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Sangre y fuego en la Ciudadela: un intento de golpe de Estado, un texto de Bertha Hernández

Reelecto en julio de 1871, Benito Juárez sabía muy bien que del recuerdo de los días de republicana alegría, cuando regresó triunfante a la ciudad de México, quedaba muy poco. Cuatro años habían transcurrido desde la caída del imperio de Maximiliano, y muchos consideraban que era ya tiempo de que el presidente se retirara de la vida política. Ya había gobernado mucho tiempo, y algunos no disimulaban sus ambiciones, como Sebastián Lerdo y Porfirio Díaz. Tenso era aquel otoño, en que, en el viejo edificio virreinal que se utilizaba como arsenal, se atrincheraron quienes intentar un golpe de mano. No sabían que estaban destinados a morir como criminales

Sangre y fuego en la Ciudadela: un intento de golpe de Estado, un texto de Bertha Hernández | La Crónica de Hoy

Se equivoca quien crea que aquel sitio que los habitantes de la ciudad de México conocen familiarmente como la Ciudadela fue solamente escenario de tragedia en febrero de 1913, cuando un cuartelazo intentó derrocar al presidente Francisco I. Madero. Mucha historia hay entre los gruesos muros de aquel edificio; mucha sangre derramada ahí: las restauraciones conservan, cierto. Pero acaso también “descafeínan” el pasado: se resanan las huellas de los tiros acumulados por décadas.

Porque en el caso del viejo edificio de la avenida Balderas, hay historias poco contadas; hay más sangre derramada de la que usualmente sabemos; hay más muerte escondida en los rincones.

Quien se imagine que la llamada República Restaurada fue un periodo terso de la vida nacional, se equivoca también: imaginen, lectores, la agitada jornada del primer día de octubre de 1871. Todo es tensión en la capital mexicana: a las tres de la tarde, empieza a correr el rumor por las calles: hay sublevación. Se dice que un grupo de exaltados se mueven por el extremo suroeste de la ciudad; que han sacado reos de la tenebrosa cárcel de Belén y corren a la Ciudadela. ¿Para qué? En aquel viejo edificio virreinal, donde funcionó el Estanco del Tabaco y donde mantuvieron preso a José María Morelos, se resguardan armas y parque. Todo mundo sabe muy bien el valor estratégico de aquel arsenal. Ahí empieza un capítulo sangriento del último año de gobierno de don Benito. Sus malquerientes se referirán a los sucesos de esa jornada como La Matanza de la Ciudadela.

AH, QUÉ DON BENITO

Pronto se entera el presidente Juárez de los sucesos: se trata de militares. Los encabeza el general Miguel Negrete, al que había creído hombre leal. Lo estimaba, ciertamente. Pero, ¿es él el cerebro, el líder de la revuelta? Hay buenas razones para creer que Porfirio Díaz, alejado de la capital, no es ajeno a esta rebelión.

¿Cuáles son esas buenas razones? Los resultados electorales de julio pasado. Muy agitados fueron los comicios del verano de 1871. Parecía que nadie, salvo don Benito, estaba a gusto con los resultados. Lerdo, el leal Lerdo, ya no lo era tanto, y cultivaba sus propias ambiciones políticas. Porfirio era muy consciente de que su prestigio de general exitoso de la guerra de intervención todavía le alcanzaba para exigir su tajada de poder. Pero la ración que él deseaba se llamaba presidencia de la República.

Con todo, don Benito había ganado nuevamente. No sin alboroto: no faltó quien hablara claramente de fraude, de pagos a los electores -era un sistema electoral indirecto, hay que recordarlo- en fin, que después de aquellos comicios había muchos descontentos. Y fue ese disgusto, y la ambición política, los motores de aquel alboroto que estalló el primer día de octubre.

Era natural que el presidente diera la orden, a su ministro de Guerra, operar con rapidez y aplastar aquel conato de rebelión, en ese momento, en que todavía no conectaba con otros inconformes y extendían los disturbios a las calles de la capital.

Pero, por esta vez, Juárez se involucró directamente en decisiones duras. Salió de sus habitaciones en Palacio y bajó al piso inferior. Ahí, empezó a dar órdenes directamente, para preparar la defensa del lugar, en caso de que los sublevados lograran llegar. Pero Ignacio Mejía, el ministro de Guerra, no estaba en la ciudad. Tampoco el gobernador del Distrito Federal.

Encargó el presidente al general Sóstenes Rocha, hombre de lealtad probada, atacar y recuperar el arsenal de la Ciudadela. La instrucción fue escueta, dura y sin vacilaciones: se aplica la ley para responder a esta rebelión.

¿Qué sabía Juárez del tinglado político que había desembocado en la rebelión? ¿Cómo podía explicarse que Negrete, hombre también leal, se hubiera decantado por algo que parecía traición? No ignoraba el presidente que, en Oaxaca, Porfirio, que ya no era el “buen chico” que alguna vez pensó, estaba haciendo acopio de armas, de municiones. Los rumores eran fuertes: Díaz esperaba el momento adecuado para levantarse en armas.

El presidente Juárez vio la mano del joven héroe oaxaqueño detrás de aquellos exaltados que seguían al general Negrete. Astuto, como siempre había sido, dejaba que otros encendieran la mecha. Lo mismo había hecho en las elecciones de 1867, cuando muchos le siguieron en su carrera por la presidencia: al ser derrotados, y escuchar reclamos, con toda tranquilidad Porfirio le contestó a los descontentos que “estaban obligados a competir, pero no a triunfar”. Algo parecido parecía ocurrir en ese día de octubre.

