Opinión


Réquiem para una revolución extinta. Segunda Parte

Réquiem para una revolución extinta. Segunda Parte | La Crónica de Hoy

Busco en mis libreros de literatura iberoamericana un libro del escritor cubano Eliseo Alberto, Lichi, Informe contra mí mismo editado por Alfaguara en 1997. Es un libro fundamental, porque analiza sin tapujos, con objetividad, los intríngulis, entre otros asuntos, del espionaje en Cuba.

En ese país donde muy poco saben los cubanos de lo que ocurre en el mundo, hay una telaraña de escuchas que, como en la Stasi de Berlín oriental, antes de la caída del muro, el escrutinio se refleja en el espejo: los informantes se ven a sí mismos y surgen en el aire informes biográficos, dudas ideológicas, resquemores sobre el régimen.

En mi entrega anterior cité el libro Si te dicen que caí del escritor español Juan Marsé, que daba cuenta  de cómo se delataban los españoles durante el franquismo. Conté que varias veces ese libro fue sustraído de mi casa, así como descubro esta mañana del miércoles 21 de julio, que me faltan dos libros de Lichi: el ya citado y Caracol beach, novela con la que ganó el premio Alfaguara de 1998.

Hmm, me digo, esta vez no hubo mano negra. Mi finado marido leyó a Lichi y a Padura antes que yo. Cuando nos separamos, él  arrampló con lo suyo. Ni modo. Hoy, Informe contra mí mismo se encuentra agotado y en Amazon costaba ayer tres mil y pico de pesos y ahora 700. Ya lo obtendré.

Mi tema es Cuba, como sea. “No sabíamos, dice Julieta Campos en su novela de largo aliento La forza del destino (Alfaguara, 2003), que  utopía y naufragio eran una y la misma palabra”. Así sucedió. La revolución cubana se hundió. Ha vivido 62 años de dictadura. Eliseo Alberto se exilió en México y, cuando uno lo veía ( poco interactué con él, unas tres veces en la Feria del libro de Guadalajara), descubría a un hombre taciturno, que hablaba poco.

El exilio pega en el alma. La habanidad, de la que hablaba y escribía Guillermo Cabrera Infante, era su fijación. La cubanidad para muchos cubanos también lo es: Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, Abilio Estévez, mi amiga poeta Odette Alonso y muchos más.

Leonardo Padura, sin embargo, y su personaje  Mario Conde, se aferran a la isla. Son críticos de la dictadura, pero no se refugian en otro país. Los homosexuales, sí, porque fueron perseguidos por Fidel Castro. Severo Sarduy tuvo la suerte inmensa de entrar en París por la puerta grande: Roland Barthes, eminencia del estructuralismo, fue su pareja.

¿Y qué pasa en la isla? Que vivieron de la URSS cuando existía y luego de Venezuela cuando tenía cómo apoyarlos. El naufragio venezolano es otro, también brutal, también doloroso. Ante la crisis económica, la falta de remesas, el embargo famoso que parece el culpable del abismo, de la falta, pero que no explica todo ni mucho menos, los cubanos sufren escacez. La revolución se jodió, chico, desde el principio. Cito a Rubén Cortés, periodista y narrador cubano (Pinar del Río, Cuba, 1964) residente en México y citado a su vez por Gil Gamés en el diario Milenio, el pasado 16 de julio:

“A cuatro generaciones de mi familia el gobierno de Fidel Castro les dijo que debían vivir al mes con dos kilos de arroz, medio de chícharos, medio de frijoles, uno de sal, dos de azúcar y un cuarto de aceite; cinco huevos y cinco onzas de café; un pancito diario y un muslo de pollo cada dos o tres meses. También asearse con una barra de jabón por persona y un tubo dentífrico por familia cada tres meses” (del libro Cuba sin ti. Memoria del olvido, Cal y arena , 2019).

Nada de esto observa uno cuando visita la isla como turista. Mi familia y yo viajamos a Cuba hace más de una década. El país es extraordinario, a pesar de su escenario decadente. La habanidad repica y se mete en los huesos.

En plena pandemia, sin medicinas, sin vacunación, haciendo filas larguísimas para obtener apenas algunos alimentos, sin el dinero extra y necesario que dejaba el turismo, bajo la bota dura del muy poco revolucionario, más bien apolillado, e inamovible discurso del régimen, los cubanos en toda la isla tenían que estallar, que salir a las calles y expresarse. Eso, como sabemos, ocurrió el domingo 11 de julio. Los reprimieron, sí, a palo duro, Como escribió  Joaquín Villalobos en el diario español El País, el 14 de este julio : “Quizá estas protestas no sean el final, pero sí pueden ser el principio del fin”.

El mito de la isla socialista, feliz y novedosa, se derrumbó. Quien lo apoye no ve más allá de sus narices porque surge de ala conservadora de la historia. Como dice la canción de Descemer Bueno, Gete de la Zona y Yotuel (siempre divertidos los nombres cubanos):

Bombo y platillo a los quinientos de la Habana

Mientras en casa en las cazuelas ya no tienen jama

¿Qué celebramos si la gente anda de prisa?

Cambiando al Che Guevara y a Martí por la divisa

(…)

No más mentiras

Mi pueblo pide libertad, no más doctrinas

Ya no gritemos patria o muerte  sino patria y vida

Y empezar a construir lo que soñamos

Lo que destruyeron con sus manos.

Espero que el tránsito, que se dará más temprano que tarde, sea lo más tranquilo posible, sin actos heroicos sino en una sola voz acompasada por todos. ¡Viva la cubanidad, viva Cuba libre!

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