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Romances entre la leyenda y la realidad: monjas enamoradas, fantasmas, azares crueles… y un virrey

En las muchas leyendas que los mexicanos conocen, heredadas de siglos, hay, quién lo duda, algunos gramos de realidad. No faltan los amores, generalmente frustrados, desgraciados, en el cofre de historias que nos legó el pasado novohispano. De algunos, sabemos que sí ocurrieron, y que la dureza de los hechos convirtió a sus protagonistas en personajes de leyenda de aparecidos. De otros, existe apenas una noticia, un dato, que, entonces, como ahora, dio pie a la imaginación y al tejido de una historia romántica, que, perfumada de melancolía, sobrevive hasta el siglo XXI.

Romances entre la leyenda y la realidad: monjas enamoradas, fantasmas, azares crueles… y un virrey | La Crónica de Hoy

En estas historias, sólo un protagonista tiene rostro: el marqués de Valero. De la monja María de Ávila nada se conoce, tanto por ser suicida como por pertenecer a una familia proscrita.

De algunas historias de amor, apenas quedan huellas. Brotan como tramas secundarias de los sucesos que suelen aparecer en las relaciones de hechos de la historia política. A veces, están ocultas en las entretelas de los juicios de residencia, en los testamentos. Otras veces, son opacadas por la brutalidad de un castigo, la contundencia de una revuelta sofocada, la dureza de un proceso inquisitorial. Es muy probable que tales amores nunca hayan ocurrido, pero es suficiente una rareza, una indicación inusual, una inscripción enigmática, para que la imaginación colectiva —la loca de la casa, de muchas casas— se alborote, corra, vuela y teja un relato que llegue a los corazones de quienes, entre tantas lágrimas, conflictos y guerras, buscan la huella del amor.

Así son estas leyendas. En ambas, aparecen las sombras de monjas atenazadas por sentimientos que las atormentan. Pero, mientras una se convierte en fantasma doliente; de la otra, si existió, ni siquiera conocemos su nombre, pero se desvaneció en el tiempo y de ella sólo sabemos por lo que pudo, acaso, haber inspirado. Gotas de realidad que se transforman en el perfume legendario de los amores que no pudieron ser.

Convento Corpus Christi.

EL SUICIDIO DE MARÍA DE ÁVILA. Muchos mexicanos han oído hablar de la “Conspiración del Marqués del Valle”, aquel intento de rebelión de los descendientes de los conquistadores, ocurrido a mediados del siglo XVI, inconformes porque las “Leyes Nuevas” ordenaban la liberación de los esclavos, y las encomiendas, dejaban de ser una asignación heredable y a perpetuidad.

Entre tensiones y reclamos de los conquistadores que aún vivían y de los herederos de los ya muertos, una maniobra astuta y rápida del primer virrey, don Antonio de Mendoza, puso en vigencia las Leyes Nuevas en 1544, pero dos años después se flexibilizaron: las encomiendas durarían no “una vida”, sino dos; es decir, serían heredables a los hijos de los conquistadores. Desde luego, que esta comunidad no solamente se sentía despojada; se sentía despreciada por la corona española, que había ganado gloria y beneficios gracias al esfuerzo de los hombres que habían participado en la Conquista.

Las inconformidades hallaron cauce al llegar a la Nueva España, en 1563, Martín Cortés y Zúñiga, Marqués del Valle de Oaxaca, hijo legítimo de Hernán Cortés. Venía acompañado de su medio hermano, también llamado Martín. Se trataba del mestizo, hijo del conquistador y Malinalli, doña Marina. Ellos se vieron envueltos en una conspiración de encomenderos y criollos, que aspiraban a nombrar a Cortés y Zúñiga Capitán General de la Nueva España, aprovechando la muerte del virrey Luis de Velasco “El Viejo”, para que, junto con la Audiencia, gobernaran la Nueva España, extendiendo sus privilegios y la existencia de las encomiendas. Aspiraban a hacerse del poder el 13 de agosto de 1566.

Pero como es sabido, el complot fue delatado. La Audiencia se movió con rapidez, aprehendiendo al Marqués, a su hermano, el mestizo, y a su otro hermano, Luis Cortés. También fueron presos sus seguidores más principales. A todos los sentenciaron a muerte, pero la mediación del nuevo virrey, Gastón de Peralta, salvó la vida de los hijos de Cortés, quienes fueron enviados a España.

Pero nadie intervino a favor de los hermanos Alonso y Gil de Ávila, de los más notorios conspiradores. Les confiscaron todos sus bienes y se les llevó, sin más trámite, a la Plaza Mayor, nuestro Zócalo, donde un verdugo no muy ducho los decapitó, haciéndolos sufrir de más a causa de su poca pericia.

