Opinión


Roma

Roma | La Crónica de Hoy

No se hablará de otra cosa el próximo lunes, incluso en la conferencia de prensa matutina del Presidente de México. Este fin de semana las redes sociales estarán a tope con el tema, y por la noche del domingo millones de mexicanos estaremos pendientes de la ceremonia de entrega de los premios Oscar. Roma y Alfonso Cuarón confirmarán en las próximas horas —como ya lo han venido haciendo en los últimos meses— la fortaleza y el peso de la cultura contemporánea de México, su carácter universal y cosmopolita, lo mexicano como un puente que conecta la particularidad de un país con un lenguaje y una sensibilidad mundiales, sin fronteras.

Aquí algunas reflexiones sobre el tema del momento:

Hay quienes se preguntan cómo una película que alude a un tema tan local como el de una familia de clase media mexicana en el arranque de los años setenta, un mural saturado de guiños históricos, detalles visuales y sonoros que al parecer sólo podrían ser decodificados generacionalmente, pudo alcanzar tal nivel de recepción y aceptación internacional.

Sostengo que tal es la condición principal de una creación verdaderamente universal. A una obra de arte —en la música, en el cine, en la pintura, en la literatura— a la que definimos como un clásico, lo hacemos por su capacidad para ser leída, entendida o apreciada en épocas, lenguajes y contextos diferentes al que la crearon, porque dicha obra toca fibras y alcanza registros que trascienden por mucho el tema y el lugar del que se partieron al momento de su gestación.

Macbeth por ejemplo, el clásico de Shakespeare que cuenta una historia escocesa de ambición por el poder, brutalidad, locura y decadencia, fue escrita en la Inglaterra de principios del siglo XVII, y sin embargo su universalidad le ha permitido que pueda ser adaptada al Japón feudal de los samuráis por el director de cine Akira Kurosawa (Trono de Sangre, 1957), o bien como una extraordinaria pieza teatral sobre la Revolución Mexicana escrita por Antonio Zúñiga (Mendoza, 2014).

Las obras clásicas le hablan a un público de todos los tiempos, establecen vínculos con sus espectadores y críticos desde un plano de comunión, confrontación o complicidad acaso insospechado por sus propios autores a la hora de concebir y ejecutar sus creaciones.

Los Olvidados de Luis Buñuel (1951) es una película que describe los horrores de la miseria y el egoísmo en la Ciudad de México de mitad del siglo XX, los años dorados de la modernización alemanista y el llamado “milagro mexicano”, pero va mucho más allá de ser un retrato de época o de ser una mera denuncia de su presente. Cuando el gobierno mexicano, corto de miras, quiso impedir que la película se presentara en competencia en el Festival de Cannes, no alcanzó a comprender el carácter universal de esta obra maestra que muchos años después fue declarada parte de la “Memoria del mundo” por la UNESCO.

Roma es pues mucho más que el retrato de una familia y de una época, es en efecto un paseo autobiográfico de una profunda intimidad, pero es también un viaje memorioso a los territorios de la infancia, un cuadro de familia —atroz y conmovedor al mismo tiempo— y la nueva, reincidente, puesta en escena de uno de los lastres de todos los tiempos: la desigualdad, la discriminación, la división de clases. Todos ellos temas universales, contemporáneos, vigentes.

A Roma, curiosamente, le ha pasado lo mismo que a la novela Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (1998), acaso la novela hispanoamericana mas influyente de las dos últimas décadas. Ambas remiten en apariencia a un tema muy local, pero en la reconstrucción meticulosa de esa localidad hay un propósito mayor, trascendente.

Los Detectives Salvajes cuenta la historia de un grupo de poetas y escritores marginales en el México de la década de los setenta: los infrarrealistas. Bolaño, un chileno en el exilio que formó parte de este grupo antes de elegir Barcelona como su última ciudad de residencia, retrató en la novela los excesos, pasiones y guerras de un grupo de artistas enfrentados al poder hegemónico de quienes detentaban en aquel tiempo el poder en la cultura mexicana, con Octavio Paz a la cabeza.

Saturada —al igual que Roma— de guiños a la realidad mexicana de la década de los setenta, el lenguaje de la novela de Bolaño está cargado de tal cantidad de argot chilango que parecería imposible su traducción a otras lenguas. Y sin embargo la obra se ha traducido a casi todos los idiomas y ha encontrado en todo el mundo lectores capaces de asimilar su riqueza como una obra mayor, una novela universal.

Los Olvidados fue dirigida por un español, Los Detectives Salvajes fue escrita por un chileno, y el director de Roma es un mexicano que reside hace tiempo fuera de su país. Fronteras, nacionalidades y pasaportes se diluyen en el mapa de la creación universal.

Roma viene, además, antecedida por el que ha sido sin duda alguna el momento más relevante para el cine mexicano en su proyección internacional. El siglo XXI es el siglo del cine mexicano de estatura cosmopolita. Lo que han logrado Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y el propio Cuarón, como también los premios que han obtenido en los principales festivales del mundo Carlos Reygadas, Amat Escalante y Michel Franco, son de algún modo una expresión de esa otra manera en que tenemos que concebir el concepto de lo mexicano en nuestro tiempo, como un lugar de fronteras e identidades diluidas, un territorio en expansión, un espacio que pone lo marginal al centro, que reivindica el valor universal de lo particular.

 


@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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