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Sangre francesa en tierra mexicana: la batalla de Camarón

Pocos hechos de guerra como aquella jornada de 1863. Sí, eran unos cuantos hombres. Sí, eran invasores. Y a pesar de ser realmente pocos, ni siquiera llegaban a setenta. Se enfrentaron a una fuerza mucho más numerosa. Eran tiempos en que la idea del honor era robusta en el arte de la guerra. Por eso, pillastres como el contraguerrillero Dupin vivían al margen del combate formal. Por eso, aquel puñado de soldados franceses decidieron que no podían salir corriendo, aunque el enemigo fuera más poderoso. Así, decidieron morir con dignidad. Aquel arrojo los convirtió en héroes, aún para sus adversarios.

Sangre francesa en tierra mexicana: la batalla de Camarón | La Crónica de Hoy

Abril 30 de 1863. Aquellos soldados, integrantes de la Legión Extranjera francesa, avanzaban por territorio veracruzano. En principio, era una tarea más bien sencilla, si se efectuaba con precaución y mirada alerta. Se trataba de la Tercera Compañía del Primer Batallón del Regimiento Extranjero; la famosa Legión Extranjera Francesa, y se les encomendó la misión de explorar los accesos al poblado de Palo Verde, como una avanzada que allanara el terreno para el avance de otro destacamento.

Un día antes, soldados franceses habían salido del puerto de Veracruz, con la encomienda de llevar a las tropas que luchaban tierra adentro, víveres, bastimentos diversos y tres millones de francos en oro. El coronel al mando, Pierre Jeaningros, que venía de la Legión Extranjera, recibió un informe: aquella tropa sería atacada. Como prevención Jeaningros resolvió enviar por delante a un grupo de hombres de los mejores, de aquellos que había comandado en la Legión.

Era un grupo selecto: sesenta y dos hombres pertenecientes a la infantería, y tres oficiales, los tenientes Maudet y Vilain, y el capitán Danjou, competentes y experimentados como el que más. No todos eran franceses: había alemanes, austriacos, belgas, españoles, italianos y hasta polacos. Avanzaron por los caminos veracruzanos, sin saber que iban en camino hacia su última batalla.

LA MUERTE AGUARDA EN CAMARÓN

Así se llama la población veracruzana, Camarón de Tejeda. Allá se les recuerda genéricamente como “los franceses” que murieron acorralados en una hacienda del lugar. Allá, existe un monumento de hechura francomexicana; allá descansan los restos de esos sesenta y dos hombres, caídos en batalla, después de haber resistido, literalmente, hasta el último gramo de sus fuerzas. 

Los muertos de Camarón no son literatura; no son imaginería. No hubo sobrevivientes y, quizá, eso es lo que los convirtió en héroes para los suyos y para sus contrincantes. Habían muerto sin pedir tregua ni piedad. Su sentido del honor y la tradición de la Legión Extranjera los mantuvieron en pie de guerra hasta que el último de ellos entró en esa oscuridad que es el mundo de los muertos.

Eran una avanzada exploradora; ni siquiera iban pensando en el combate. Cada uno de aquellos hombres llevaba sesenta cartuchos, no más. Sus suministros cabían en los lomos de dos mulas. Salieron en las primeras horas de la madrugada del día 30 de abril, y a poco rato habían llegado a Paso del Macho. Ahí intercambiaron saludos con otra guarnición francesa, la del capitán Saussier, que vigilaba un puente que cruzaba el río. Saussier jamás olvidaría aquel encuentro. Fue el último oficial que estrechó la mano del capitán Danjou.

Amanecía ya cuando llegaron a una aldea diminuta: Camarón. Destacaba, entre las pequeñas casas, un edificio de tejado rojo: la Hacienda de la Trinidad. Los legionarios avanzaron, revisaron el lugar. Sus propietarios lo habían abandonado; no quedaba un solo mueble. Siguieron de largo hasta Palo Verde, donde hicieron alto. 

El calor y la humedad era, a pesar de la hora temprana, agobiantes. Pero no había, aparentemente, nada de qué preocuparse. Descansaron, tomaron algún refrigerio. Pero, repentinamente los centinelas dieron la voz de alarma: una nube de polvo, que anunciaba un tropel de caballos, se acercaba rápidamente. Eso no era buen signo. A esa hora y a esa velocidad, no podía significar otra cosa que el enemigo los había divisado, y se dirigía hacia ellos para entrar en combate.

Rápidamente empezaron a maniobrar. Pero cometieron un error que después se revelaría en toda su magnitud. Durante el descanso, habían vaciado sus cantimploras. Al levantarse y ponerse en movimiento, era tal su prisa, que se olvidaron de volver a llenarlas. Retrocedieron, a toda velocidad, hacia Camarón, buscando un terreno más favorable para dar pelea. No iban a dejar que los cazaran como a monos, corriendo por la espesura.

Poco a poco, empezaron a divisar a sus contrincantes: se trataba de la caballería mexicana. Aquellos hombres eran parte de una fuerza llamada Brigada del Centro, a las órdenes del coronel Francisco de Paula Milán, gobernador de Veracruz, quien, de madrugada, envió una tropa de 200 hombres a reconocer el terreno, en busca de invasores de avanzada. Hay que reconocer que no eran fuerzas demasiado formales; se les conocía como Lanceros de Orizaba y eran guardias nacionales, civiles medianamente organizados, reclutados para combatir en sus terruños. Aquellos hombres eran comandados por Joaquín Jiménez y su hermano el teniente Anastasio.

Junto a ellos, la muerte se dirigía a Camarón.

