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Réquiem para el músico-poeta: los románticos de México despiden con lágrimas a Agustín Lara

Era el amanecer de la agitada década de los setenta; México miraba hacia el mundo, se sabía moderno y la vida era pop, en la ropa, en el cabello largo muy en uso por los varones jóvenes, y en la música, inevitablemente. Pero cuando aquel hombre larguirucho, con una cicatriz en el rostro que era parte de una leyenda, se fue al mundo de los muertos, ese romanticismo que algunos creyeron olvidado, resurgió e inundó las calles de la Ciudad de México.

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No podía ser de otra manera. Agustín Lara, El Flaco de Oro, era uno de los grandes personajes del siglo XX mexicano, y los cientos de canciones que escribió marcaron la vida emocional de millones de personas. Presente en los escenarios musicales de nuestro país desde los años veinte, hasta su retiro, en 1968, nadie, por joven o por exitoso que fuera, opacaba todavía el esplendor de la buena estrella que siempre acompañó a aquel hombre larguirucho, famoso por sus canciones y famoso por sus amores.

Lara llevaba en el bolsillo docenas de leyendas acerca de ese México sentimental y bohemio que se había construido en los bares, en algunos centros nocturnos, algunos respetables y en otros nada respetables, y que, por medio de la compañera indispensable de los mexicanos de la primera mitad del siglo, la radio, se había metido en los hogares y en los corazones de muchos.

Era 1970. El hit musical de aquel año, La Nave del Olvido, era interpretado por un joven veinteañero, cuyo nombre de guerra era José José. La moda se cifraba en gruesas plataformas en el calzado, en los cabellos largos, las “greñas” de los hombres jóvenes, las faldas minis se estaban volviendo midis o incluso más largas, y un nuevo concepto, hasta entonces desconocido en la cultura nacional, “unisex”, venía a perturbar la tranquilidad de las buenas conciencias tradicionales, que aún no se reponían de los intensos años sesenta. Entonces se supo: El Flaco de Oro, el queridísimo Agustín Lara, había sido internado en el Hospital Inglés, y los pronósticos eran pesimistas.

Nadie se hacía muchas ilusiones respecto al estado de salud de Lara. Si se le hacía caso a los datos esenciales de su biografía, contada por él en numerosas ocasiones, tenía ya 70 años, que, en aquella época, cuando la esperanza de vida del mexicano era de poco más de 61 años, era ser ya un anciano. En 1968 se había caído en su hogar, y se había fracturado la pelvis. Entonces, como ahora, una lesión de ese tipo traía consigo fuertes desequilibrios físicos y nerviosos para el paciente. Así, los últimos tiempos de Agustín Lara habían estado marcados por la decadencia física y el dolor.

Era noviembre de 1970 cuando se supo: El Flaco de Oro estaba internado en el Hospital Inglés. La causa, un derrame cerebral. Los leales a las canciones de Agustín Lara comenzaron a contar las horas, a esperar un desenlace de lágrimas y de algo que se parecía al duelo nacional. Tiempo hubo para que la prensa de la época trabajara notas donde se abundaba en ese medio siglo en el que ese hombre, con la cara marcada por una notoria cicatriz hecha por mano femenina, se había impuesto como el más notorio e importante compositor medio del país.

El México que se había construido a lo largo de medio siglo llevaba en el corazón el estilo Lara, el sonido Lara. A pesar de los ritmos intensos y trepidantes que habían puesto a bailar al país, como el mambo y el cha-cha-chá; a pesar de la irrupción de las “exóticas” de los cincuenta o de las chicas go-gó de los sesenta, las canciones de Agustín Lara todavía permitían evocar a mujeres cuya mirada era invitación; rostros con un toque de misterio por el desvelo y el humo del cigarro, y pasiones inolvidables que se resolvían entre la música de un piano.

Ese era el mundo que parecía disolverse en el tiempo, a medida que la vida se le escapaba a Agustín Lara.

LA VIDA EN 450 CANCIONES. Del fox-trot al tango; del vals al huapango, el pasodoble y el chotís, de la melancólica mazurka al inmortal bolero. Así podría resumirse la vida musical de Agustín Lara, pues compuso grandes piezas en consonancia con los ritmos y los estilos que pasaron por su vida. Muchas de sus canciones ya se asociaban, en los días de su muerte, con una época de oro cinematográfica nutrida melódicamente por las grandes estrellas de la radio, que eran los amos de la música popular.

Y aunque algunos productores quisieron subir a Lara y a algunos colegas suyos —como Pedro Vargas— al tren de la música moderna y a ese nuevo ritmo que ponía a temblar a todos, el rock and roll, pretendiendo, incluso que Lara bailara esas novedosas melodías, a esas alturas de la vida, el prestigio y el aura romántica del compositor era algo tan sólido, que aquellos coqueteos con el rock fueron pasajes sin importancia.

Porque en los años veinte, con Imposible y Mujer, El Flaco había marcado el modelo de bolero romántico que perduró por décadas. En los años treinta, que fue su periodo de producción más intenso, compuso Santa, la canción que arropó a la prostituta creada en el porfiriato por el escritor Federico Gamboa, y que logró saltar al siglo XX en la primera película sonora que se produjo en México. De esos mismos años treinta son Aventurera y Granada. En la década de los cuarenta encantaba a sus admiradores de otros países con Madrid, y encantó a los sentimentales con la canción que le regaló a una de sus mujeres, nada menos que María Félix, a quien, con María Bonita, le pedía que se acordara de aquellas noches en Acapulco.