Por eso, don Benito no vaciló: contra los rebeldes, sin más, fue la orden.

 

EL COMBATE Y LA MATANZA

Sóstenes Rocha no se lo pensó mucho: se trataba de intentar una maniobra sorpresiva, bombardear y forzar la rendición. Y se trataba de una acción que debería ser muy clara para todos: dura, rápida, contundente. Para que nadie volviera a intentar deponer al gobierno legalmente constituido. Dijeran lo que dijeran de los últimos comicios; dijeran lo que dijeran acerca de las trampas electorales, que muchos juraban se habían cometido. Con todo y todo, había que dar una muestra de fuerza. Así de sencillo.

Y hay quien cuenta lo ocurrido: a las órdenes de Rocha está el general Alejandro García, quien entra a sangre y fuego a la Ciudadela; es quien hace, a los ojos de los críticos, el trabajo sucio. Pero es tan exitoso, que después se publicará, para conocimiento de todos, el parte de guerra que presentó al general Rocha y a don Benito:

“Dispuse formar una columna compuesta de los batallones de Zapadores y primero de Infantería, ordenándole que con ella marchase sobre los pronunciados de la Ciudadela para batirlos y reducirlos al orden”.

Las tropas leales se distribuyen: vienen desde la Alameda y se cercioran de que nada pasa en el viejo edificio de la cárcel de La Acordada. Otros se colocan en la plaza del Salto del Agua. El Palacio Nacional se fortifica; se envían tiradores a las azoteas de los cuarteles de la ciudad y a las torres de la catedral. Poco a poco se establecer un cordón: los rebeldes no escaparán.

“Como a las cuatro y media de la tarde se rompieron los fuegos entre las fuerzas del supremo gobierno y los pronunciados de la Ciudadela, hasta las doce de la noche que dio término aquella jornada con el asalto y ocupación del punto por el general Rocha y las fuerzas de su mando”, escribió el general García.

La Ciudadela es tomada por asalto: García va a la cabeza de una columna de ataque, compuesta de doscientos setenta hombres del batallón de Zapadores y trescientos del primero de línea. Pasa por la Acordada, y ahí engrosa sus tropas con trescientos hombres de la Guardia Municipal.

Desde la Ciudadela sale fuego de artillería y fusilería. A García le llegan refuerzos, nada menos que 200 hombres más, y una sección de artillería. Están a la expectativa, pues el general García no quiere hacer estallar la Ciudadela; sólo desea aplastar a los rebeldes. Un tiro mal colocado, y estallará el arsenal. Se abe que hay desleales en la cárcel de Belén, pero García ya también empieza a tenderles un cerco. Tiene tropa moviéndose hacia San Cosme, para tapar el paso a los sublevados, en caso de que intenten fugarse por ese flanco.

Entonces, todo se precipitó.

Los ocupantes de la Ciudadela decidieron escapar de la ratonera en que ellos mismos se habían metido a eso de las 10 de la noche. Eran unos 300 hombres. Pero los hombres de García les impidieron el paso: les arrebataron el cañón con el que pretendían cargar.

El pánico empezó a invadir a los rebeldes. García aprovechó el momento: llegó, con una fuerza menor, hasta la puerta, y a pocos minutos lo respaldó el grueso de la tropa.

“El ataque fue rudo, la defensa obstinada y muy prolongada; más de 700 hombres y seis piezas de batalla hacían fuego sobre nosotros”, aseguró después el general. Media hora después, la plaza estaba llena de muertos y heridos: los golpistas se defendían, y las tropas leales no daban un paso atrás.

Entraron los refuerzos de las tropas leales: “al grito militar se lanzó toda nuestra fuerza a la bayoneta hasta las puertas del edificio; el enemigo, que estaba fuera de él, huyó en desorden por todas partes; el escuadrón de guardia municipal acuchilló muchos dispersos; la tropa de infantería se lanzó al interior de los cuarteles, dentro de los cuales aún se defendían los sublevados”.

Un grupo de soldados leales treparon a las azoteas; ahí se trabó un combate cuerpo a cuerpo aterrador: los rebeldes que ahí se encontraban murieron todos.

Poco a poco, las fuerzas de García tomaron posesión del edificio. Se dieron cuenta de que muchos de aquellos pronunciados eran presos de Belén: vil carne de cañón de los verdaderos golpistas.

El parte de García es sumamente rígido. Afirma que no da más detalles que los esenciales, con menciones al valor de sus oficiales, de algunos ciudadanos y de un grupo de cadetes de Colegio Militar que, dijo, se acercaron a él para solicitarle armas e intervenir en favor del gobierno. García los envió a casa, dijo, para evitar que murieran los jóvenes esperanza de la patria.

Pero todos los supieron: aparte de los presos de Belén, y los muchos muertos en combate, nada bueno les esperaba a los sobrevivientes del batallón que encabezó la revuelta: todos murieron fusilados, ahí mismo, en los muros de la Ciudadela. ¿El general Negrete? Había escapado mientras el edificio se teñía de sangre.

“He acabado con todos”, fueron las palabras de Sóstenes Rocha, al regresar, muy tarde, a la oficina del presidente Juárez.

EPÍLOGO DESDE OAXACA

Porfirio Díaz, con astucia, guardó silencio. Nada podría vincularlo, al menos oficialmente, a aquel intento de golpe de Estado. Pero a fines de ese mismo año, lanzaba el Plan de la Noria, defendiendo el principio de no reelección. Perdería otra vez. Y se sentaría a aguardar el momento propicio para tomar, de un golpe, la silla presidencial.

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