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Sabiduría antigua: la medicina prehispánica

Los años inmediatos a la caída de Tenochtitlan, eran muy pocos los médicos, en el sentido europeo, en estas tierras. Si no había médicos, mucho menos medicamentos. Lo que existía, y estaba vivo, era el saber de los pueblos indígenas, que, fruto de una cuidadosa tarea acumulativa, disponía de remedios y tratamientos para numerosos padecimientos.

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Superada la parte cultural que atribuía a dioses los diversos males que aquejaban a los enfermos en los pueblos originarios, fue evidente que existía una amplia riqueza herbolaria que fue reconocida y apreciada en Europa.

Era magia, era conocimiento. Una amalgama que hoy vemos como un fenómeno peculiar, pero que hace 500 años constituía el conocimiento predominante en estas tierras respecto a la salud, a la enfermedad y cómo tratar diversos padecimientos. Era una parte del universo en el que se internaron Cortés y sus hombres, no sin zozobra, porque muchas veces los males del cuerpo eran atribuidos a causas sobrenaturales, que los extranjeros identificaban con su concepto de brujería. Sin embargo, poco a poco, los otrora soldados se dieron cuenta de que hierbas, raíces y cocimientos sí tenían efectos concretos y sí contribuían a curar.

Eso lo advirtieron con más agudeza y mejor voluntad los frailes franciscanos que recuperaron la memoria y el conocimiento de los naturales. Esa decisión de reconocer y preservar la cultura de estas tierras permitió que, poco a poco, toda esa información se integrara al saber médico de la época. No fueron pocos los médicos, los viajeros y los comerciantes los que, poco a poco fueron empapándose de esa información. El hecho de que el doctor Francisco Hernández fuese enviado a la Nueva España por el rey Felipe II, para hacer acopio de cuantos datos hubiera acerca de esos remedios, habla de que muchas versiones verbales, anecdóticas, informales o rescatadas en forma de crónica, habían ganado terreno al otro lado del mar. Hernández, de hecho, logró identificar más de 3 mil hierbas con uso medicinal.

LA ENFERMEDAD ENTRE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS. Existía un fuerte componente mágico en la idea de enfermedad y en los mecanismos empleados para curarla. Los ticitl nombre con el que se identificaba a aquellos que se dedicaban a devolver la salud tenían una esencia de hechiceros benévolos. La enfermedad podía provenir de un acto de magia dañina, de la pérdida del aliento vital, o de los llamados “aires de enfermedad”, influencias oscuras que, especialmente por las noches, vagaban alrededor de los seres humanos.

Puesto que la enfermedad era un elemento ajeno, era muy natural que quienes la alejaban tuvieran nombres acordes: las curanderas tenían nombres muy explícitos al respecto: tetlacuicuilique, “las que retiran las piedras del cuerpo; tetlanocuilanque, “las que extraen los gusanos de los dientes”, teixoculanque, “las que retiran los gusanos de los ojos”.

Lo que todavía hoy es una expresión popular, como “le dio un aire”, o “un mal aire”, es una idea de enfermedad que viene de los tiempos prehispánicos. En su Historia General de las Cosas de la Nueva España, fray Bernardino de Sahagún, explicaba esta creencia: “los indios tenían imaginación de que ciertas enfermedades, las cuales parece que son de frío, procedían de los montes o que aquellos montes tenía poder para sanarla, y aquellos a quienes estas enfermedades acontecían, hacían voto de hacer fiesta y ofrendar a tal o cual monte de quien estaban más cerca o con quien tenían más devoción… las enfermedades por las que hacían estos votos eran la gota de las manos o de los pies, o de cualquier otra parte del cuerpo, y también el tullimiento de algún miembro o de todo el cuerpo…”

Sí: deidades y seres sobrenaturales podían ser causantes de enfermedades: a Tláloc se le achacaban las enfermedades de la piel, la lepra, la hidropesía y las úlceras; si los niños enfermaban de parálisis o convulsionaban, era  obra de las chihuapipiltin, “diosas que andan juntas por el aire, y aparecen cuando quieren ver a lo que viven sobre la tierra, y a los niños y las niñas los empecen con enfermedades como es dado enfermedad de perlesía (pleuresía)”.

En algunas enfermedades había un fuerte componente moral: aquellos que tenían relaciones amorosas “mal vistas”, podían ser castigados por Tlazoltéotl, deidad asociada al amor carnal. Caían víctimas el tlazolmiquiztli, “muerte causada por amor”, porque el paciente caía en actitudes que los europeos identificaron con la melancolía, y el mal se superaba por ritos de purificación. A Xipe Totec, el dios desollado, se le responsabilizaba de los males en los ojos.

LA MEDICINA PREHISPÁNICA. Pese a este fuerte componente mágico-religioso, los pueblos originarios poseían un enorme caudal de información, casi toda herbolaria, que sí les permitían sanar enfermedades. Piedras y animales también tenían propiedades. Por ejemplo, las parteras podían acelerar el parto diluyendo un trozo de cola de zarigüeya en agua y haciendo que la parturienta lo bebiera. La “locura” también era tratada: si el enfermo padecía inquietud y delirio, seguramente le administrarían una mezcla del jugo de una planta llamada tlatlalmelicpatli, o lo “fumigarían” con tejido y excremento de ocelotl (ocelote) mezclado con resinas. Los locos depresivos recibían una infusión con una hierba a la que llamaban malinalli, mezclado con médula de carrizo y otra hierba llamada tlaolli.

La obsidiana, finamente molida, se aplicaba sobre las heridas: “echadas en llagas muy recientes, las sana muy en breve”. Sahagún aseguraba que existía una piedra llamada eztetl, que tenía la virtud “de restañar la sangre que sale de las narices”.

Los pueblos prehispánicos también conocían procedimientos terapéuticos que resultaban conocidos a los españoles. Sangrías, baños, purgantes, ungüentos y cataplasmas se administraban; muchos de ellos contenían diversas plantas. También podían administrarse como infusiones.

La herbolaria pehispánica era vasta. Lamentablemente, no todos los nombres de las plantas que se usaban y que fueron identificadas por los franciscanos o por el médico Hernández, han sido “traducidas” a la nomenclatura moderna. Pero tenían purgantes, vomitivos, diuréticos, “sudoríficos”, como la conocida cempoalxóchitl, nuestra popular flor de muerto. Si es cierto que todo medicamento puede tener efectos positivos o mortales, esta misma flor, preparada en atole y en cantidades importantes, podía tener efectos alucinógenos.

Había plantas usadas para combatir los males más usuales: plantas para contener casos de aborto espontáneo, y tenían sustancias abortivas; las semillas de cacao y las hojas de tabaco se empleaban para contener la diarrea. Las enfermedades cardiovasculares se trataban con plantas llamadas yoyomatli y xochipatli. Los parásitos eran erradicados con una hierba a la que llamaban tlalchichioaxíhuitl, o una mezcla de hojas de toloatzin con resina de ocote.

A la larga, los españoles se impresionaron vivamente con ese universo herbolario, del que sí podían ver resultados claros y concretos. Combatieron, ciertamente, el aspecto religioso y mágico del ejercicio médico de los indígenas, pero poco a poco entendieron la parte efectiva de ese repertorio. Al paso de los años, ese saber también se fue integrando a la identidad de los nacidos en estas tierras. Todavía hoy, parte de ese saber sigue vivo.

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