Fueron éxitos importantes, en los años cincuenta, sus canciones Te vendes, Aquel amor y Tengo ganas de un beso.  La fuerza de su popularidad le permitió remontar el escándalo que organizaciones como la Liga de la Decencia armaban por sus letras, a las que tachaban de “inmorales”, y a las que intentaban boicotear con escasos resultados. Eterno aficionado a las corridas de toros, fueron célebres los pasodobles que compuso para toreros como Silverio Pérez y El Cordobés. Ante el poderío musical de Agustín Lara no había diferencia política que valiera. En 1965, el dictador español Francisco Franco, obsequió al Flaco una bella casa en Granada, en señal de agradecimiento por las hermosas canciones que había compuesto, dedicadas a diversas ciudades españolas, como “Madrid”, “Granada”, desde luego, “Sevilla”, “Toledo” y otras más.

En los años sesenta, Lara seguía componiendo. Son de esa época Casita blanca, Estrella solitaria, una ranchera, A poco no, y Rancho de Texas, de 1967. Era muy difícil, tres años después, que algún mexicano adulto o joven adulto, permaneciera indiferente ante el inminente fallecimiento del ídolo.

EL MULTITUDINARIO ADIÓS. Agustín Lara cayó en coma el 3 de noviembre de 1970. Proliferaron, en la prensa, notas y reportajes que daban cuenta de su vida, de sus éxitos, de sus amores, de sus leyendas. Pero son los tiempos del periodismo televisivo, audaz como la nueva década: un joven reportero, Joaquín López-Dóriga, logra entrar al Hospital Inglés donde se encuentra el compositor. Las imágenes se dan a conocer en el noticiario “24 Horas”, que conducía Jacobo Zabludovsky. Se anotan un éxito periodístico, mientras el hospital anuncia que pretende demandar al noticiario de Telesistema Mexicano por quebrantar las reglas de la institución.

Un segundo hit noticioso se da en esas horas: “24 Horas” da a conocer un acta de nacimiento, que muestra que Agustín Lara ni es de Tlacotalpan ni tiene 70 años; es nativo de la Ciudad de México y nació en 1897, es decir, tiene 73 años. “Muchos sabemos que Agustín gustaba de inventar historias; era un tanto mitómano”, alega el columnista de espectáculos Raúl Velasco. En realidad, la prensa y el país entero esperan ya la muerte del compositor.

Como suele ocurrir, aparecen personajes del pasado: el muchacho López-Dóriga encuentra a la que fue primera esposa de Lara, Esther Rivas, que sin muchas vueltas, lanza la provocación: Agustín se casó con ella en 1917, y por la iglesia: en consecuencia, cualquier otra señora que haya tenido matrimonio religioso con El Flaco de Oro, es cómplice de algún extraño manejo de sacerdotes poco escrupulosos. No obstante, no piensa acudir al lecho de muerte del enfermo. “Esa mujer” —se refiere a la esposa de Lara— debe estar ahí y no hay necesidad de situaciones “vergonzosas”.

Finalmente, la muerte se lleva a Agustín Lara el 6 de noviembre de 1970: su foto llena la primera plana de los periódicos, y las fotografías de los empleados de la agencia funeraria que trasladan el cuerpo del compositor circulan con amplitud.

El homenaje final al Flaco llena la vida nacional: sus funerales son, en sí mismos, un espectáculo que conmueve e impresiona: son miles los que se plantan en alguno de los tres puntos por donde pasará el ataúd del artista: primero en la sede de la Sociedad de Autores y Compositores, después al Palacio de Bellas Artes y al final, en directo, mediante un decreto del presidente Gustavo Díaz Ordaz, a la Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón de Dolores en la Ciudad de México.

Sólo han transcurrido dos años de la muerte de Javier Solís, y las multitudes en las calles vuelven a ser noticia: son miles los que se quieren despedir del Flaco de Oro. Le cantan, le lloran, le reclaman su partida. La Sociedad de Autores y Compositores anuncia que, contra su tradición interna, no habrá mascarilla mortuoria de Agustín Lara, para que la gente lo recuerde como fue en vida, y no como un anciano derrotado por el dolor.

La llegada al Palacio de Bellas Artes es caótica, superados los policías y los granaderos por la gente: la primera guardia, en un vestíbulo abarrotado, donde sólo falta que los dolientes ganen lugar en los barandales de las escalinatas, algo dice de la importancia de Agustín Lara: ahí están algunos de los hombres más notables de la cultura mexicana: José Luis Martínez, Salvador Novo, Pedro Vargas y, en representación del presidente Díaz Ordaz, el jefe del Departamento del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal.

Pero si bien se da ese reconocimiento de las altas esferas de la vida pública y cultural, afuera se desborda el llanto y la emoción; y el largo camino al Panteón de Dolores está lleno de gente, en Reforma, en Constituyentes, en esos metros que van de la puerta principal del cementerio a la fosa preparada en la Rotonda. No hay nada que discutir: a pocas horas de haber entrado en el mundo de los muertos, Agustín Lara también entra, por la puerta grande, al espacio de los consagrados de la vida nacional.

Esa misma noche, dos de los grandes intérpretes de las canciones del Flaco de Oro, Toña la Negra y Pedro Vargas, arrancan temporada en un centro nocturno de primera, con aquellas canciones que volvieron a aquel capitalino trasmutado en veracruzano uno de los indispensables de nuestra educación sentimental.

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