñanzas sobre cómo está el país y cómo cambió en una década.

Un dato que aparece y salta de inmediato, es que el número total de mexicanos es inferior a las previsiones. Somos 126 millones, cuando se esperaba que fuéramos casi 130. La razón primera es que la tasa de natalidad ha disminuido, y ahora es de 2.1 hijos por mujer en edad reproductiva. La razón de fondo está en el hecho de que la escolaridad de las mujeres ha aumentado (es el principal factor explicativo del número de hijos por mujer).

Una menor tasa de natalidad se traduce en envejecimiento nacional promedio. En este caso significa que la mediana de edad de la población pasó de 26 a 29 años y también que se está terminando de agotar el llamado “bono demográfico”, que es el periodo en el que la población en edad de trabajar supera a los económicamente dependientes.

El del bono demográfico es el plazo en el que es más recomendable hacer inversiones de largo plazo en capital productivo y humano y en el que se pueden recaudar más impuestos, en relación a los gastos de pensiones y de seguridad social. Al final del bono demográfico, las presiones sobre las finanzas públicas se hacen mayores. Estamos por llegar a ese momento.

Podemos afirmar que, en términos generales, la oportunidad que brindó el bono demográfico fue desperdiciada. Si bien, nos muestra el censo, continuó el aumento de la escolaridad promedio, que ahora es de 9.7 años, lo hizo a velocidad similar a la de otras décadas. Tampoco hubo las grandes inversiones innovadoras -de hecho han sido y siguen siendo años de descenso de la inversión pública respecto al PIB- y mucho menos una reforma fiscal que permitiera hacer frente al problema que se viene. Una proporción demasiado grande de los jóvenes que se incorporaron al mercado de trabajo lo hicieron con empleos poco productivos y, a menudo, en la economía informal.

Esa, la del bono demográfico desperdiciado, es una de las deudas de largo plazo que dejaron los gobiernos anteriores a los mexicanos y que, desgraciadamente, no podrá ser pagada.

El mantenimiento de las condiciones generales de desigualdad social no impidió la formación de dos fenómenos positivos importantes: uno es la mayor incorporación de mujeres al estudio y al trabajo; el otro es el aumento en el acceso a derechos sociales básicos y a otros satisfactores.

Por ejemplo, la afiliación a servicios de salud pasó de 65 a 74% de la población; el número de ocupantes por hogar pasó de 3.9 a 3.6 personas; el tipo de pisos de las viviendas mejoró notablemente, ya casi no los hay de tierra; 99% de los hogares tienen electricidad y 78% tienen agua entubada dentro de la vivienda. El crecimiento en equipamiento como refrigeradores, celulares o acceso a internet es exponencial (aunque aún notablemente insuficiente en lo referente a la red).

Todo esto nos habla de que en la década hubo millones de mexicanos que mejoraron su situación. En otras palabras, no es cierto que sólo haya habido desolación, violencia y pobreza. Pero también nos dice que no se cerraron todas las brechas que debieron cerrarse. Si vemos la evolución de otras naciones de similar grado de desarrollo, lo de México no es como para echar las campanas al vuelo.

Como último elemento de este análisis general, del censo puede desprenderse que, durante la década, si bien el país avanzó en lo general, lo hizo a pasos diferenciados por regiones. Se ampliaron las diferencias entre los estados ricos y los pobres en casi todos los indicadores.

Esto se refleja en un éxodo interestatal, la mayor parte de las veces empujado por la necesidad de obtener en otro lado el empleo que no hay en la región de origen. Este tipo de migración sigue siendo mucho mas común que el causado por la violencia (aunque preocupa que éste ya sea medible, y no estadísticamente irrelevante).

Llama la atención el peso que están teniendo los destinos de playa, por su oferta de empleo en el sector turístico y que, por primera vez, el Estado de México ya no sea polo de atracción. También estamos viviendo una diversificación geográfica de los polos industriales: Coahuila, Querétaro, Baja California, Puebla.

Los de adelante no corren mucho, pero los de atrás se siguen quedando. Es el caso, muy claramente, de Chiapas, Guerrero y Veracruz. Es una problemática que no se puede resolver con la multiplicación de apoyos en efectivo, sino que requiere ser abordada integralmente, para que haya inversiones y empleo.

Lo más triste del caso es que lo primero que van a notar los políticos ante ese drama y ese reto para la acción pública es otra cosa: fíjate que Guerrero, Michoacán y Veracruz van a perder diputados y los van a ganar Nuevo León, Querétaro y Yucatán, qué barbaridad.

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