Opinión


Salmerón y el equívoco juego de espejos

Salmerón y el equívoco juego de espejos  | La Crónica de Hoy

Al día siguiente de la aprobación de la contrarreforma en materia educativa, las redes sociales se llenaron de críticas, pero no contra el retroceso político y social que conlleva lo aprobado por los diputados, sino contra un adjetivo en una publicación de la página personal de Pedro Salmerón, entonces director del INEHRM (Instituto Nacional de Estudios Históricos sobre las Revoluciones Mexicanas).

Comentando la efeméride del asesinato, en 1973, del empresario Eugenio Garza Sada, por parte de un comando de la Liga Comunista 23 de septiembre, Salmerón —tras hablar de las contribuciones de Garza Sada a la sociedad mexicana— tuvo el mal tino o el lapsus de llamar “valientes jóvenes” a los guerrilleros. El diario Reforma se agarró de ahí, se olvidó del contexto de la nota y acusó no tan veladamente a Salmerón de hacer apología de unos secuestradores y asesinos.

De manera significativa, ése y no el tema educativo, terminó siendo el asunto favorito que tocaron en Twitter y Facebook quienes pretender ser líderes de opinión de la oposición “liberal” al gobierno de López Obrador. Y en el camino elaboraron un menjurje ideológico e histórico, revolviéndolo todo.

La intención: crear un juego de espejos equívoco entre la situación de aquellos años y la actual. Jugar con la imagen distorsionada (por ellos) que se tiene de Luis Echeverría, acomunarlo con López Obrador. Jugar con la patraña de que los guerrilleros le hicieron el trabajo sucio a Echeverría. Jugar con el anticomunismo pedestre y con la idea de que un empresario de extrema derecha era la verdadera oposición a aquel gobierno priista. Jugar, sobre todo, con la idea de que la única oposición posible es la de corte estrictamente pro-empresarial.

Por eso es importante conocer el contexto de aquellos hechos dramáticos de 1973, que significaron en su momento un macabro juego de poder entre el gobierno y un fuerte grupo de empresarios regiomontanos.

Después de la represión al Movimiento Estudiantil de 1968, algunos jóvenes radicalizados consideraron que era imposible el cambio pacífico en México, y optaron por la vía de las armas. Era una estupidez destinada al fracaso. Surgieron distintos grupos, rurales, pero sobre todo urbanos, que armados de un marxismo de baja estofa y mucha audacia, realizaron distintas acciones ilegales, en el sueño guajiro de que generarían conciencia y levantarían al pueblo.

Algunos de esos grupos sentaron sus reales en Monterrey, por varias razones. Había una numerosa clase obrera, el sindicalismo dominante era blanco (ni siquiera de la CTM) y los principales industriales tenían una actitud política contraria a los gobiernos priistas, ya que estaban en contra de cualquier intervención del Estado en la economía.

Garza Sada era la cabeza visible del Grupo Monterrey. Además de gran emprendedor, fundó el ITESM, al que controlaba ideológicamente al grado que, en los años 70, decidió expulsar a los jesuitas que ahí enseñaban, por considerarlos demasiado progresistas. La prensa proclive a estos empresarios los acusó de ser “los nuevos Marcuse” y de querer convertir al Tec en un nuevo Berkeley.

En ese contexto se da el intento fallido de secuestro y el asesinato de parte de los exaltados.

Lo relevante viene después: los empresarios acusaron al presidente Echeverría de crear las condiciones para el ataque. El Presidente  fue objeto de escarnio, abucheos y reproches durante el funeral de Garza Sada. Su retórica tercermundista, le dijeron, había permitido el desarrollo de “ideologías negativas”, fomentado el odio y la división entre las clases sociales, y ayudando a la promoción del marxismo. (En otras palabras, no hay nada nuevo bajo el sol).

Lo cierto es que durante el gobierno de Echeverría, los grupos guerrilleros fueron constantemente reprimidos, normalmente de manera extralegal. La historia de la “guerra sucia” que se desarrolló en aquellos años todavía no termina de contarse, pero la tortura, las desapariciones forzadas y las ejecuciones eran moneda común.

A partir de ahí, los empresarios regiomontanos se volvieron muy activos en la política, y se convirtieron en la principal oposición a Echeverría. Lo acusaban de izquierdista, aunque el problema central era que favorecía a otros empresarios, del centro del país. Los puntos de vista extremos que tenían los regiomontanos en materia económica y social, y los rumores de la época, hicieron que algunos intelectuales tibios de entonces, encabezados por Fernando Benítez, dijeran que la opción era “O Echeverría o el fascismo”. Algo así como la Trampa 22.

Todo este contexto nos dice que las cosas no estaban en blanco y negro. Que el comando de la Liga 23-S tuvo a mal actuar en medio de una situación de tensión entre empresarios y Gobierno, y que el resultado final fue, por un lado, la represión total para ellos y, por el otro, el desarrollo de un grupo activo de empresarios, dispuestos a entrar en una disputa por la nación, sobre todo en materia de conducción económica. De esta disputa, tras moderar algunos de sus puntos de vista, salieron ganando.

De ahí la importancia estratégica de inflar el asunto de Salmerón. El historiador, sin querer, pegó en un lugar muy sensible, dio pie a una contraofensiva que revela dónde están realmente corazones e intenciones, y al final fue obligado a renunciar.

Las cúpulas empresariales más militantes están de plácemes con la cabeza que rodó, a pesar de que se tratara de un funcionario menor. Se llevaron a una parte de la opinión pública de paseo. Eso nos dice, también, hacia dónde quieren llevar a la oposición al lopezobradorismo. Por eso la educación pasó a segundo plano en el debate (ni modo, se amolaron los niños oaxaqueños, al cabo ahí están las escuelas privadas).

Jugando con los símiles entre las épocas, es momento de recordar a un hombre que, en los difíciles años 70, fue claro en llamar a la construcción de una oposición política de izquierda por la vía pacífica y en condenar abiertamente las intentonas guerrilleras. Al mismo tiempo no sucumbió al canto de sirenas de “Echeverría o el fascismo”. La posición de Heberto Castillo en esos tiempos fue su mayor contribución a la democracia mexicana, mucho más importante que lo que hizo en los años siguientes.

Algo así es lo que necesitamos, y no irnos con la finta del equívoco juego de espejos.

 

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