Cultura


Respirar por la herida, de Víctor del Árbol

Eduardo se acercó a la ventana. El parque infantil al otro lado de la acera estaba desierto; causaba extrañeza contemplar los columpios meciéndose sin niños, los bancos de madera mojados sin abuelos, los charcos en la arena donde nadie chapoteaba..

Respirar por la herida, de Víctor del Árbol | La Crónica de Hoy

CAPÍTULO 1

Seis meses antes, enero de 2005.

Eduardo se acercó a la ventana. El parque infantil al otro lado de la acera estaba desierto; causaba extrañeza contemplar los columpios meciéndose sin niños, los bancos de madera mojados sin abuelos, los charcos en la arena donde nadie chapoteaba... Los días de lluvia acentuaban su certeza de que una distancia insalvable lo separaba de las cosas que parecían importarles a los demás. Y nada podía mitigar esa sensación.

Ladeó la cabeza hacia el interior del despacho: estantes de formica, archivadores repletos y libros de medicina forense. En un rincón había una maceta de barro con un geranio que se estaba muriendo.

Cerró los ojos. Al abrirlos, Martina continuaba sentada tras la mesa con una actitud infranqueable. Su rostro podía invitar engañosamente a la dulzura o a la fragilidad. Uno sentía querencia inmediata por esa sonrisa, pero Martina sonreía poco. El juego de luces de una lámpara sobre el escritorio atenuaba la expresión dura de sus labios apretados.

— ¿Va a escribir todo lo que diga?

Ella asintió, cruzando los brazos.

— Para eso son el bolígrafo y la libreta.

— ¿Por qué no firma el informe de visita, me receta la medicación y nos despedimos amistosamente? Los dos sabemos que estas charlas son una pérdida de tiempo, doctora.

Martina se tocó el puente de las gafas. Le temblaba imperceptiblemente el bolígrafo entre los dedos. ¿Qué clase de perfume utilizaba? Sin duda, algo con un componente cítrico, muy atenuado. No era desde luego una fragancia que dijera demasiado acerca de ella.

— A mí no me lo parece en absoluto. Me importa, y mucho, lo que hacemos aquí.

Eduardo sabía que mentía; para hacerlo de modo convincente lo primero que hay que aprender es a dominar las expresiones del rostro, y no todo el mundo es capaz de hacerlo: los ojos de la doctora tenían una mirada demasiado escéptica. No le caía bien. Cuestión de empatía. La relación entre ambos había sido desde el principio incómoda, como una pareja mal avenida forzada a compartir un par de horas al mes, donde no se discutía y en la que cada cual tenía su sitio.

Acarició la superficie lisa de la mesa, trazando el sinuoso cauce de un río imaginario sobre una fina capa de polvo.

— Muy bien, ¿qué quiere que le cuente esta vez?

Martina se concentró un instante en las cicatrices de sus muñecas. Al percatarse, Eduardo las escondió bajo los puños de la camisa.

— ¿Qué tal va la adaptación a la vida corriente? —preguntó la doctora, ciñéndose al guion escrito.

«La vida corriente, menuda expresión», pensó Eduardo. Para él la muerte consistía en ir perdiendo la costumbre de vivir.

— Me hospedo en un edificio de apartamentos en la calle San Bernardo, el alquiler es barato, el sitio tranquilo y la casera es buena mujer. No hace preguntas. Pinto algunos retratos por encargo para Olga y gano para ir tirando. No me va mal, supongo.

— ¿Y qué hay de sus sentimientos?

— Mis sentimientos están en su sitio, descuide.

— Y ese sitio, ¿cuál es?

— A buen recaudo.

Martina anotó algo y a continuación cruzó los dedos sobre la libreta, mirándolo con curiosidad. Tal vez fingida, tal vez cierta.

— ¿Y qué hay de las pesadillas?

Eduardo aprisionó los párpados con los pulgares.

—Oiga, doctora, ¿en serio pretende seguir con esto?

— ¿Por qué no me dice lo que sueña? —insistió Martina.

Eduardo hizo un gesto dubitativo.

— No lo sé, cada vez es diferente.

— Cuénteme la última.

— No sé ni por dónde empezar.

—Por el principio.

«Las pesadillas no tienen principio ni tampoco final», pensó Eduardo.

En la suya aparecía un niño bajo la lluvia. Su rostro era inconcreto, como el apunte de un retrato emborronado con una esponja húmeda que descorría los colores y los contornos. Tal vez tenía siete u ocho años. Estaba en un camino embarrado, descalzo y con el torso desnudo, vestido únicamente con un pantalón deshilachado. Se adivinaban las costillas bajo la piel sucia y una red de venas que se enfilaba como las ramas de un árbol desde las piernas hasta el cuello. Todas palpitaban a la vez, como un río de magma subterráneo. Miraba hacia lo alto de la colina anticipando que algo iba a suceder de un momento a otro.

Detrás de la niebla emergía un hombre corriendo, demudado por el pánico. Lo perseguían dos enormes mastines babeantes con collares de pinchos y los ojos amarillentos. El hombre corría volviendo la cabeza atrás, y aunque sus zancadas eran poderosas los perros le recortaban distancia muy rápidamente. En cualquier momento iban a darle alcance.

Por fin, tras una angustiosa carrera colina abajo, el hombre se detenía con los brazos abiertos, como si no pudiera hacer otra cosa o como si ya se hubiera cansado de huir. Era su manera de decir que se plantaba, que no iría a ninguna otra parte. Los perros, tal vez sorprendidos, aminoraban el esfuerzo avanzando ahora hacia él con movimientos de merodeador. Gruñían mostrando los colmillos. Hombre y bestias se medían a escasos metros, hasta que, llamados por un resorte instintivo, los perros saltaban al unísono sobre él, que apenas utilizaba las manos como parapeto inútil para detener las primeras dentelladas. La embestida lo lanzaba al suelo y los perros se enzarzaban en una carnicería confusa de mandíbulas, crujidos de huesos, batir de patas y gritos.

En pocos segundos lo habían destrozado, pero todavía respiraba. Un hilo de sangre le brotaba de la boca y brillaba al entrar en contacto con la lluvia. Miraba al cielo y, a pesar de estar agonizando, sonreía con un gesto benevolente; luego estiraba la mano y abría los dedos, cerrándolos a continuación en un puño que no era amenazante, sino más bien la voluntad de asir el aire, de tirar de él para seguir respirando.

— ¿Satisfecha? ¿Me puede recetar ya la medicación?

— ¿Qué significado tiene para usted, Eduardo?

Él se encogió de hombros.

— Usted es la experta, lo pone ahí, en su diploma. Yo solo soy el conejillo de indias.

Martina consultó disimuladamente el reloj. Faltaban cinco minutos para terminar la consulta, y en el vestíbulo esperaba la siguiente visita. Agradeció poderse quitar de encima a Eduardo. Aquel tipo la incomodaba demasiado.

Mientras rellenaba las recetas con un gesto administrativo, le advirtió con un tono neutro que no abusara del alcohol si tomaba Risperdal. Eduardo no hizo comentario alguno, pero la doctora vislumbró la sombra de algo inquietante en su expresión. A veces las miradas de Eduardo eran como puños que golpeaban la boca del estómago.

 

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