Opinión


Se le temía o se le odiaba: lo llamaban “El Tigre de Tacubaya”

Se le temía o se le odiaba: lo llamaban “El Tigre de Tacubaya” | La Crónica de Hoy

"Allí donde hay desolación y lágrimas, donde la barbarie se ha cebado en alguna víctima, por allí, sin duda, ha pasado el general Leonardo Márquez”, escribió el general Félix Zuloaga, y eso que había sido su jefe. O tal vez se debía a esa circunstancia la contundencia de aquella declaración. Con unas cuantas palabras, el militar que desencadenó la guerra de Reforma pintó de cuerpo entero al Tigre de Tacubaya; al menos como fue, al menos como se creía que era en los agitados tiempos en que el choque de los proyectos liberal y conservador dio a México años de enconada guerra civil.

Nacido en 1820, en la ciudad de México, Leonardo Márquez hizo sus primeras armas en la compañía de Lampazos, cuando era un adolescente. A fuerza de servicio y escalafón ascendió y en 1847, en los días de la invasión estadunidense, ya tenía el grado de comandante de batallón.

El trauma de la derrota y la pérdida de territorio influyeron en el ánimo de quienes, en los años que siguieron, delinearon dos proyectos de país contradictorios entre sí: la guerra de Reforma generó algunos de los episodios de violencia más terribles de la historia mexicana, y Leonardo Márquez fue partícipe de ellos.

LOS EXILIOS, UNA CONSTANTE. Cada vez que la suerte le fue adversa, Leonardo Márquez optó por ocultarse y marcharse al exilio. El primero de ellos fue en 1855, cuando, ya con el grado de general de brigada, salió del país, triunfante la Revolución de Ayutla, que llevaba a los liberales al poder. Márquez regresó a México, tres años después, cuando la guerra civil estaba ya en marcha, y sirvió a las órdenes de Zuloaga, al frente de la División del Poniente.

Un año después, recibió el nombramiento de gobernador y jefe militar del estado de Jalisco. No duró mucho en el encargo: ordenó el asesinato del estadunidense Orlando Chase, y provocó un incidente diplomático en el momento menos adecuado.

Su ascenso a general de brigada llegó en abril de 1859, cuando en las cercanías de la ciudad de México, derrotó al liberal Santos Degollado. Después de la batalla, Márquez ordenó el fusilamiento de los oficiales vencidos, de los heridos e incluso de algunos civiles y los médicos que los atendían. A los muertos, entre los que estaban jóvenes promesas del liberalismo, como Manuel Mateos y Juan Díaz Covarrubias, los recordó la historia como “Los mártires de Tacubaya”. A Márquez lo llamaron El Tigre.

Pasó nueve meses en la cárcel por órdenes de Miramón, acusado de malversar fondos. Después, operó en Querétaro, encargado de entorpecer las comunicaciones de la capital.

La derrota conservadora no lo detuvo: en 1861, sus tropas fueron responsables del asesinato de Melchor Ocampo, y el propio Márquez comandaba las fuerzas que vencieron y mataron a Santos Degollado y a Leandro Valle. En ese estado de cosas, perseguido y en ­derrota, era natural que abrazara la causa del imperio de Maximiliano.

Y ENTONCES LO LLAMARON “TRAIDOR”. Mandaba a 2 mil 500 hombres cuando se unió a las tropas imperiales, y con esa bandera operó en Michoacán y Jalisco. Cuando Maximiliano llegó a México, en 1864, receloso de Márquez, y seguramente informado de su mala fama, le dio una misión diplomática ¡en Constantinopla!, con la clara intención de alejarlo de la política nacional.

Pero el proyecto imperial se fue a pique, política, militar y económicamente. Márquez regresó a México en 1866, y fue llamado por Maximiliano para combatir, junto con Miguel Miramón, a las fuerzas republicanas. Entre los últimos leales al emperador, llegó a Querétaro, donde un Maximiliano desesperado, lo nombró jefe del Estado Mayor y general en jefe del ejército imperial.