Los legionarios, al retroceder, se dieron cuenta de que el poblado y la hacienda seguían vacías. Apenas habían avanzado 200 metros, cuando la gente de Jiménez se abalanzó sobre ellos.

No había tiempo qué perder. Danjou ordenó una formación en cuadro: 15 hombres de cada lado, como mandan las leyes de la infantería para hacer frente a la caballería. Los tenían encima. El capitán dio la orden de fuego; los jinetes mexicanos se dispersaron, y Danjou aprovechó la oportunidad para buscar dónde fortificarse: los legionarios corrieron hacia la hacienda abandonada. Eran apenas las 9 de la mañana.

Los primeros en llegar al refugio se dispersaron por la hacienda, que tampoco era gran cosa; apenas un cuadrado amurallado, tal vez de unos cincuenta metros por cada lado, con habitaciones y cobertizos y un gran patio central. Pero no todos pudieron guarecerse. En la carrera hacia la hacienda, dieciséis legionarios se quedaron atrás, y fueron hechos prisioneros. El barullo aterró a las mulas con los suministros, y echaron a correr, perdiéndose en la maleza.

Súbitamente, eran todavía menos que al principio: a las órdenes del capitán Danjou quedaban 46 hombres, y los oficiales Maudet y Vilain. Pero no tenían agua ni alimentos.

Danjou se dio cuenta, no bien cobró conciencia de su situación, que no saldrían vivos de ahí.

Y entonces decidió que las vidas de él y de sus hombres serían muy caras: los mexicanos que las quisieran tendrían que esforzarse el doble.

LA BATALLA

En pocos minutos, la hacienda quedó rodeada. Los extranjeros abrieron huecos en los muros, se acomodaron en las ventanas para poder disparar.

Se acercó un oficial mexicano, agitando un pañuelo blanco: traía una propuesta para que los legionarios se rindieran. El centinela, un polaco, el sargento Morzycki transmitió el mensaje. La respuesta salió de lo más hondo del alma del capitán Danjou: “Tenemos municiones, no nos rendiremos”.

¿Era mucho optimismo? No. Era el fatalismo del hombre que sabe que va a morir y está decidido a hacerlo del mejor modo posible. Al principio, parecía que los invasores tenían alguna ventaja: buenos tiradores, aprovechaban la torpeza de movimientos de los jinetes, a quienes, al bajar del caballo, les estorbaban sus pantalones de montar.

Jiménez envió un mensaje: se necesitaba infantería mexicana en Camarón. Hubo un alto. Dentro de la hacienda, los legionarios, en total alerta, no perdían de vista a sus enemigos. Los mexicanos no se enfrentaban a improvisados. Danjou había combatido en Argelia y las legendarias batallas de Magenta y Solferino; había perdido una mano en combate, y desde entonces llevaba una mano de madera, para no convertirse en un lisiado de guerra como tantos otros, y retirarse del servicio activo.

Ahí estaba el esforzado capitán. No vivió para ver el destino de sus hombres, porque una bala lo mató antes de que pudiera presenciar el desastre.

A pesar de que su líder estaba muerto, los legionarios se negaron a rendirse. Siguieron disparando, administrando los pocos cartuchos que les restaban. Pasaron las horas. Daban las seis de la tarde -llevaban once horas resistiendo- y solo quedaban vivos diez legionarios y el teniente Maudet.

Corrieron los minutos, y Maudet entró en desesperación. Con un gesto muy francés y muy de legionario, ordenó a sus hombres calar bayonetas y entablar batalla cuerpo a cuerpo. Pero solamente le quedaban cuatro soldados. Iban a encontrarse con la muerte, seguros de que la caballería y la infantería mexicanas los harían pedazos.

Los mexicanos vieron, azorados, a aquellos cinco hombres que corrían hacia ellos gritando, echando el alma por delante, ya que no tenían un solo cartucho. Alguien disparó. Uno de los legionarios cayó muerto. Pero el gesto suicida de los invasores conmovió a aquellos hombres que peleaban por su patria. Se hizo alto al fuego, los cuatro que quedaban fueron hechos prisioneros. Ante tal exhibición de valor, nadie tuvo entereza para sacarlos de este mundo.

Los mexicanos entraron en la hacienda; encontraron algunos heridos. Reunidos los escasos sobrevivientes, recibieron una oferta de los hermanos Jiménez: no había necesidad de morir, ¡tantos estaban ahí ya, caídos! Tendrían un trato honroso. Los extranjeros aceptaron, con una condición: pidieron escoltar el cadáver del capitán Danjou para rendirle honores de héroe.

Los mexicanos aceptaron.

LA MEMORIA DE CAMARÓN

Nadie tuvo duda: el arrojo de los legionarios era cosa de respeto. Mexicanos y extranjeros fueron respetuosos con los muertos de Camarón, y, a pesar de que aún quedaban por delante cuatro años de guerra, aquel suceso se grabó en la memoria de propios y extraños. Los cuerpos de aquellos muertos fueron enterrados allí mismo, y, con los años, se levantaría el monumento que, todavía hoy, recuerda el suceso.

Sí, fue un hecho de sangre, donde el honor militar jugó un alto papel. A veces, quien se asoma a la agenda legislativa, se entera de las solicitudes del gobierno francés para que tropas galas entren a tierra mexicana, para ir a homenajear a los caídos en Camarón. Siempre se ha concedido la entrada de esa pequeña fuerza, y en la ceremonia también hay representantes del gobierno mexicano.

De aquellas once horas de batalla y muerte, queda otro rastro: la mano de madera del Capitán Danjou, que se encuentra en el museo de la Legión. Dicen que es su pieza más preciada.

 

 

 

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