Como se pretendía que el escarmiento fue ejemplar, se demolió el hogar familiar de los de Ávila, y el terreno, la esquina de las calles que hoy se llaman República de Guatemala y República de Argentina, se regó con sal para que nada creciese ahí de nuevo. Se dejó, eso sí, una inscripción infamante, que daba cuenta de los sucesos y que sobrevivió a la demolición y al resurgimiento del Templo Mayor.

Pero algo más sobrevivió. Una crónica escrita por un criollo, testigo de los acontecimientos: Juan Suárez de Peralta, quien viajó a España en 1579. El texto, de larguísimo título, y que menciona “el suceso del Marqués del Valle”, fue descubierto, en el siglo XIX. Se encontraba en la Biblioteca Provincial de Toledo, y fue dada a conocer, en 1878, como “Noticias Históricas de la Nueva España”.

Convento de la Concepción.

Entonces se supo que los Ávila eran una familia con muy mala suerte, pues la pareja formada por Gil González de Benavides y Leonor de Alvarado, tuvieron cuatro hijos, tres varones y una mujer, y ninguno de ellos había tenido buen fin: Alonso y Gil, ejecutados por conspiración y traición; el otro hijo varón murió, siendo niño, ahogado en una letrina. La hija, “que tenían sobre los ojos [cuidada y vigilada] y muy guardada para casarla, conforme a su calidad” fue igualmente desdichada.

¿Por qué? Porque se enamoró de un mestizo, apellidado Arrutia, y de tan baja condición, que “aun paje no merecía ser”. Aquel hombre, audaz, ignoró la diferencia social en un mundo donde el origen, el color de la piel, la pretendida alcurnia de los conquistadores, marcaban una distancia enorme entre él y la muchacha, que probablemente se llamó María. El amorío llegó a tal grado, que ella le dio palabra de casamiento, apunta Suárez de Peralta, lesionando el honor de sus padres.

El romance llegó a oídos de los hermanos de María, quienes fueron al encuentro de Arrutia. “Sabemos todo”, le dijeron, y agregaron que tenían noticia que el mestizo cortejaba a la muchacha por interés de su herencia. “Por su seguridad”, le dijeron, tendría que irse a España… y le dieron cuatro mil ducados. Si se le ocurría volver, le advirtieron, los Ávila lo matarían.

Haya sido por miedo, o porque en verdad su amor era falso e interesado, Arrutia se embarcó, sin despedirse, y según el cronista se quedó varios años en España, recibiendo cada tanto algún otro apoyo de los hermanos de María. Ella, agobiada por la pena, vivía con gran dolor cuando su hermano Alonso le dijo: “Andad acá, hermana, al monasterio de las monjas, que quiero, y nos conviene, que seáis monja, (y habéislo de hacer), donde seréis de mí y de todos vuestros parientes muy regalada y servida, y en esto no ha de haber réplica, porque conviene”.

Y así María fue el Convento de la Concepción, que está en la calle que hoy se llama Belisario Domínguez, donde duró mucho tiempo de novicia, sin tomar los hábitos definitivos, esperanzada en que Arrutia habría de volver un día.

Los hermanos inventaron cartas donde se decía que el mestizo había muerto. Desolada, María tomó los hábitos. Luego, vino el desastre de su familia.

Suárez de Peralta afirma que “muchos años después, diez o quince”, Arrutia volvió, fuera por aburrimiento o por falta de dinero. Mandó a que avisaran a María que estaba vivo. Y sí, le avisaron… cuando ella ya era monja profesa.

El dolor de María, que nunca había dejado de amarlo”, fue enorme. “dicen cayó amortecida en el suelo, que le duró un gran rato, y ella no dijo cosa, sino empezó a llorar y sentir con menoscabo de su vida verse monja y profesa, y que no podía gozar del que tanto quería”. El cronista asegura que María perdió la razón. “Se fue a la huerta del monasterio y allí escogió un árbol, donde la hallaron ahorcada”.

¿Ocurrió todo esto? No sólo está la crónica de Suárez de Peralta, sino el proceso de una monja concepcionista, Sor Francisca de la Asunción, investigada por la inquisición, a finales del siglo XVI, por probable herejía. En las acusaciones, se afirmaba que Sor Francisca opinaba que “la monja que se ahorcó” en el convento no se había condenado al suicidarse, y que, en cambio, se le había aparecido varias veces, para decirle que su arrepentimiento, al momento de morir, había bastado para evitarle el infierno.