Con algunas tropas, Márquez rompió el sitio de Querétaro en marzo de 1867. Regresaría con refuerzos, prometió. Libró aún diversas batallas, y fue derrotado por Porfirio Díaz, que se dirigía ya a tomar la ciudad de México. Márquez nunca volvió a Querétaro. Maximiliano, y los generales Miramón y Mejía, murieron fusilados; El Tigre de Tacubaya se ocultó una vez más y abandonó el país. Liberales y conservadores eligieron para referirse a él una sola palabra: “traidor”.

Pasó por Nueva York y luego se fue a Cuba. En La Habana, contaban los que lo habían  visto, llevaba una vida tranquila y sin complicaciones. Transcurrieron veintisiete años desde la caída del imperio. Pensó que, tal vez, el olvido ya habría limado los viejos rencores. El conservadurismo no tenía ni fuerza ni bandera, y el imperio de Maximiliano era ya un asunto casi olvidado. Pensó Márquez que era tiempo de regresar a su patria.

EL RETORNO DEL EXILIO. Acogido a la amnistía que en 1870 Benito Juárez había concedido a todos aquellos que habían defendido la causa conservadora y el proyecto del imperio, Márquez pidió apoyo en 1895, a Manuel Romero Rubio, suegro y secretario de Gobernación de Porfirio Díaz. Obtuvo así el permiso para regresar.

Pisó tierra mexicana en mayo de 1895. Desembarcó en el puerto de Veracruz, y su traslado a la capital se vio lleno de pequeños incidentes: aunque se encontró con antiguos soldados que le reconocieron y le trataron con benevolencia, tuvo que dar varios rodeos en su trayecto a la capital para evitar manifestaciones hostiles. Hizo escalas forzadas en Huamantla, en Tlaxcala, en Apizaco. Tuvo que retrasar su entrada en la ciudad de México, porque en el camino se enteró de que se preparaba una manifestación en su contra. Llegó casi a escondidas. “No entiendo —se quejó—. Solamente regreso a vivir en mi patria mis últimos años”.

Tuvo un muy especial compañero de viaje: uno de los primeros grandes reporteros mexicanos, Ángel Pola, quien realizó una crónica magistral de aquel recorrido. Es probable que Pola se sintiera un poco responsable del mal recibimiento: en el pasado inmediato, en los “reportazgos” (palabra que se empleaba entonces para referirse a los reportajes) que había escrito sobre los últimos momentos del imperio de Maximiliano y los detalles de la caída de Querétaro en 1867, una y otra vez había salido a relucir el nombre de Márquez. Y era el único de los perdedores que seguía con vida.

Pola no sólo lo acompañó en aquel recorrido (había pagado los boletos de tren y aunque Márquez prometió reintegrar ese dinero, jamás lo hizo); también se dedicó a observarlo, en su vida diaria, por espacio de una década.

Es por eso que Pola pudo consignar el único gesto generoso, agradecido, que hoy podemos leer en lo que toca a Leonardo Márquez: cada Jueves de Corpus, iba a dejar una corona de flores en la tumba de Manuel Romero Rubio, el artífice y negociador de su regreso a México.

Pero el odio no se había disipado. Aunque Márquez procuró vivir con discreción, no faltaba quien, de vez en cuando se acordara de él y de que vivía en México con el indulto presidencial y se volvía a   escribir de él con desprecio y con rencor. La anécdota cuenta que el político y novelista Juan Antonio Mateos, hermano de una de las víctimas de Tacubaya, se encontró en la calle, frente a frente, con Márquez y procedió a propinarle una golpiza con el bastón.

Muerto Romero Rubio, que, al fin y al cabo era su protector, Márquez volvió a ser sujeto de las agresiones de la prensa que diciéndose liberal, no perdía oportunidad de denostarlo. No aguantó la presión. Se fue de México en 1910 y volvió a La Habana. Paradojas de la historia, el último de los generales conservadores, el más duro, el más sanguinario, el que mayores deudas de sangre cargaba en sus espaldas, murió en su cama, en 1913.

 

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