Opinión


Salarios, empleo y mercado interno. En el cambio correcto

Salarios, empleo y mercado interno. En el cambio correcto | La Crónica de Hoy

En el polarizado clima político de nuestros días, celebrar un pronunciamiento presidencial nos expone a ser colocados automáticamente en las filas de alguno de los bandos en disputa. Pero debo insistir en que el deber del analista al reflexionar sobre la actuación gubernamental no consiste en justificar ni denostar, sino en intentar entender las propuestas sobre la mesa y vislumbrar sus posibles efectos.

El pasado día 21, el presidente López Obrador se pronunció por “… mejorar los salarios. Vamos a ir haciéndolo poco a poco, de manera gradual porque no se puede hacer por decreto”. Tal manifestación se corresponde con el mayor aumento al salario mínimo de los últimos años, tanto en términos nominales como reales: 16% en 2019. Obviamente, se trata de incremento que palidece frente al 80% de pérdida del poder adquisitivo del salario en los últimos treinta años. Sin embargo, es un hecho significativo, porque implica un cambio de tendencia ante aumentos que, en los mejores momentos, apenas crecían al ritmo de la inflación, y porque suscita expectativas de un proceso de recuperación salarial que aminore nuestra aguda disparidad social.

Numerosos teóricos afirman que los incrementos salariales mantienen relaciones inversas con el nivel de empleo, pues el aumento de los costos de producción afecta la capacidad competitiva de las empresas y, en el mediano plazo, su capacidad de generación de empleos. La evidencia empírica, sin embargo, tal vez no es concluyente, pues depende de una multitud de variables entre las que se cuenta la productividad, que por cierto es razonablemente elevada en la economía mexicana. De manera que la intención presidencial de incrementar paulatinamente el poder adquisitivo del salario mínimo, incide en el nivel del salario promedio, sin necesariamente afectar el nivel de empleo. Es un tema primordial, pues el nivel de los salarios y el volumen del empleo son factores fundamentales de la demanda efectiva interna.

Mi beneplácito personal con el pronunciamiento del Presidente de la República no sólo deriva de mi condición de profesor universitario, de asalariado, sino de mi preocupación por la sustentabilidad presupuestaria de largo plazo del ambicioso conjunto de acciones, aparentemente dispersas, que constituyen la política social del gobierno en turno. La Presidencia ha indicado que “además de políticas de contención del crecimiento de la pobreza extrema, nos proponemos detonar, mediante políticas públicas transversales, procesos de desarrollo local que mejoren la infraestructura social, educativa, salud, vivienda, la inclusión financiera y productiva de las personas que han estado al margen del desarrollo de nuestro país”.

Sin desestimar la importancia y pertinencia de las transferencias directas a los que menos tienen, como medida de emergencia, si no se articulan en acciones propiciadoras de acceso al mercado de trabajo y mejoras en las condiciones de vida, tenderán a una gravitación creciente en el presupuesto y a una suerte de “economía rentista” sin futuro en la economía contemporánea. Ello, a mi parecer, eleva la pertinencia del planteamiento presidencial de aumentar paulatinamente los niveles salariales, ya que no hay mejor política social que aquella que se traduce en empleos bien remunerados.

El aumento al mínimo a principios del año y el pronunciamiento presidencial de la semana pasada parecieran haber sido recibidos con tranquilidad e incluso beneplácito en el medio empresarial.

Cabe tener presente que, en los últimos años, diversas organizaciones empresariales han urgido el fortalecimiento del mercado interno, lo que involucra salarios y empleo. El deterioro que han alcanzado las remuneraciones al trabajo, la creciente informalidad y la creación de empleos que no logra abarcar a quienes alcanzan la edad laboral, no crean un clima propicio para los negocios.

¿A quién venderle en el país si cada vez hay menor capacidad general de compra? Hay quienes olvidan que las economías más consolidadas tienen dos pilares estructurales fuertes: el mercado interno y relaciones económicas internacionales dinámicas y multilaterales.

Por supuesto que el fortalecimiento del mercado interno es función de una multitud de factores, implica una política específica que incluya los de mayor importancia y los oriente en el mismo sentido.

Es inevitable pensar en la urgente reconstitución de las cadenas productivas, prácticamente destruidas en las últimas décadas de simple y llano “vuelco al exterior” de la economía mexicana. Pero, desde la perspectiva de un gobierno progresista, tal reconstitución debiera concebirse desde un enfoque de cadenas de valor.

En el alemanismo, se argüía que “primero hay que generar la riqueza, para después distribuirla”; la primera variable de la ecuación se ha cumplido cabalmente en el incremento de grandes fortunas para unos pocos, pero la segunda jamás llegó para la mayoría de la población.

En las décadas recientes, la pobreza creciente simplemente fue entendida como fracaso personal, como incapacidad de las personas para insertarse exitosamente en el mercado de trabajo debido a su falta de habilidades y destrezas.

Pero hay diversos ejemplos de economías nacionales en las que la generación de riqueza y su distribución entre los factores de la producción más o menos camina pari passu, sin que nadie las acuse de emprender políticas propias del Estado benefactor. Tampoco se trata de renunciar al concepto, política y condición de economía abierta. México cuenta con uno de los más amplios acervos de tratados de libre comercio. Es una fortaleza, pero también lo hace vulnerable a los nubarrones y turbulencias que se ciernen sobre la economía global.

Este propósito de fortalecer el mercado interno, sobre todo, exige concertación social. Sin importar el mecanismo formal que se emplee, pacto cupular, políticas integradoras de visiones e intereses, o acuerdos sectoriales, lo cierto es que tal objetivo no está al alcance de ningún sector particular; resulta imprescindible la participación de todos.

En el pasado, diversos pactos cupulares fueron signados en condiciones críticas, y en lo fundamental implicaron sacrificios para los sectores menos favorecidos.

Hoy, parecieran estarse generando las condiciones para trazar una ruta que atempere nuestra aguda y cada vez más insostenible polarización social, fortalezca los fundamentos de la economía mexicana y propicie una relación más equilibrada entre los mercados externos y el mercado interno.

Hay mucho por hacer, pero nada cuesta reconocer que, en materia salarial, el gobierno de la República está encaminando sus pasos por el camino correcto.

Aunque los gobiernos federal y estatales deberían dar los primeros pasos para terminar de ser fuente de trabajo precario y regularizar a los trabajadores por honorarios que realizan funciones sustantivas, muchos de ellos con décadas de servicio y sin contar con las prestaciones que les otorga la ley.

 Aunque es indispensable definir una estrategia de concertación para construir una política pública que articule voluntades en el largo plazo.

 

 

Javier Santiago Castillo

*Profesor UAM-I

@jsc_santiago

www.javiersantiagocastillo.com

 

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