Ninguno de los testigos del proceso menciona el nombre de la monja suicida. Pero el expediente concuerda con el relato de Suárez de Peralta: se trataba de la desdichada hermana de los Ávila, quien, probablemente a partir de los dichos de Sor Francisca, ocurridos en 1564, se convirtió en personaje de leyenda: su espectro, colgado del árbol, se podía ver, al caer la noche, en las aguas del pozo de la huerta de las monjas concepcionistas. A la fecha, sigue siendo una de esas leyendas de la ciudad de México, donde las almas desgraciadas pagan su proceder. Pero, al morir decapitados, acaso los hermanos de María estaban pagando algo más que una conspiración política.

EL CORAZÓN DEL MARQUÉS DE VALERO. Mucho menos sólida, históricamente, es la narración, de don Artemio de Valle Arizpe, legendario cronista de la ciudad de México, en torno al convento de Corpus Christi, hoy Archivo de Notarías, ubicado frente a la Alameda Central de la capital.

Seguramente, Valle-Arizpe leyó, en algún momento, la Gaceta de México, que narraba cómo el 20 de diciembre de 1728, se habían celebrado las exequias del corazón de don Baltazar Zúñiga y Guzmán Sotomayor, marqués de Valero y duque de Arión, que había sido virrey en estas tierras por espacio de seis años. Promotor y fundador del convento de Corpus Christi, no había visto su inauguración. Pero al estar cerca de morir, dictó en su testamento la orden de que su corazón embalsamado debía cruzar el océano para ir a reposar en aquel monasterio.

Las exequias, engalanadas con un túmulo y numerosos poemas alusivos al corazón que llegaba a su morada definitiva, fueron grandiosas y memorables. Se contó que el corazón llegaba en un cofre de plata, que tenía grabada una leyenda: “donde estaba su tesoro, ahí estaba su corazón”.

Hay dos maneras de entender la inscripción: una, lógica, porque Corpus Christi era la gran obra del marqués en la Nueva España, y era natural que la amase, pues aun desde lejos, el antiguo virrey estuvo al pendiente de su construcción. El otro, era leer la frase en sentido literal. Seguramente las habladurías respecto a un posible amor del marqués, que vivía como religiosa en el monasterio, brotaron muy temprano, aunque no eran posibles en el siglo XVIII.

¿Por qué? Porque Corpus Christi era un convento para indias “caciques”, es decir, indias nobles. Su primera abadesa era descendiente de indígenas nobles y del conquistador Pedro de Alvarado. Sus libros de profesiones y los documentos que de él se conservan prueban el perfil de las religiosas que ahí vivieron. Era, en principio, impensable un enamoramiento del marqués, que, por cierto, no era un hombre joven y apuesto, como lo quiso imaginar Valle-Arizpe.

El cronista del siglo XX escribió un relato, “Ojos, herido me habéis”, donde bautizó a la probable pasión del virrey como Sor Marcela del Divino Amor, que venía del convento de Santa Isabel a habitar en Corpus Christi. Según Valle Arizpe, era un amor imposible desde el principio, pues el marqués se habría prendado de ella a poco de haber llegado a la Nueva España, y cuando ella paseaba por las calles de la ciudad de México, regalada y enjoyada, despidiéndose del mundo para profesar.

En la narración del cronista, el virrey habría dado cuantiosas donaciones y valiosas alhajas para hacer de Corpus Christi el más rico convento novohispano, en homenaje a su pasión silenciosa. Incluso, Valle-Arizpe se salta los hechos, y coloca al virrey en la inauguración del monasterio. Nada de eso ocurrió. Pero, agrega don Artemio, que era un romántico sin remedio, que, al llegar la caja con el corazón del virrey, del coro salió una voz que se quebraba en llanto: era sor Marcela, que, en algún momento dio al difunto su sortija de doncella, con una enorme turquesa, la misma que adornaba el cofre con el corazón. Así, insinuaba Valle-Arizpe un amor correspondido.

Pero nada hay que lo pruebe. Es una hermosa historia, en la cual lo único real es la voluntad postrera del marqués de Valero. Cuando en 2003 se iniciaron las obras de restauración de Corpus Christi, se encontró en el presbiterio el nicho, y el cofre, que no era de plata, sino de plomo —que probablemente estaba dentro del de plata, robado hace mucho—, con los restos del corazón del virrey. De la turquesa soñada por Valle-Arizpe, símbolo de un amor fascinante pero inexistente, desde luego, no había rastro.

 

En 2003, al restaurar Corpus Christi, el INAH encontró el nicho y el cofre de plomo con lo que quedaba del corazón del virrey fundador. Es el único dato tangible en esta leyenda de amor.

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